
“El viento hace ruido y si pisás las hojas que cayeron de los árboles también”, cuenta Bárbara Borello Castillo. Hace dos años, poco antes de cumplir treinta, descubrió estos sonidos de la naturaleza. Hasta ese momento, solo los había leído en los libros, jamás los había percibido, no creía que esas cosas tan simples también decían algo.
Nació en La Plata hace 32 años y no nació sorda. Perdió el 80% de su audición luego de contraer varicela y rubéola. Pero pasaron más de cuatro años hasta que dieron con el diagnóstico preciso: hipoacusia bilateral neurosensorial. A pesar de sus limitaciones, pudo aprender a leer y escribir sola. “Nadie comprende cómo lo logré. Percibieron que algo andaba mal por mis conductas. Corría para llegar al primer banco así podía seguir las clases y les tocaba la cara a mis compañeros para poder leerle los labios. Ellos pensaban que les estaba pegando, pero la realidad es que necesitaba tenerlos de frente para comunicarme de alguna manera”, relata.
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Elegía ver a Charles Chaplin y a Tom & Jerry antes que a otros dibujos animados, “porque no era capaz de seguir los diálogos”. Cree que, hoy, el mundo no está preparado para los sordos. “Es una discapacidad invisible, y la gente por desconocimiento no sabe cómo actuar. Hasta el día de hoy, se olvidan que no me pueden hablar desde atrás”

El primer despertar
Su vida empezó a cambiar cuando le pusieron sus primeros audífonos. El aparato sirve para amplificar los sonidos pero no permite la discriminación auditiva, por lo que suena todo junto a la vez. “Recuerdo toda la escena del momento en que me colocaron los aparatos -rememora-. La revivo en mi mente. Esa vez reconocí el sonido de los pajaritos. Al principio me asusté y me sentí abrumada porque descubrí que ciertas cosas hacían ruidos”.
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Se conmueve cuando recuerda la épica del día en que escuchó el secreto que una amiga le decía a otra. “Sentí una emoción tan grande que lo que quería compartir pero no podía porque era un secreto. Y a la vez me relajé porque, como sorda, siempre prensas que están hablando de vos”.
A partir de ese momento, para Bárbara todo fue más llevadero. Y dentro de sus limitaciones, sacó fuerzas para estar a la par de otros. “Mi madre me peinaba con dos rodetes altos y yo mostraba con orgullo mis audífonos. Los decoraba, le ponía figuritas. Para mí eso jamás fue un tabú. Además, estaba feliz de dejar de vivir en mi mundo y poder entender un poco el afuera”.
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El afuera era La Plata, donde terminó la escuela secundaria con buenas notas. Quería seguir estudiando en la universidad. Siempre supo que quería dedicarse a la comunicación audiovisual. “De chica me refugiaba en la lectura y la escritura, imaginaba escenas y quería reproducirlas”. La decisión fue sencilla.
Lo que no fue fácil fue encontrar una institución que se adaptara a sus necesidades. “Llegaba a las clases con casi 100 alumnos, y un profesor que se desplaza por todo el aula. Me frustraba porque no podía seguirlas”. No se resignó. Después de pasar por cuatro establecimientos educativos, encontró un espacio que le permitió aprender. Entendió, en simultáneo, que tenía que hacer algo para reforzar su calidad de vida: la instalación de un implante coclear. Por temor, no se animaba a la cirugía.
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Primero el título. Logró su sueño: ya era comunicadora audiovisual. Ahora debía salir al mercado laboral. La contrataron como asistente de producción en una película nacional. La primera vez en el set tampoco fue gratificante. “El sordo por lo general es gracioso porque vos le preguntas algo y te responde otra cosa, entonces sufrí mucho bullying”, revela en diálogo con Infobae.
Lejos de desistir de ese universo, se propuso hacer su propio emprender sola. Creó un proyecto ligado a la fotografía: “No escuchaba tan bien, pero si veía bien”. Allí montó un estudio de imagen para realizar books y a su vez cubría eventos sociales. Pero le faltaba incrementar sus potencialidades: necesitaba mejorar la capacidad de su audición.
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La independencia
Ya tenía 28 años. Si bien había logrado varias conquistas, era consciente de que podría estar mejor. “Una conocida me había comentado que le habían hecho un implante coclear -que estimula el nervio auditivo- y estaba muy contenta con los avances. Pero el hecho de pensar en someterse a una cirugía, me aterraba”, admite.
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Pasó un tiempo y esa idea no se le fue de la cabeza. Consultó con varios especialistas, hizo sus propias averiguaciones en Internet, donde reconoce que hay pocas precisiones. Y en 2018, finalmente, se animó a la intervención quirúrgica. Los implantes cocleares son dispositivos de alta tecnología que estimulan eléctricamente las fibras nerviosas auditivas remanentes para producir impresiones sonoro-auditivas en los pacientes hipoacúsicos, en los que hubo mínimo o nulo beneficio con audífono.
Primero fue el turno del oído izquierdo. Una vez colocado había que calibrarlo, adaptarlo y aprender a convivir con él. Hace dos meses le colocaron el segundo, un proceso que aún no terminó. “Si antes escuchaba en HD, ahora te digo que estoy en modo 4K. El otro día descubrí que la ropa con el contacto de la piel hace un sonido. Estoy fascinada”.
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Muchas de sus experiencias sensoriales las dejó plasmadas en un corto cinematográfico que grabó. Claramente es protagonizado por Benjamín Rojas y financiado por Med-El. En un minucioso trabajo de sonido logró demostrar cómo le llegan los sonidos a los hipoacúsicos. Ahora va por más.
La pandemia la obligó a reinventarse, a adaptarse. Atiende ahora la imprenta familiar en Gonnet, “donde puedo comunicarme aun con barbijo, lo que significa todo un avance para mí”. En paralelo, prepara el guión para hacer su primera película. Después del corto Claramente, este nuevo trabajo aborda la hipoacusia desde un lado espiritual: “Hace rato que asumí mi condición, y creo que la enfermedad me vino a decir algo que el fondo no quería oír”.
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