Tenía la mirada fija en su amo, un general romano personificado por Russell Crowe. El perro, en esa escena del comienzo de la película Gladiador fue un recurso de Hollywood pero también una reivindicación de la fidelidad de estos animales hacia el hombre y una prueba palpable que, sin importar el momento de la historia ni la situación, los perros siempre estuvieron.
Luego de su entrevista con Simón Bolívar en Guayaquil, en una reunión que aún está llena de misterios, el Libertador emprendió el regreso a casa. Primero a Chile y luego a Mendoza. Lo hizo acompañado por unos pocos colaboradores y con un regalo que le habían hecho en Guayaquil: un perro. El animal recorrería medio mundo junto al militar: lo acompañaría en su estadía en Chile, luego en Mendoza, Buenos Aires y en Europa. Y lo llamó Guayaquil.
El deleite de San Martín era el de reproducir, ante la gente que iba a visitarlo, el truco que le había enseñado. El Libertador simulaba someter al perro a un juicio por deserción, era declarado culpable y usando su bastón como arma, era fusilado. Y Guayaquil simulaba morir.
El perro murió de viejo y fue enterrado en los jardines de Grand Bourg. El propio San Martín escribió en la lápida “Aquí duerme Guayaquil”.
No todos eran amigables. Purvis, el perro de Justo José de Urquiza, lo acompañaba en las batallas. Lo había adoptado de cachorro y le puso el apellido de John Brett Purvis, el almirante inglés que bloqueaba el Río de la Plata. Salvo un grito oportuno del propio Urquiza, el animal mordía a todo aquel que se acercaba a su amo. El “¡Quieto Purvis!” era la orden que todos esperaban escuchar, aunque a veces el propio Urquiza se hacía el desentendido y cuando recibía a algunos visitantes de Buenos Aires no tan bienvenidos dejaba que el perro demostrara con un tarascón quién era el que mandaba.

Otro de los que padeció a los perros fue Napoleón Bonaparte. Así como era fanático de los caballos, no quería a los canes. El asunto se le complicó cuando se casó con Josefina Tascher de la Pagérie el 9 de marzo de 1796. La mujer tenía como mascota a Fortune, un pug que la seguía a todas partes y, por supuesto, dormía en su cama, costumbre que Napoleón detestaba. El perro percibía esta antipatía y cuando podía intentaba morderlo. La cuestión del perro hizo eclosión la noche de bodas, cuando el flamante marido se negó a compartir el lecho nupcial con el animal. Y su esposa se negó una y otra vez a desplazar al perro de su posición de privilegio. Ante la insistencia de Napoleón, Josefina le advirtió que si lo echaba, no habría noche de bodas. Y el general, que sería emperador y dueño de gran parte de Europa, debió ceder.
Fueron famosos los caniches de Juan Domingo Perón. Tinolita era el preferido de Evia y Monito, el suyo. Luego criaron a sus hijos, Negrita y Canela y luego vinieron Tinola y Puchi. Nelly Rivas, la adolescente que terminó viviendo en la residencia presidencial tiempo después de la muerte de Evita, se dedicó al cuidado de los animales. Y cuando Perón fue derrocado en septiembre de 1955, desde su exilio en Asunción le escribió a la chica para que, cuando pudiese, se los llevase. Con sus padres y los animales emprendieron viaje al Paraguay, pero en Formosa fueron detenidos. Perón se reencontraría con sus mascotas en Caracas y se los llevó a España. Allí en la residencia de Puerta de Hierro se deleitó con la compañía de Canela, Tinola y Puchi.

Cuando Canela murió lo enterró al pie de un árbol y mandó grabar una lápida: “Canela. El mejor y más fiel de los amigos”. No le importó que Isabel no tuviese empatía con los animales. Aunque sí lo afectó que un dirigente que lo fue a visitar haya querido sacarse de encima a uno de los perros con una patada. Dicen que su carrera política terminó allí mismo. Los caniches Canelita y Puchi lo acompañarían en su regreso definitivo al país.
Por los homenajes y su historia, quizá Chonino es el perro más conocido en el país. Este ovejero alemán fue entrenado para trabajar en la División Perros de la Policía Federal. Una noche de junio de 1983 se recibió una alerta sobre la presencia de sospechosos en avenida Lastra y General Paz y hacia allí fueron el Suboficial Luis Sibert, el cuidador de Chonino junto al agente Jorge Ianni. Todo terminó de la peor manera. Cuando fueron conminados a identificarse, los dos sospechosos abrieron fuego y se desencadenó un tiroteo. Los dos policías fueron heridos –Ianni fallecería- y Chonino se abalanzó sobre uno de los hombres, lo mordió y logró desarmarlo, pero su cómplice le disparó. Como pudo, este ovejero alemán se arrastró junto a Sibert y murió. En su boca tenía un pedazo de tela con los documentos de uno de los delincuentes lo que ayudó a que fueran detenidos. Chonino está enterrado en el Museo de la Policía Federal y en su homenaje, el 2 de junio es el Día Nacional del Perro.

Y también hubo perros en la guerra de Malvinas. La Sección Perros de la Armada fue con 18 canes. Hay dos desaparecidos: Negro y Ñaro. Un macho llamado Vogel, que combatió junto al BIM 5, entró marchando a Puerto Argentino y los ingleses no pudieron quitarle su collar, y Xuavia una noche se internó en la espesura de la noche para darle calor a un soldado herido. Un cuzco marca perro al que bautizaron Tom (por Teatro de Operaciones Malvinas) se coló en el alistamiento del Grupo de Artillería 101 y fue llevado de contrabando a las islas. Fue un can multifunción: le jugaba al soldado que veía triste, con sus ladridos anticipaba los bombardeos enemigos y se paraba junto al cañón cuando se lo disparaba. Murió en un ataque aéreo luego de ser alcanzado por esquirlas mientras desde lo alto de una piedra le ladraba al avión enemigo.

Por su parte Mortero, un ovejero que fue con el regimiento de infantería 8 estuvo en la guerra y volvió como prisionero de guerra en el Norland. Los ingleses quisieron echarlo por la borda cuando orinó a un británico y una alfombra.
Porque el perro es el mejor amigo del hombre, aunque sabe diferenciarlos.
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