
Ferviente admiradora de los culebrones de Alberto Migré, María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, más conocida como Yiya Murano, acostumbraba a dramatizar y generar misterio con un sobre cerrado que movía con las manos mientras advertía:
-Acá está la verdad del caso. Si nadie pone plata, me la llevaré a la tumba.
Luego entraba en un café y pedía té con medialunas dulces.
Su actuación, está claro, no era por mero hobby. Buscaba recaudar dinero o que un medio le pague un almuerzo pantagruélico.
Es probable que si alguien le pagara, adentro de ese sobre papel madera no hubiera nada. Ni siquiera una hoja en blanco.
Pero en algo, al parecer, tenía razón Yiya, que en 1979 envenenó a tres amigas por un móvil económico. Ocurrió en el edificio de Monserrat donde ella vivía. No toda la verdad habría salido a la luz.
Los policías y agentes judiciales que participaron de la pesquisa estaban convencidos de que la mujer no actuó sola. Sospechaban de un médico que habría actuado de cómplice o de un hombre que consiguió que un médico facilitara los frascos de cianuro que ella utilizó para cometer el triple crimen.
Es más: hubo un sospechoso. Un amante de la asesina. Los testigos también se refirieron a un hombre que fue visto correr por las escaleras desde la casa de una de las víctimas.
“Creemos que mató a diez personas”, le dijo por entonces una fuente policial al gran periodista Enrique Sdrech, que investigó los crímenes.
Yiya envenenó con té y masitas finas a sus amigas Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini. Los crímenes ocurrieron entre el 11 de febrero y el 24 de marzo de 1979.

Yiya las mató para no saldar una deuda que tenía con ellas, pero un pagaré encontrado a su nombre en la casa de una de las víctimas alertó a sus familiares. Y las sospechas apuntaron Murano, que hasta sus últimos años negó haber sido la culpable.
Los sabuesos cerraron el círculo cuando confirmaron que la usurera Yiya les debía plata por un negocio que les había propuesto, pero que en definitiva era una estafa. Yiya las conocía en la intimidad: eran sus grandes amigas. Al final, terminaría quedándose con el último suspiro de esa intimidad: la muerte.
Las mató con cianuro, ese veneno cuyo olor y sabor comparan con las almendras negras. Yiya las cuidaba hasta en su agonía. Y era la que más lloraba en los velorios: aunque lo hacía sin lágrimas.
La detuvieron el 27 de abril de 1979.
Fue liberada el 20 de noviembre 1995 por una reducción de la pena y por el “dos por uno”. Un año después fue la columnista de moda del programa La Hoguera.

La tristemente célebre envenenadora de Monserrat murió el 26 de abril de 2014, hace siete años. Pasó sus últimos días en un geriátrico de Belgrano. No reconocía a sus familiares y había olvidado hasta su pasado.
En pocos días también se cumplirán 35 años de su condena. En mayo de 1985, La Sala Tercera de la Cámara Nacional en lo Criminal y Correccional, con el voto de los doctores José Massomi, Oscar Ocampo y Pablo José Loumagne, revocó el pronunciamiento absolutorio (por falta de pruebas) del juez Luis Mercado y condenó a Yiya a la pena de prisión perpetua.
Sdrech escribió en la revista Pistas: “El hombre de la calle se mostraba sorprendido, desorientado. Mucho más aun cuando, casi simultáneamente con esas versiones de que en los crímenes podría haber actuado un cómplice, fuentes tribunalicias aseguraban que el juez de la causa, Diego Peres, no descartaba que el número de víctimas fatales de Yiya Murano podía llegar a diez o más”.

Al sabueso del periodismo policial tampoco le quedaba claro algo: “¿De dónde obtenía la asesina el veneno alcalino? Es algo que no se expende en cualquier lado. Es así que la División Homicidios puso a trabajar a varias comisiones en las droguerías, laboratorios o veterinarias de Capital Federal y del Gran Buenos Aires. ‘La receta o el documento firmado por el médico que utilizó Yiya para llevar a cabo su obra maestra del terror. Necesariamente un profesional tuvo que haberle firmado la receta’”, opinó uno de los investigadores.
Pero nunca se llegó a ese dato. Se siguió esa pista, pero no hubo nada revelador.
Yiya ni siquiera se hizo cargo de los asesinatos. Hasta negó que las muertes hubiesen ocurrido por envenenamiento. “A una de ellas le hicieron respiración boca a boca ni bien le dio el paro cardíaco, si tenía cianuro el médico se habría muerto”, se defendía Murano.
Cuando fue liberada desfiló por varios programas de tevé. Hasta fue invitada dos veces al programa de Mirtha Legrand, ante quien bromeó: “¿Quiere un té con masitas señora Mirtha?”. También se presentó en el programa Duro de Domar, en la versión que conducía Roberto Pettinato, y su presencia generó risas porque contó chistes.
Ella disfrutaba con esa faceta que le aportaba la fama. Y aunque decía que no tenía nada que ver, jugaba con la culpabilidad.
“Este país es una fábrica de asesinos”, solía decir. “Los asesinos son muy mentirosos”, dijo una vez cuando la llamaron de un programa de tevé y ella pidió dinero. Siempre pedía para dar su testimonio.
Este año salió a la luz la denuncia mediática de Helena, su hijastra. Contó que Yiya intentó envenenar a su padre Julio y a ella. “Creemos que le puso veneno para ratas a los fideos”, dijo la joven. Además reveló que la envenenadora le robó los ahorros a su esposo, que era ciego. “Guardaba la plata en una caja. Ella reemplazó los billetes por diarios recortados”, denunció.
Un investigador llegó a sospechar de algunos de sus amantes. Pero ninguno de ellos asumió esa condición. Dijeron no conocer a la envenenadora, que se jactaba de haberse acostado con más de 250 hombres.
“Y algunos de ellos con mucho poder, pero no lo puedo decir. La verdad está acá, y si alguien no pone la biyuya me llevaré todo a la tumba”, volvía a decir y movía el sobre.
Su secreto se fue con ella, una noche de hace siete años, de un paro cardíaco. Su muerte, y esto es paradójico, pasó inadvertida. Como si Yiya Murano nunca hubiese existido.
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