
El líder de los Doce Apóstoles, Marcelo “Popó” Brandán Juárez, tenía una idea fija: matar a Agapito Lencina, el preso más odiado por la banda que tomó la cárcel de Sierra Chica en el tenebroso motín de la Semana Santa de 1996.
Popó caminó por los pasillos -como si fuera el dueño de la prisión- con una pistola Ballester Molina plateada 11.25 en la mano. Iba con dos de sus hombres.
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En territorio enemigo, llamó a su rival y cuando lo tuvo en la mira, disparó.
Pero no salió ninguna bala.
Lencina quedó tan estupefacto que ni siquiera trató de atacarlo con su faca.
Brandán lanzó una carcajada falsa y le dijo:
-Gapo, era una joda.
Y se fue a su bastión.
El primer intento de asesinato contra Agapito Lencina, por entonces de 40 años, no tuvo nada de violento: fue más un acto grotesco.
Sus compañeros y guardias coinciden en que Brandán estaba pasado de drogas y por eso olvidó montar el arma.

Tras una fuga fallida, el 30 de marzo de 1996, Brandán y sus secuaces tomaron 17 rehenes e iniciaron una cacería contra los presos que -según ellos- eran “violadores y buchones”.
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Habían sentenciado a muerte a Agapito por ser el símbolo de todo lo que estaba mal para ellos. Además lo acusaban de “arruinaguachos”: violar a jóvenes presos a cambio de protección y de matar a otros detenidos.
Y se creía que lo habían trasladado a Sierra Chica un mes y medio antes del motín porque los guardias sospechaban que había un arma entre los internos y necesitaban que lo confirmara un informante. La pistola había sido ingresada por la abogada de un ex ladrón de blindados que fue llevado a otro penal antes de la revuelta.
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La del tiro que no salió es una de las anécdotas más insólitas de la masacre que duró ocho días y conmovió al país hace 25 años.

En esos días oscuros, los Apóstoles mataron a ocho presos, los descuartizaron, los quemaron en el horno del penal y con los restos de algunas víctimas cocinaron empanadas que convidaron a las autoridades.
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Brandán tuvo una segunda oportunidad ante Agapito, algo infrecuente en el mundo del hampa, ambiente donde la venganza suele ser inmediata.
Esta vez, en el tercer día del motín, Brandán no falló: Agapito recibió dos balazos, pero seguía vivo. Lo remataron a facazos otros dos hombres de su enemigo. El golpe mortal fue un puntazo en el pecho. Así, dicen sus ex compañeros, mataba Gapo. Murió como remataba a sus víctimas.
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A diferencia de la primera vez, Agapito esperó a sus oponentes escondido en una celda oscura. Tenía una faca en cada mano. “Acá va a haber sangre”, le dijo a Nippur, su lugarteniente.
Un interno que fue testigo del crimen declaró en el juicio que “Gapo llegó a cortarle la mano a Brandán”. Otros dicen que no fue así.
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Jorge Kröhling, el guardiacárcel que se ofreció como rehén a cambio de un colega herido, jura haber visto a Agapito como si estuviera crucificado contra una reja, con los brazos en cruz. “Le sacaron los ojos y la lengua y los pinchaban”, dice el guardia retirado.

A Lencina le clavaron una estaca, como si fuera Drácula, y lo crucificaron como si se tratara de un santo maldito.
“Lo conocí en Olmos en 1992. Era cuchillo largo. Se comentaba que era un colaborador de la gorra. Y que violaba. Dicen que tenía varias boletas. Jugaba bien al fútbol, andaba siempre con ropa deportiva y para llegar a él tenías que enfrentar a sus soldados”, cuenta a Infobae Rubén de la Torre, ex ladrón de blindados y parte de la banda del robo del siglo al banco Río de Acassuso.
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Agapito siempre mantuvo un perfil bajo. No hay entrevistas suyas, tampoco fotos. Su historia se reconstruye con retazos de testimonios de quienes lo conocieron.
Se sabe que pesaba cien kilos pero era ágil. El “Gitano” Acuña, ex apóstol que fue amenazado de muerte por Gapo a través de una carta, llegó a planear prenderlo fuego meses antes de la masacre.
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“Si me agarraba, me mataba. Como hizo con un amigo mío. Era un canchero y un psicópata. En la cancha de fútbol daba vueltas de carnero. Le gustaba sacar pecho y hacerse ver. Era un violín y eso no se perdona. A un pibe recién ingresado le dijo que podía matarlo o violarlo, pero si quería protección debía entregarle a la hermana o a la madre para tener sexo. Era devoto del Gauchito Gil y afuera también violaba. Dicen que mató a un cana, pero no lo creo”, recuerda Acuña.
Gapo entró por primera vez a una cárcel en 1975, a los 19 años. Había nacido en Corrientes pero eligió La Matanza como su lugar. Era un ladrón sin grandes golpes. Por dos robos estuvo detenido y lo liberaron cuando cumplió condena.

En 1983 el Tribunal en lo Criminal Número 98 de Morón condenó a Lencina a cadena perpetua por matar a un policía. “Luego, Lencina se convirtió en uno de los líderes del penal: no perdía una pelea y era hábil con la faca. De sus muñecas colgaban cintas rojas de 20 centímetros. Las usaba para atar su arma y evitar que se le cayera”, escribió Ramiro Sagasti, que cubrió el motín para el diario La Nación.
La muerte no fue una liberación para Gapo. Siguieron ensañados con él. Lo descuartizaron y dos testigos -un preso y un guardia- aseguran que con su cabeza jugaron a la pelota. El que la pateó, para más detalles, habría sido un convicto que después de ese acto macabro fue apodado “Maradona”.
Con sus nalgas rellenaron empanadas. A sus restos algunos le seguían dando facazos o los escupían.
Luego lo quemaron y no quedó ni el polvo de sus huesos.
Como si con en ese odio voraz y ciego hubiesen querido borrar toda su vida. Desde su nacimiento. Buscaron que no quedara nada de él, ni su oscura leyenda.
Apagito no llegó a darle el apellido a su hijo, concebido con su mujer en una visita íntima.
Su acto más luminoso ocurrió en el mismo lugar donde Agapito conoció el más oscuro infierno antes de morir.
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