El derrocamiento de Frondizi, la crisis que desató y la frágil designación de Guido como presidente, un fracaso histórico de la dirigencia argentina

El triunfo del peronismo -disfrazado bajo otras denominaciones- en la mayoría de las provincias argentinas en las elecciones de medio término de 1962 desataron la reacción de las Fuerzas Armadas, que exigieron la renuncia del entonces presidente. Un rápido movimiento del ministro de la Corte Suprema Julio Oyhanarte hizo que jurara como primer mandatario José María Guido. Fue apenas un intento de legalidad en medio del derrumbe institucional

José María Guido en el Salón Blanco de la Casa de gobierno
José María Guido en el Salón Blanco de la Casa de gobierno

Hace casi sesenta años la Argentina se hallaba envuelta en una severa crisis política. No era la primera ni sería la última. El presidente Arturo Frondizi transitaba sus últimos días como primer mandatario y se discutía quién sería el ciudadano que lo reemplazaría. La decisión sobre el sucesor para muchos pasaba por los cuarteles, para otros se debía aplicar la Ley de Acefalia para salvar la frágil institucionalidad. De esta segunda posición participaban el Ministro de Defensa, Rodolfo Martínez, y el ministro de la Corte Suprema de Justicia Julio Oyhanarte. Con apenas 39 años Oyhanarte se convirtió en un personaje clave. Según relató en la intimidad años más tarde, el día en que se publicaba el derrocamiento de Frondizi visitó en su casa al titular de la Corte Suprema de Justicia, Benjamín Villegas Basavilbaso, para estudiar la aplicación de la Ley de Acefalía. Como conclusión, el presidente del Alto Tribunal le dijo: “Anoche me visitó un ex discípulo que me explicó que va a asumir una Junta Militar, acá esta la lista de quienes van a ser los ministros…uno de estos, el conservador Adolfo Vicchi, será el canciller. El asunto está cerrado, asume la Junta hoy mismo.”

Instantes más tarde, sin adelantar nada, Oyhanarte partió para ir a comunicarse con algunos referentes parlamentarios. Entre otros, con Federico Fernández de Monjardin, titular de la Cámara de Diputados, Héctor Gómez Machado, jefe del bloque oficialista y el senador Ataúlfo Pérez Aznar. A ellos les dijo: “el senador José María Guido debe asumir, traten de convencerlo, yo me voy a ocupar de la Corte Suprema.” Mientras realizaba las primeras gestiones, se enteró que Rodolfo Martínez, Ministro de Defensa, trabajaba en la misma dirección y se pusieron en contacto. Se conocían muy poco pero Martínez entró en confianza rápidamente, con su proverbial serenidad y firmeza. Era alrededor de las 16 horas y según Oyhanarte, el teniente general Raúl Alejandro Poggi iba a asumir a las 17 horas.

Mientras se encontraba reunido el Alto Tribunal llegó Alberto Gordillo Gómez un delegado de Guido y Martínez. Mientras los miembros debatían el delegado le pide a Ohyanarte hablar a solas, salen de la sala y fue directo al grano: “Oyhanarte, en representación del presidente provisional del Senado y del Ministro Martínez vengo a preguntar si el doctor Guido decide ser Presidente de la Nación puede venir a aquí a prestar juramento de acuerdo con la Ley de Acefalia.” Oyhanarte pidió consultar a sus colegas y volvió a la reunión. Al entrar relató lo dicho por Gordillo Gómez y expuso su pensamiento: la cuestión no era Frondizi o Guido, sino Guido o un régimen militar que “para colmo no era un régimen militar mayoritario sino minoritario (lo que más tarde se llamarían los colorados). Creo que tenemos que aceptar aquello que tienda a salvar lo que resta del sistema constitucional.” El Ministro Ricardo Colombres respondió que estaba de acuerdo, también aceptó Pedro Aberastury, y Villegas Basavilbaso opino que “el deber de la Corte era tratar de rescatar lo rescatable, lo todavía salvable del sistema constitucional argentino, el poder judicial y el poder legislativo.” El Ministro Luis María Boffi votó en contra.

Tras ajustar los detalles, Oyhanarte salió de la reunión y le dijo a Gordillo que si el senador Guido se presentaba la Corte Suprema le iba a tomar el juramento. A las 16.30 apareció Guido con su secretario privado y, después de los saludos, todos se dirigieron al gran salón de actos. Los ministros se ubicaron en el estrado. El salón estaba vacío, no estaba redactada el acta de la reunión y no había una Biblia. Guido juró sobre el ejemplar de la constitución que la Corte Suprema utilizaba en sus acuerdos. Tras el juramento, los ministros bajaron de su lugar y Guido abrazo a Oyhanarte y lloró. Seguidamente, el nuevo mandatario renuncio a su afiliación de la UCRI y poco más tarde si dirigió a la Casa de Gobierno.

Este fue el final de una semana crítica, que comenzó así: El 18 de marzo de 1962 se realizaron elecciones para elegir la casi totalidad de los gobiernos provinciales y la mitad de la Cámara de Diputados. El peronismo se encontraba al margen de la ley desde la época del gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu, pero en la provincia de Buenos Aires la fórmula Framini-Anglada y sus candidatos concurrieron bajo las siglas de Unidad Popular. En el país de aquellos años –con un poder militar casi ilimitado—la presencia electoral peronista constituyo una jugada arriesgada. Estaba en el aire que las FFAA no aceptarían una victoria justicialista y, como adelantó el senador nacional por la UCRI Alfredo García, “el triunfo de Unión Popular en algunas provincias puede poner en peligro la estabilidad”, y no se equivocó.

El peronismo, bajo la sigla Unión Popular, se impuso holgadamente en la provincia de Buenos Aires. También lo hizo bajo otras denominaciones en El Chaco, Santiago del Estero, Misiones, Neuquén, Río Negro, La Pampa, Tucumán, Jujuy y San Juan, mientras que el oficialismo de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) triunfó en Capital Federal, Entre Ríos, Corrientes, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Era una catástrofe. Esa misma noche, el ministro Alfredo Vítolo concurrió a una reunión militar en el comando de la Aeronáutica, donde se le plantearon una serie de exigencias: desde la intervención a las provincias, con nulidad de los comicios, hasta la disolución del Parlamento y la anulación de la Ley de Asociaciones Profesionales. La Armada, por su parte, el lunes 19, en reunión de almirantes, pidió la renuncia del presidente. En las horas siguientes, en medio de maratónicas reuniones, los militares exigían condiciones difíciles de cumplir por el presidente de la Nación. Otros consideraban que debía renunciar.

Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio en la residencia de Olivos
Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio en la residencia de Olivos

Al día siguiente, el título de La Nación, a seis columnas, lo decía todo: “Anuló el gobierno los comicios de Buenos Aires, Tucumán, Santiago del Estero, Río Negro y el Chaco”. La excusa que se dio para tamaña decisión fue que se hizo “para asegurar la forma republicana de gobierno”. El Ministro del Interior, Alfredo Vítolo, presentó la renuncia. Entre el martes 20 y el miércoles 28 la sociedad siguió por los medios de comunicación maratónicos cónclaves militares, civiles y gestiones de todo tipo para determinar el futuro del gobierno. En principio, Frondizi convino formar un gabinete de unidad nacional, y los nombres de los candidatos figuraban en los medios gráficos. El cordobés Hugo Vaca Narvaja reemplazó a Vítolo en Interior; Jorge Wehbe asumió en Economía; Rodolfo Martínez en Defensa; Roberto Etchepareborda fue designado en la Cancillería y Oscar Puiggrós en Trabajo y Seguridad Social. Los cambios no alcanzaban.

Según un prolijo racconto de esos críticos días realizado por el coronel Alejandro Agustín Lanusse, segundo jefe de la Escuela Superior de Guerra, el Secretario de Guerra analizó con el Consejo de Generales tres variantes. La primera mantenía a un Presidente absolutamente condicionado; la segunda consideraba la renuncia de Frondizi y la aplicación de la Ley de Acefalia y la tercera constituía un gobierno de facto con “civiles elegidos por las FFAA”.

Las tres variantes militares para resolver la crisis
Las tres variantes militares para resolver la crisis

De acuerdo con el relato de Lanusse “el Consejo de Generales se resuelve por la variante 3. Solo cuatro generales votan en disidencia”. En un trabajo manuscrito sobre esos momentos, el mayor Albano Harguindeguy destacó que “las declaraciones de otros partidos políticos manifiestan que con el Presidente Frondizi no hay solución posible a la crisis”, mientras que la UCRI sostiene que “no hay solución constitucional sin Frondizi, cualquier otra solución significa su derrocamiento…y rechazan su renuncia”.

Fueron horas dramáticas para Arturo Frondizi, porque un golpe militar estaba en el aire, en los despachos del gobierno y en la sociedad política. “Hemos retrocedido al 13 de noviembre de 1955” (derrocamiento del general Eduardo Lonardi), le comenta el Presidente a un amigo. Se realizaron ingentes gestiones para salvar las instituciones democráticas, y la Usina frigerista le presentó distintas alternativas. Por esos días llegó al despacho presidencial “un plan mínimo inmediato de apoyo a la legalidad” que proponía, entre otras medidas, “una gestión ante el embajador de los Estados Unidos para que el presidente Kennedy realice en el día de hoy una declaración en la que exprese: a) satisfacción por la evolución de la crisis; b) expresión de su propósito de retribuir en Buenos Aires las dos visitas efectuadas a los EE.UU. por el presidente Frondizi”. Decisiones irrealizables de última hora.

Alejandro Lanusse anotó: “El 22 de marzo, en las horas de la noche un grupo con antecedentes golpistas ya conocido en el Ejército, pretende apurar los acontecimientos (los nombra), no concretan sus propósitos. El Comandante en Jefe promete que antes de cumplirse las 72 horas habrá una solución.” Según relata Lanusse, “en una de las conversaciones tenidas en esos días con el general Turolo (Director de la Escuela Superior de Guerra), este me hace saber que desde el año pasado existe un plan de gobierno completo que ha sido confeccionado por él y los generales Martijena y Reyes.” El plan venía siendo confeccionado desde abril de 1961 y “la Armada con muy pequeñas modificaciones había aceptado el plan.”

Arturo Frondizi dialoga con Pedro Eugenio Aramburu
Arturo Frondizi dialoga con Pedro Eugenio Aramburu

Ninguna gestión conseguía aplacar la furia de las FF.AA. Quedó, entonces, una última prueba: el viernes 23, Laureano Landaburu, ministro del Interior de la Revolución Libertadora, se entrevistó con Arturo Frondizi durante el mediodía. De la reunión salió ungido como mediador el ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, con el objetivo de asegurar “a todo trance el orden constitucional”. Mientras pasaba el tiempo, algunos, como el teniente general Raúl Alejandro Poggi, imaginaban que podían reemplazar al primer mandatario. La tapa de La Nación del 26 de marzo de 1962, titulaba: “La Marina sugirió a Frondizi que dimita”.

La del 27 la respuesta del gobierno: “Niégase el presidente a presentar su renuncia” y, al mismo tiempo, da a publicidad una carta a Frondizi del mediador, Aramburu, en la que finaliza diciendo: “En nombre de ese orden (jurídico), la Nación pide a Usted un noble renunciamiento. Lo pide y lo espera de su reconocido patriotismo”.

El 28, desde las primeras horas de la mañana, efectivos de los Regimientos 1, 2, y 3 salen de los cuarteles y se encuentran ocupando “Objetivos Conintes” (para casos de conmoción) en la ciudad de Buenos Aires. Mientras, las agencias noticiosas reprodujeron un texto de la revista Time considerando que “la Argentina es una de las naciones que el presidente Kennedy ha elegido como ejemplo para su Alianza para el Progreso, y hace solo tres semanas le destinó una suma de 150 millones de dólares”. El mismo 28, a las 17 y 18 minutos, tres altos jefes militares (general Raúl Poggi, almirante Agustín Penas y brigadier Cayo Antonio Alsina) entraron al despacho del presidente. El general Raúl Poggi le dijo: “Por el bien del país, renuncie a su cargo”. Y Frondizi solo respondió: “No renuncio ni renunciaré”. De acuerdo al relato del comodoro ( R ) Enrique Juncadella, miembro de la Casa Militar en 1962, “el día 28 nos encontrábamos en la sala de edecanes varios miembros del personal de la Casa Militar, compartiendo algunas palabras con el senador José María Guido y, en un momento, el edecán aeronáutico, vicecomodoro Carú le pregunta al doctor Guido si en caso de renuncia o de que fuera destituido el Presidente, él asumiría, a lo que contestó: “¡Sin Frondizi no hay legalidad!” En esas horas de confusión Frondizi y el almirante Gastón Clement conversan mano a mano en la residencia de Olivos y el Presidente sugiere que la solución era que el presidente provisional del Senado, el rionegrino José María Guido asumiera la presidencia.

Párrafo del relato de Lanusse sobre el derrocamiento de Frondizi
Párrafo del relato de Lanusse sobre el derrocamiento de Frondizi

Como relató José María Guido años más tarde en la intimidad, la Corte Suprema no podía tomar el juramento si no había una renuncia de Frondizi. Un grupo de líderes del Congreso apoyaron la asunción de Guido. Siendo las 2.30 del 29 de marzo, el secretario de la Armada, almirante Clement, le manifestó: “Quiero informarle que se acaba de adoptar la fórmula tres [derrocamiento de Frondizi]. Lo lamento mucho, pero yo no puedo hacer nada y dentro de un rato lo va a visitar el jefe de la Casa Militar”. Pocas horas más tarde, Frondizi era conducido preso a la isla Martín García, en un DC-3 T-01 de la Fuerza Aérea. Al día siguiente, La Nación comunicaba a la sociedad que “ante la Corte Suprema juró el doctor (José María) Guido”. La decisión de Guido hizo enfurecer al general Turolo. “A las 21.30 horas dijo a sus subordinados en la ESG que el doctor Guido es un traidor porque ha jurado sin previo aviso a los comandantes en Jefe.”

José María Guido
José María Guido

En la madrugada del 29, en la Casa de Gobierno se encontraba un grupo de periodistas. Eran los “acreditados” en la Sala de Prensa. Estaban siempre, fueron testigos de todo. Roberto Di Sandro, Juan Rey Romo, Alfredo Bufano, Enrique José Maceira, Guillermo Goyena y Osvaldo Piñero (“Piñerito”) entre otros. Las puertas del palacio estaban cerradas. Las abrió Di Sandro cuando escuchó los golpes. Era un conjunto de uniformados con caras circunspectas. Al frente de todos los militares estaba el general Raúl Alejandro Poggi que venía a hacerse cargo de la Presidencia de la Nación. Llego acompañado por Manuel Ordóñez, uno de los “cerebros” de la maniobra, seguramente, a la búsqueda de una cartera ministerial. Subió al primer piso y vio que las luces estaban apagadas. Recorrió un largo pasillo e intentó entrar en el despacho presidencial, pero las puertas estaban cerradas. Comenzó a gritar y dar órdenes hasta que un empleado de la seguridad, en cuya cara se reflejaba el espanto, llegó a su presencia. Poggi le ordenó que abriera y éste le respondió que no tenía las llaves. Le explicó que el empleado que atendía al primer mandatario, después de cumplir su horario y cuando nadie quedaba en el área presidencial, se retiraba y se llevaba las llaves a su casa. Entonces, sin poder esconder su furia, el general Poggi intentó forzarlas. Al no lograrlo retornó al edificio del Comando en Jefe del Ejército. La escena, recordó Di Sandro, era fellinesca. Con su escasa altura y su voz bajita “Piñerito” se permitió aconsejarle: “Venga mañana”. Antes de irse hizo correr una alfombra del antedespacho presidencial.

El almirante Penas y el teniente General Poggi entran a Casa de Gobierno
El almirante Penas y el teniente General Poggi entran a Casa de Gobierno

Mientras Poggi se imaginaba ocupar el despacho que había sido de Arturo Frondizi, en la Sala de Reuniones de la Corte Suprema de la Nación, el titular interino del Senado, el rionegrino José María Guido juraba como Presidente de la Nación ante los altos magistrados…a pesar del disgusto inicial de un sector de las Fuerzas Armadas. El antiperonismo más furioso, esta vez, se quedaba en la antesala de la historia.

Tras el juramento ante la Corte Suprema, cuando la noticia ya recorría las redacciones de los medios periodísticos, el 30 de marzo de 1962, Guido se apersonó a la Casa de Gobierno y, a las apuradas, le tomó juramento a su primer gabinete presidencial. Todo fue tan rápido e improvisado que, antes de entrar a la ceremonia que se iba a realizar en el Salón Blanco, sus acompañantes se dieron cuenta que no tenía una banda presidencial. Uno de ellos tuvo una originalidad: Fue al Museo de la Casa Rosada y tomó la banda del ex presidente Nicolás Avellaneda (1874-1880). Con esa insignia, y con muy poco público presente, Guido asumió como presidente constitucional de los argentinos. Un mes más tarde (22 de abril de 1962), el dirigente conservador Pablo González Bergéz hizo llegar un largo trabajo en donde afirma que “las FFAA tienen contraída con el país una grave responsabilidad, que no pueden eludir. En una acción típicamente revolucionaria –cuyo acierto no se discute—depusieron al presidente de la República y lo redujeron a prisión, rompiendo la legalidad; pero no han explicado todavía por qué han procedido así, ni con qué propósitos ulteriores. Por el contrario, han guardado al respecto un silencio total, como si el tamaño hecho entrara en la órbita de sus tareas normales. Controlan y orientan al gobierno que se ha constituido como es notorio; intervienen inclusive en la designación de ministros y funcionarios en forma decisiva; pero no lo reconocen de manera explícita ni asumen ante el país, por consiguiente, la responsabilidad de sus actos políticos (…) las FFAA han creado o contribuido a crear así una farsa de legalidad, llena de contradicciones, o por lo menos una legalidad distinta de la que había, ya que al derrocar a Frondizi se impuso una solución de continuidad en el ordenamiento jurídico y parecen empeñadas en mantenerla; más no confiesan que es una farsa.” En otra página González Bergez sostiene que “el mal mayor que padece el país desde hace largo tiempo es la inautenticidad en casi todas sus manifestaciones. Por carencia de una sólida base cultural, por cobardía o por comodidad, en Argentina casi todos “hacen que son”. El propio país “hace como que es” una nación civilizada y hasta democrática. Y así es notorio que todo el mundo acostumbra a disfrazarse de lo que no es; y este particularmente en el campo político entre el país real y el país aparentemente, formal, declamatorio.”

A los pocos meses de su gestión, Guido clausuró el Congreso e intervino las provincias, una decisión que Julio Oyhanarte no aceptó y renunció a su cargo en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En ese mismo septiembre de 1962, se producía el primer enfrentamiento militar entre los “azules” y los “colorados”. Emergía a la opinión pública el general de división Juan Carlos Onganía y en octubre de 1963 era electo presidente Arturo Umberto Illia, candidato de la Unión Cívica Radical del Pueblo, con el respaldo del 25% del electorado. Como decía González Bergez, la Argentina seguía aparentando lo que no era.

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