
Es sábado, está nublado y una de las principales avenidas comerciales de Mar del Plata se encuentra desierta. “Debería estar repleta de gente porque el día es inmejorable: es fin de semana y no hay nadie en la playa. Pero bueno”, cuenta Silvana a Infobae.
La mujer de 49 años atiende un local histórico sobre la emblemática Avenida Juan B. Justo. El suyo, al igual que la mayoría de los comercios que se concentran en menos de un kilometro y medio sobre la traza, se dedica a la producción y venta de sweaters. En sus vidrieras, y en las del resto, los precios son amigables; las promociones y los descuentos nacen de cualquier charla.
“Nosotros trabajamos con mucha gente de las provincias. Al ser fabricantes competimos mucho con los precios que ellos manejan allá. Esa tradición no se pierde. Pero con los que menos trabajamos son con los marplatenses. Los turistas, las familias, se llevan muchos diseños. De niños, calidad excelente. Muchas familias nos conocen y vienen a comprarle para sus hijos”, dice Silvana a Infobae.

Sin embargo, aclara: “Hubo una etapa mucho mejor que las últimas que vivimos. Pero esta es una temporada muy particular, no podemos pretender tener grandes ventas o mucha gente caminando por Juan B. Justo. Veníamos de temporadas muy duras”.
Para Graciela, marplatense y dueña de una panadería sobre la avenida, “Juan B. Justo siempre tuvo eso de que la gente siempre viene a buscar sweaters, pero obviamente no es como en las viejas épocas”.
Mar del Plata posee una característica que sobresale del resto de las ciudades balnearias del país. Más allá de su extensión costera y su amplia variedad de playas, ofrece un sinfín de actividades que durante décadas fueron rituales en familias que elegían La Feliz para vacacionar.
Su rica historia textil, con un nacimiento artesanal profundo que se convirtió en una industria prometedora, llevó a Mar del Plata a ser bautizada como la “capital nacional del pulover”. Tal es su grandeza que la inscripción fue inmortalizada en el cartel que le da la bienvenida a los turistas cuando ingresan a la ciudad.

Tras décadas de crecimiento, los años 80 propiciaron el auge y la venta de sweaters: no solo aumentaba en el plano mayorista y hacia todo el país, sino que se había convertido en una especie de recuerdo obligado que cada visitante se llevaba de la ciudad. Muchos inmigrantes que tejían para sobrevivir encontraron la oportunidad en la actividad. Un escenario con bases industriales sólidas que derramaron dicha y trabajo.
Por aquellos años, tener un sweater marplatense era sinónimo de orgullo. No un privilegio, porque se trataba (y se trata) de un bien que buscaba ser accesible para toda la familia. “Llevarse una caja de alfajores y sweaters para todo el año era una obligación vacacional”, cuenta Adriana, empleada de un comercio, a este medio. Silvana también recuerda: “Mi tío ha llegado a tener cinco empleadas. Se vendían 200 por día, era una locura”.
Infobae realizó una recorrida por la zona durante varias jornadas y en diferentes horarios. Esta repetición permitió constatar algunas cuestiones que se reflejan desde lo visual y que los empresarios y comerciantes repiten de manera constante.
“Hoy la avenida no invita al turista, más allá de la ropa y de los precios que puedas encontrar acá. Ya no tiene que ver con el clima, el día o el mes. Es una situación sostenida en estos últimos años que va más allá de lo económico: es de infraestructura, no hay mantención”, indica Rubén, quien prefiere no revelar el nombre de su comercio y sí relatar que hace 39 años está radicado en el mismo sitio.
El hombre continúa: “La verdad es que hay un público fiel que siempre viene. Eso es innegable. También uno muy menor que se va generando cada año. Pero esta realidad no tiene nada que ver con lo que supimos vivir hasta hace menos de 10 años. La avenida está triste, los negocios no invierten porque no hay grandes marcas. Faltan bares, restaurantes. Otra propuesta”.

Silvana se une al pedido: “Pedimos que haya un cambio en la avenida y no se da. Faltaría mucha más gastronomía, marcas importantes”.
“Hoy, por la cantidad de gente que hay estamos bien de ventas. Pero es muy difícil igual, hay mucha incertidumbre. Aún así estamos contentos porque seguimos teniendo clientes que se acercan y compran. Nos salvan las prendas de niños que no todos los locales tienen”, revela la mujer que trabaja desde los 15 años en el negocio de su tío.
En cuanto a los precios, los valores oscilan entre los $850 y $2.000. “Nosotros manejamos valores muy económicos. Vienen de Córdoba o Mendoza y nos dicen que por el mismo sweater pagan hasta tres veces más”, dice la mujer.

Un tema que perjudicó a la industria durante este tiempo fue el cierre de las hiladoras por la pandemia. Muchos comercios que sostienen sus finanzas a partir de las ventas mayoristas hacia distintos puntos del interior del país se encontraron con una problemática que paralizó la fabricación de sweaters durante meses. “Nosotros tenemos muchos pedidos que aún no pudimos cumplir, estamos esperando a febrero para tener stock y poder mandar”, indica Silva.
Rubén completa: “El 50% de los negocios de la zona, dedicados al rubro, cerraron. Y es muy difícil que vuelvan a abrir. Ojalá podamos estar acá, en un futuro, hablando de cómo se reconvirtió la zona. Sinceramente no lo veo”.
Fotos: Christian Heit
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