Marzo de 2013. Suena el celular de Carlos Samaria. Atiende. Del otro lado se oye una voz conocida. Pero el nombre no es tan familiar.
-Hola, ¿quién habla?
-Soy Francisco…
-¿Qué Francisco?
-¡Bergoglio!!
Dice Stella, la hija de Carlos, que a su papá casi se le cae el celular de la mano de la emoción. Y lo que vino fue maravilloso: “¿Cuándo me va a venir a ver?”, invitó el Papa, que había asumido pocos días atrás. Finalmente, el encuentro demoró unos meses, pero se dió. Y el 24 de septiembre de ese año, en Santa Marta, Carlos y sus hijos Stella y Roberto estuvieron una hora en Santa Marta con Francisco. Por supuesto, Samaria llegó con un regalo muy especial: zapatos negros para el Santo Padre, como lo venía haciendo desde 1980, cuando Bergoglio fue rector del Colegio Máximo de San Miguel, cargo que ocupó durante seis años.
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“¡No me mande más!”, le dijo el Papa risueño en esa oportunidad, para no aprovecharse de la generosidad de Samaria, que jamás le cobraba el calzado ni a los curas ni a las monjas. En el mundo había llamado la atención que el Santo Padre rompiera la tradición de usar calzado de color rojo, el que simbolizaba la sangre de los mártires. El último en usarlos así fue Benedicto XVI, que llegó a usar mocasines de Prada. El Papa argentino optó por los más sencillos, negros, hechos por Samaria en base a una horma 42-43, y con una plantilla porque tiene una pequeña y casi imperceptible diferencia de longitud entre una pierna y otra. “De lo contrario, no hubiera mandado a hacer zapatos a una ortopedia, se lo hubiera comprado en cualquier zapatería”, explica Stella, la hija de Carlos.
En esa reunión en el Vaticano, además, Francisco aconsejó a Roberto, que le preguntó cómo podía recuperar la Fe, y le dijo a Stella, preocupada por el tiempo que les dedicaba: “Ustedes me traen aires porteños”. Fue la última vez que se vieron. Samaria, aquejado por dolores de espalda, no viajó más a Europa. Falleció el 1 de septiembre, a los 89 años, en la Clínica Suizo Argentina, después de estar en coma durante dos meses, cuenta Stella.
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“A papá lo mató la cuarentena”, señala la mujer que le dio seis nietos (Pia, Paz, Gerardo, Teté, Malu y Francisco), igual número que su hermano Roberto (Virginia, Florencia, Pilar, Marina, Guadalupe y Roberto (h)). “Tuvo varios golpes en los últimos tiempos. Hace cuatro años falleció mi madre. Luego le sacaron el brevet de piloto, su único hobbie. Había tenido un ACV mientras volaba y se perdió. Se recuperó, pero tuvo otros, e infartos. Después no le renovaron el registro, y no manejar fue otro golpe para él”, explica.
Los Samaria son oriundos de Porcen di Seren del Grappa, un caserío en la provincia italiana de Belluno, en la región alpina del Véneto. El padre de Carlos, Virginio, llegó a la Argentina después de la Primera Guerra Mundial y se estableció en el barrio de Floresta, donde se agrupaban los inmigrantes de esa región. Poco después arribó su mujer, María, que se apellidaba De Cet, como la mitad de los habitantes de Porcen. Era carpintero, pero su hijo no continuó la tradición.
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Después de un tiempo de trabajar con su padre, Carlos cambió de oficio y comenzó a acompañar a su cuñado, de apellido Novelli, en su casa de ortopedia. De lleno en ese rubro, conoció a Jorge Schubert, dueño de la ortopedia Atlas Alemana, a quien le proveía de mercadería. Se abrió de su cuñado y, con el tiempo, le compró el negocio a Schubert. El único cambio que hizo fue quitarle el “Atlas” al nombre.
En 1954 se casó con Amelia Martínez. Y ocurrieron dos cosas. Por un lado, lo que fue una tragedia para muchos trocó en beneficio para él: se desató la epidemia de polio y los productos ortopédicos fueron muy requeridos. Por otro, cuenta Stella, “a mi mamá se le disparó una enfermedad post parto, algo mental. Y mi papá se volcó de lleno al trabajo para pagarle los mejores médicos. Le empezó a ir muy bien, pero no tenía descanso: sábados y domingos se lo pasaba recorriendo centros de rehabilitación…”
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El trabajo de Carlos dio sus frutos, y pronto se diversificó. Hoy trabajan unas 500 personas allí. “Compró otro local en la calle Montevideo, donde había un petit hotel. Y luego campos. Siempre apostó al país”.
Desde aquel primer encuentro con Bergoglio en 1980 en el Colegio Máximo de San Miguel quedó una amistad. Ambos eran de Flores, los dos hablaban en un italiano fluido y los bienes materiales no los desvelaban: Carlos, hasta que pudo manejar, andaba en una camioneta modelo ’80. Comenzaron a verse en almuerzos que tenían periódicamente en la Ortopedia. Samaria, además, realizó numerosas donaciones a la Iglesia, incluida la casa de sus padres, ubicada en la calle Montes al 4100, cuando Bergoglio era Arzobispo de Buenos Aires. Carlos Samaria hubiera cumplido 90 años el próximo 24 de diciembre. Y en cada paso que dé, el Papa llevará consigo el recuerdo de su zapatero. De su amigo.
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