
“Arrastrados por el torbellino de esta época de guerra, sólo unilateralmente informados, sin la suficiente distancia de las grandes transformaciones que ya se han cumplido o empiezan a cumplirse y sin atisbo alguno del futuro que se está estructurando, andamos descaminados en la significación que atribuimos a las impresiones que nos agobian y en la valoración de los juicios que nos formamos” … Freud, 1915
¡Qué actualidad tienen hoy estas palabras! No estamos en guerra, aunque el tufillo de sus efectos, los de la destrucción, exclusión y muerte, parecen asolarnos desde que se declaró la pandemia. Un tiempo histórico nos está tocando transitar en que la fuerza y la supremacía de la naturaleza – Freud la nombró de este modo en el Malestar en la cultura- generó un virus, invisible microorganismo, que por una mutación inesperada adquirió una hostilidad mortal, que condena a la humanidad de uno a otro extremo del planeta al aislamiento.
Predomina la angustia acompañada de miedos, temores y de dolores psíquicos profundos por duelos incumplidos. Por duelos detenidos en sus tiempos de elaboración, sin despedidas, sin el abrazo del pésame, sin los rituales de la civilización.
Recibo un llamado telefónico de un médico de los que asisten a pacientes con Covid leve en los hoteles. Es por una consulta psi de una joven que dio positivo en el test. Está en confinamiento en un hotel con su hijo de 2 años, que también dio positivo.
Si bien ambos son asintómaticos en cuanto a la virosis, la joven presenta dolor en el pecho, ahogo, falta de aire, manifestaciones compatibles con la denominada neurosis de angustia y que el lenguaje corriente atribuye al ataque de pánico, que es precisamente como ella señala lo que le sucede.
En la entrevista telefónica, cuenta que tiene mucho miedo, dice que tiene pánico de enfermarse. Le pregunto: “¿Cómo cree que se contagió?”. Cuenta que su hermana hizo un festejo por el cumpleaños de una sobrina al que concurrieron familiares y amigos... Y allí compartieron el mate. Esto en junio, varias semanas después de que se decretara el aislamiento obligatorio y cunado ya era súper conocido que la aglomeración y el mate son vías que transmiten el virus.
La mamá de la paciente murió dos días por Covid-19 y ella no la pudo acompañar. Ni siquiera despedir. Sabe, además, que su hermana está internada con pronóstico reservado.

La angustia, ese afecto que atraviesa la existencia, tiene varios modos de manifestarse. En ocasiones, impacta en el cuerpo con una puntada en el pecho, disnea y aceleración del pulso que generan un terror inminente a morir.
De la pluma de Kierkegaard recogemos una frase interesante: “Es una aventura que todos tienen que recorrer, la de aprender a angustiarse; el que no lo aprende sucumbe, o por no sentirla, o por anegarse en la angustia”.
Tal vez por eso es ese afecto al que el psicoanálisis prestó tanta atención y la comparó con una brújula para la dirección de la cura. Sabemos que esa aventura que es la angustia cuando sumerge al sujeto en una inhibición paralizante, le impide el encuentro con lo vital del deseo.
Palpitaciones, agitación, ahogo, sudoración y pesadillescas afecciones alteran el sistema cardiorespiratorio, como sucede en el trauma de nacimiento. Insistió Freud hasta en sus últimos textos que cuando la angustia se presenta con esas características repite ese instante traumático incipiente.
A esas presentaciones clínicas de la angustia, Freud la llamó – neurosis de angustia- y las definió como neurosis actuales. La actualidad se manifiesta en el cuerpo sin mediación.
La realidad psíquica sobre la que el sujeto construye el mundo que habita ya no sostiene su deseo, y sin la chance de que la angustia sea una aventura a atravesar, el terror de la amenaza impacta.
Por eso Freud indica un doble origen de la angustia: la del instante traumático – instante en que lo real irrumpe - que es la angustia automática o tóxica, propia de las neurosis de angustia, que afecta el organismo con las manifestaciones propias del trauma de nacimiento. Y otra, la angustia señal que indica la amenaza de la repetición de ese instante, pero que brinda una advertencia y un compás de espera, de exploración y reflexión ante lo que estremece.
La cuarentena, el encierro, la incertidumbre tiñe la subjetividad con un manto de desamparo, ansiedad y angustia. Cada despertar parece reproducir la ficción del breve cuento de Augusto Monterroso que dice. “Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí”.
Reedición una vez más de la peste, nos trae reminiscencias de la que inspiró a Freud, la de la tragedia de Edipo rey, la de Tebas, epígono de los desarrollos ulteriores del psicoanálisis. La de la pluma de Albert Camus o la de la gripe española. De la ficción a la realidad, la peste y su polisemia, conjugando real, mito y metáfora.
El monstruo, la peste, el virus, lo real desatado y bestial, aún, esta vez entre nosotros. Reenviándonos al desamparo, hilflosigkeit, término que Freud acuñó para el psicoanálisis en sus primeras investigaciones. Ofrenda del insigne maestro para rastrear las hebras de la subjetividad humana. Desamparo original, propio del cachorro humano que requiere del prójimo para atenuar el dolor visceral que lo aqueja.
Las guerras, los atentados del terrorismo las epidemias y pandemias, algunos por lo inesperado de su ocurrencia, otros por acarrear un número inusitado de muertes, o por sorprender al sujeto en máxima indefensión producen lo que Freud llamó neurosis traumática. Algo interrumpe la continuidad del devenir, la cotidianeidad de la vida.
La pandemia del Covid 19 tiene otro ingrediente que lo hace aún más inédito e impensable: no permite distinguir -como sucede en las guerras- a los enemigos de los amigos. Un familiar, un amigo, el propio cuerpo asintomático puede ser agente vehiculizador del virus y contagiar a un ser querido- como ha sucedido en tantas reuniones, festejos, cumpleaños- y lo que es fuente de alegrías volverse el antro tanático que genera la muerte.
Desamparo, hilfloksikeit que subsite con su trazo intraducible hasta nuestros días, carga con esa dosis de real que nos dice de lo imposible de pensar, de anticipar para el sujeto y demanda una escucha que lo albergue.
En esa clínica de lo traumático- que Freud descubrió cuando trabajó sobre las neurosis de guerra- el principio del placer no logra regular lo mortífero. Por eso en ocasiones no alcanza la interpretación para ir al encuentro de la verdad que concierne al sujeto y que alivia su padecimiento.
Frente al desamparo, somos llamados primeramente, en nuestro oficio de analistas a alojar ese dolor, a intentar calmar ese desgarro en la existencia, esa angustia real que provoca la pandemia y sus consecuencias. Un dolor por pérdidas irreparables, humanas, y también otras pérdidas. La pérdida de aquello amado es primeramente un agujero en la existencia – un sorpresivo encuentro con lo real descarnado- que conmueve todo el universo simbólico del sujeto.
El virus, la pandemia ha transformado el escenario cotidiano de nuestras vidas. Tal vez no sólo compartir el mate va a pasar a ser una costumbre antigua, sino todo aquello que hace al encuentro, al acercamiento, al abrazo ha quedado relegado.. Mediado el intercambio social por barbijos y protectores oculares, pantallas y auriculares. En la vida cotidiana se ha introducido algo extraño, destructor que como en una guerra o un sismo transforma esa rutina diaria en algo inédito y desconocido.
A ese desamparo radical es reenviado el sujeto cuando impacta lo traumático, el abismo insondable del troumatisme (neologismo acuñado por Lacan en que confluyen en francés: trou : agujero y con él las últimas sílabas de troumatisme: trauma) que se manifiesta con síntomas, angustia, insomnio, fobias, inhibiciones, tristeza, pánico, desesperación, crisis varias que pululan incesantes.
El deseo del analista no retrocede, sosteniendo la transferencia, aloja el sufrimiento subjetivo. Instala la dimensión de la palabra que crea otro espacio, que la modulación de la voz corporifica. La presencia del analista vehiculizada por la via telefónica o de la videollamada diseña un espacio analítico en que la pulsión escópica – la mirada- y la invocante –la voz- , soportan lo real de la transferencia, cuando el cuerpo en tanto presencial está sustraído de la escena.
Muchas consultas se producen en este momento, iniciada la pandemia. En la búsqueda de un espacio que no se rige por las paredes del consultorio analítico, sino por la dimensión de un decir, que cobra fuerza a través de la escucha analítica en el teléfono o la videollamada.
En un comienzo era habitual en las sesiones algunas palabras sobre la cuarentena - que de quince días pasó a abarcar más de cien- pandemia, reclusión, hisopado, anticuerpos, población de riesgo. Pero a poco de iniciada la sesión telefónica o por videollamada, el inconsciente y sus formaciones solicitan su desciframiento y ahí asoma un sueño, una asociación, un recuerdo que ilumina el espacio analítico y encamina al sujeto hacia el singular horizonte de sus deseos.
Insisten esas palabras que cunden en las diversas lenguas por todo el planeta, promoviendo que los gobiernos, decidan sobre el cuidado de sus ciudadanos. Más o menos atención, más o menos protección, más o menos barbijos, más o menos protocolos, más o menos camas, más o menos respiradores, más cerca o más lejos de la vacuna. Allí un velo de incertidumbre se extiende por sobre cualquier posible afirmación.
El sujeto en su indefensión, frente a goces que lo comandan, ante deseos que se le delinean en su horizonte, y según las mochilas que venía cargando diseñará un modo de emanciparse del encierro al que la pandemia lo constriñó.
A la amenazante cadena ribonucleica que conforma la estructura del covid19, el psicoanálisis responde con el despliegue de otra cadena, la del significante. Y respecto de esa vivencia de desamparo radical invoca el enlace al prójimo, al lazo social, al discurso. Lo cual da al sujeto la chance de salida, de ex–sistencia, de acceso a un otro espacio que no lo deje recluido en los límites físicos de ese aislamiento obligatorio para reinventarse.
Freud, que formuló interrogantes a la ciencia de su época y creó senderos inadvertidos para aliviar el padecimiento, nos dejó su legado. El psicoanálisis que ha atravesado guerras, epidemias, pandemias y desastres de diversa naturaleza, ha sabido unir su horizonte a la subjetividad de la época. Cada situación traumática que irrumpe en la civilización desgarra el tejido social y confronta al sujeto con su instante traumático. Bordear ese agujero inasimilable, esa experiencia de lo traumático, ha sido el andamiaje donde asientan los cimientos del psicoanálisis y donde su práctica inscribe y enlaza lo real.
Adriana Bauab es médica y psicoanalista
Matrícula: 57216 - adribauab@gmail.com
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