Desde el aire, las tumbas abiertas impresionan. Una hilera de pequeños rectángulos vacíos y a un lado, esos dos metros de profundidad hechos montículos. Fuentes de la Secretaría de Atención Ciudadana y Gestión Comunal del GCBA indicaron que en los cementerios municipales, el número de sepulturas en tierra reservadas para fallecidos con Covid-19 -o sospechosos de haber muerto por esa enfermedad- el fin de semana fueron 59. “La cantidad de fallecidos no varió por la pandemia. Que vayan a tierra, a Chacarita ingresan un promedio de 20 por día, y a Flores, 15 “, contaron a Infobae.

El viernes 24 se informaron un total de 105 muertes por Covid-19. De esos, 19 eran residentes en la ciudad de Buenos Aires. Si, como indican desde la dependencia porteña, “El 65 por ciento de los fallecimientos reportados en Capital Federal queda en los cementerios de la Ciudad. El otro 35 por ciento van a cementerios privados o públicos de otras jurisdicciones. De los que llegan a nuestros cementerios, entre el 25 y el 30 por ciento se inhuma en tierra y nichos, y el porcentaje restante va a cremación. ”Es decir, por Covid y a tierra, de los fallecidos ayer irían 4 a Chacarita y Flores.

Sin embargo, el 22 de mayo de este año se publicó en el Boletín Oficial de la Ciudad de Buenos Aires la disposición 12/2020 de la Dirección General de Espacios Verdes y Cementerios, rubricada por su director, Martin Maffuchi, donde se asigna la “Sección 10 del Cementerio de la Chacarita, circunscripto por las diagonales 103, 107, 117 y 121 del mismo a los efectos de la inhumación de los restos de personas fallecidas preferentemente por causas imputables al contagio del virus COVID-19”. E “instruye a la Gerencia Operativa del Cementerio de la Chacarita a los efectos de practicar la parcelación y apertura de registro de las sepulturas de conformidad con la reglamentación vigente”.

Por su parte, la disposición 14/2020 establece un patrón similar para Flores, que dispone “los sectores de sepulturas de enterratorios emplazados en la Sección 06, Tablón 47, Sepulturas 2, 3, 19, 20, 27, 30, 39, 45, 49, 51, 55, 58, 60 y 62, y Sección 22, Tablones 31 al 39, del Cementerio de Flores, a los efectos de la inhumación de los restos de personas fallecidas preferentemente por causas imputables al contagio del virus COVID-19”.
Un vecino que vive en un piso 11 sobre la avenida Balbastro y tiene toda la vista de este último cementerio, le contó a Infobae que “más o menos desde mayo están usando este lugar, donde antes no había entierros. Empezaron con una tira (”tablón”, en la jerga funeraria) y ahora hay como cuatro. Los pozos los hacen con una excavadora chiquita, no con palas. Para que te des una idea, cuando entierran a uno con Covid no viene ningún familiar, los traen directamente en una ambulancia y vienen envueltos como en un celofán. Es muy triste...”. El hombre no oculta cierto temor: “Tengo hijos y nietos y si bien cumplo con los protocolos que dijo el gobierno, me da miedo no saber si la expansión del virus puede llegar desde el cementerio hasta acá”.

Para el resto de los entierros se hace lo que se llama “la limpia”. Es decir, aquellas tumbas que están abandonadas desde hace mucho tiempo o en los nichos donde no se paga el canon, se avisa a los familiares. Si no responden, se levantan los restos y se reducen. Y ese espacio queda libre para un nuevo ocupante.
En el protocolo para las inhumaciones generales que dispuso el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires se estableció el cierre del acceso para los visitantes al cementerio, la suspensión de los cortejos y responsos, que sólo una persona puede acompañar el momento de la inhumación, no hay ceremonias previas, el coche fúnebre ingresa al cementerio y va directamente al lugar de inhumación o cremación, los familiares del fallecido deben usar barbijos y guantes, y el personal del cementerio, además de esos dos elementos de seguridad, una vestimenta higiénica.
En cuanto a la forma de inhumar a los cadáveres de personas fallecidas por Covid-19, si es depositado en tierra, se los coloca con ataúd y bolsa; en caso de ir a nicho, con ataúd, bolsa y aislamiento metálico; y si el destino es la cremación, se hace con el ataúd y la bolsa, sin retirar el cuerpo.
El GCBA, además, tiene un servicio social para personas sin recursos, por el que realiza el traslado y posterior inhumación o cremación de la persona fallecida, sin costo para los familiares. El destino final, en este caso, es la Chacarita.
Desde la oficina municipal aseguraron que “el cavado de tumbas es un procedimiento normal. Todos los cementerios de la ciudad de Buenos Aires están en la media de muertos. Debemos pensar que la tasa de fallecimientos en la ciudad se mantiene estable desde 2017 y no se registran incrementos por Covid-19”. En efecto, entre ese año y 2020, la cifra de muertes se mantiene estable. La única excepción es el mes de junio de 2017: hubo mil fallecidos más.

El cuadro de muertes en la Ciudad de Buenos Aires indica que en marzo de 2017 hubo 3.477, en abril de ese año 3.411, en mayo 4.057 y en junio 4.789. En 2018 hubo 3.262, 3.108, 3.422 y 3.881 respectivamente. Al siguiente año, para esos cuatro meses, se produjeron 3.197, 2.114, 3.340 y 3.770 decesos. Y en este 2020 hubo 3.155 muertos en marzo, 3.254 en abril, 3.365 en mayo y 3.742 en junio.
La capacidad instalada en los cementerios de Chacarita y Flores es de 8.222 espacios. El primero de ellos tiene 6.600 (2600 en tierra y 4000 en nicho). El segundo, 2.222 (1858 en tierra y 364 en nicho). El único servicio de cremación se hace en Chacarita, que dispone de 18 hornos.

La creación del cementerio de la Chacarita tuvo lugar en 1871, durante la crisis sanitaria por la fiebre amarilla. Entonces, a la mayoría de los muertos se los llevaba al Cementerio del Sud, donde hoy se encuentra el Parque Ameghino, en Parque Patricios. Allí, antiguamente, estaba la quinta de la familia Escalada, y fue donde falleció Remedios, la esposa de San Martín. Al llegar a la cifra de 10.044 muertos por fiebre amarilla, colapsó.
El 14 de abril de ese año abrió el flamante camposanto de la Chacarita, que en la actualidad ocupa 95 hectáreas. Su primer inhumado fue un albañil llamado Manuel Rodríguez. Mientras duró la epidemia de fiebre amarilla, los féretros esperaban su turno en la puerta del cementerio. Podían estar allí hasta hasta una semana.

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