
“Si es necesario renuncio a mis cargos, a mis obligaciones y a mi país, pero no puedo vivir sin ella”.
Sonaba a las heroicas palabras de un héroe romántico, no a las de un monstruo…
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Sin embargo, a puertas cerradas se libraba una batalla entre el monstruo mayor, Adolf Hitler, y su segundo, Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda nazi y autor de crímenes más allá de lo humano…
Peleaban por una mujer, la estrella de cine checo Lida Baarová, llamada “la más bella de Europa”.
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Corría 1934. Faltaba apenas un lustro para la invasión de Polonia y el primer acto de la mayor tragedia del siglo XX.
Pero Lida vivía en otro mundo, y aun más cuando la llamaron de los estudio Babelsbere, en el corazón de Alemania: en ese momento, el cine más potente de Europa.
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No fue necesario que bajara de su pequeño auto: la esperaban con un plateado Mercedes Benz prototipo, y todo el estudio la aclamó: el mundo era suyo…
Pero al otro día recibió una invitación (orden) para tomar el té, a solas, con el führer.
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El gran asesino la recibió en un pequeño y lujoso salón.
–Nos complace que haya elegido el cine alemán. Sé muy bien que en su país es una gran estrella, pero también puede ser una gran estrella alemana. Le aconsejo cambiar de nacionalidad.
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Esto, mientras la auscultaba como un entomólogo a un extraño insecto.
–Pero mis padres son judíos checos, y húngaros…
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Fin de la reunión. Lida selló su sentencia de muerte.

Sin embargo, los dos años siguientes fueron de vino y rosas. Fue pareja de Gustav Fröhlich, su ídolo desde la adolescencia, y se mudaron a una mansión muy cercana a la de Goebbels, el zar –entre otras cosas– del cine, y un mujeriego célebre: cada noche podía elegir entre actrices, maquilladoras, vestuaristas, con la facilidad de un cazador en un zoológico o un pescador en un acuario. Privilegio del poder, porque era un hombre pequeño, común, y con una notoria deformidad en uno de sus pies que poco o nada ocultaba la prótesis especial urdida para ocultar su renguera.
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Sin embargo, Lida y él se enamoraron al rojo vivo. Inseparables…
En aquella reunión con Hitler, Joseph argumentó:
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–Mi führer, usted me ha dicho que su matrimonio con Eva no anda bien, y el mío con Magda tampoco. ¿Por qué no nos divorciamos?
Los bramidos de Hitler se oyeron hasta en la calle:
–¡Está loco o enfermo! Eva y yo somos el ejemplo de la familia de la nueva Alemania. La herencia de nuestros antepasados, de nuestros dioses germánicos. Todo sigue como está…
Desde luego, Goebbles obedeció como perro amaestrado. Por teléfono, le dijo a Lida:
–No podemos seguir. Esto se terminó.
Empezaba el negro y último capítulo.

Antes de una hora, Ludmila Babklová (tal su verdadero nombre) debía abandonar el Imperio Alemán en un pequeño Packard. Ya no estaba el Mercedes Benz de su luminosa llegada. Fue a los estudios Babelberg a despedirse de sus compañeros, pero todos le dieron la espalda. En el triste viaje de vuelta se arrepintió de su soberbia: un productor de cine viajó a Berlín con un contrato digno del rey Midas y la esperó hasta última hora al pie de su avión particular (su tabla de salvación), pero Lida ni siquiera fue darle las gracias…
Acaso la más bella de Europa, pero no la más lúcida, porque había visto las primeras tropelías de los grupos de asalto de las juventudes hitlerianas, pero se imaginó intocable.
Después de la guerra y ya en Praga, fue apresada por una patrulla aliada, encerrada en una cárcel gris y desangelada, extraditada a Checoeslovaquia, y allí condenada a muerte por colaboracionista del nazismo.
Ya casi frente a las ocho bocas de los fusiles, la salvó el agente teatral Jan Kopeckí, se casó con ella, formaron un grupo de titiriteros, y así recorrieron Austria, Argentina y España, muy lejos de las luminarias que la envolvieron en luz en sus años de la Alemania nazi…
Lo demás fue lo de menos. Apareció en roles secundarios, y murió sola, al ritmo suicida de ochenta cigarrillos por día y enferma de Mal de Parkinson, a los 86 años, en Salzburgo, sin volver a las calles checas empedradas de piedras negras, y acaso sin olvidar los dos años felices que pasó con Joseph Goebbels (del 36 al 38), que no tuvo mejor final: se suicidó en el patético bunker de Hitler con Magda, que envenenó a sus hijos “para que no se críen en manos enemigas”, como dejó escrito.
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