
Petiso, tieso como un enano de jardín, de piel oscura, en posición militar de ¡firmes!, y a pesar de su vocación, no se atrevió a entrar en el departamento central, cuya recepción estaba custodiada por un oficial veterano, negro también, y por un novato blanco que, con un gesto, lo invitaron a cruzar el umbral, acaso para ver de cerca su enorme peinado afro, muy similar a los alienígenas creados para su desopilante film Marte Ataca creados por el genio de Tim Burton.
Identificación: era Ron David Stallworth, nativo de Chicago (junio de 1953) y criado en Texas “para alejarme de las pandillas y de la pobreza”.
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Lo que omitió, por discreción, fue su título de “el más popular” de los alumnos del Austin High School…
Ese fue su primer día en la jefatura de Colorado Springs, Colorado, base Este de las montañas rocallosas. Un paraíso de trescientas mil almas y seis millones de turistas año tras año.
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–¿Qué quiere?- Le preguntaron.
–Ser policía, como ustedes.
Y entró como cadete. No con pocas penurias: los polis blancos jamás lo llamaban por su nombre:
–Simio, traé la carpeta número tal... Mono, ya que bajaste del árbol, hacé café para todos. Etcétera…
Ron, ni una palabra, ni una queja, eficacia pura. Hasta que una noche, ante sus jefes, reveló la gran verdad.
–Estoy harto de traer y llevar papeles. Quiero entrar en la sección Inteligencia para infiltrarme en el Ku-Klux Klan…
Ni el más locuaz de los uniformados fue capaz de romper el silencio: quedaron atónitos. Pensaron –no sin razón–, que un negro a cara descubierta entre los asesinos racistas disfrazados con capuchas y togas, listos para colgar negros de los árboles, o desollarlos vivos, o incendiar sus míseras viviendas de las plantaciones donde vivían su dolorosa esclavitud.
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Banda no sólo numerosa: tentacular. Casi no había rincón, en el vasto sur, con su Gran Dragón y su organización jerárquica no sólo contra la negritud: también contra los judíos y todo aquel que no profesara el cristianismo…
Por cierto, también el celestial Colorado Springs se reunían en secreto e incendiaban cruces al mando de un tal David Duque, Gran Mago del Klan.
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Mientras sus compañeros lo tildaban de loco o suicida, y coronaban sus burlas despeinando su insólito peinado afro, el murmuraba:
–Tengo un plan. Pero no quiero que nadie lo sepa. Aquí también hay racistas, y de los peores…
Sólo esperaba una oportunidad, y llegó. Una mañana rutinaria leyó un aviso en un periódico local: “Se buscan miembros para fortalecer el Klan en Colorado Springs”, y un teléfono.
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Ron llamó al rato y se presentó con ira: “Odio a los negros, a los judíos, a los mexicanos, a los asiáticos, y quiero unirme a ustedes para acabar con esa lacra. Espero órdenes”.

El hombre que lo atendió y luego lo citó “para conocernos cara a cara” deslizó que era un soldado del Fuerte Carson, muy cercano –en el auge del Klan militaban muchos miembros de éstos asesinos–, y de poco sutil oído: no advirtió el acento y ciertos giros muy comunes entre los negros.
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Ron puso en marcha la segunda parte del plan: puesto que no debía delatar su color –segura sentencia de muerte–, envió a las reuniones, durante casi un año, a un Caballo de Troya, un topo, un Stallworth blanco de toda blancura. A un amigo del que nadie conocía su nombre (sólo se llamó Chuck), policía que había trabajado encubierto en la lucha contra las drogas…
Así, en algo menos de un año, la policía local y algunos agentes especiales del FBI desbarataron un operativo del Klan, que acabó con sus jefes detenidos y apenas logró que una mujer obesa y nada joven arrojara una bomba casera en un auto sin conductor ni pasajeros.
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En ese largo ir y venir, Ron se permitió una suprema ironía: se quejó ante el Gran Dragón:
–A pesar de mis servicios, no tengo la membresía del Klan…
Y el Súper Jefazo, después de pedirle perdón (¡!), se la mandó por correo.
Ron la enmarcó, y el premio estuvo colgado en su oficina durante cinco años.

Y no fue la única boutade. Cierto día, un jefe del Klan le pidió a la policía que le mandara un custodio más que lo protegiera “durante un acto peligroso”, y el negro Ron David Stallworth… ¡ocupó ese puesto!, a pesar del disgusto de Míster Klan. Burla que se repitió cuando, en un veloz movimiento, el infiltrado se puso al lado del enemigo, lo abrazó por los hombros, y esa foto imposible fue posible para encanto de los reporteros gráficos, y para siempre en los implacable archivos que tan pocos resisten…
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Retirado, Ron escribió la historia en el 2014 el libro que títuló Negro, Racismo, Odio, y la Investigación que Justifica mi Vida.
Sí: el mismo hombre de peinado afro que a los 21 años no se atrevía a entrar en el Departamento de Policía de Colorado Springs, y que soportó sin quejas que algunos de sus jefes blancos lo llamaran “El simio”.
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