
Cuando la ambulancia tocó el timbre de su casa, Sofía Gardella (31) fue hasta la puerta agarrándose de las paredes. “No tenía fuerza ni para caminar”, describe la joven en charla con Infobae. Esa noche se acostó más temprano de lo habitual. Había pasado por la guardia del Hospital Pirovano donde, después de un análisis de sangre y varias horas de espera, le aseguraron que no tenía coronavirus. Pero jamás le advirtieron que podía tener dengue. El alivio le duró poco. Durante la madrugada, se despertó con una puntada en el estómago que la expulsó hasta el baño. “Tenía una descompostura atroz y no paraba de vomitar”, repasa. Fue en ese contexto que llamó a la ambulancia.
Los primeros síntomas y la confusión
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Del barrio de Saavedra, Capital Federal, Sofía es bailarina de tango y vive en una casa con jardín junto a su perra y sus dos gatos. Los primeros días de abril –cuenta– comenzó a sentir malestar en el cuerpo y llegó a tener 40° de fiebre. Asustada, en medio del contexto de la pandemia, sabía que no podía tomar ibuprofeno (según la OMS puede ser “un factor agravante” en las infecciones por coronavirus), entonces probó con paracetamol. Como la temperatura no disminuyó, decidió llamar al 107 para descartar que el suyo fuera un caso sospechoso de COVID-19.
“Me preguntaron si tenía tos, dolor de garganta o dificultad para respirar. Contesté que no y, como tampoco había viajado al exterior, ni había estado en contacto con personas que lo hubieran hecho, me dijeron que no me preocupara. Del dengue, en cambio, no me mencionaron ni una palabra”, sostiene.
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Al día siguiente, cuando fue al baño, Sofía notó un sangrado en su orina que, en un principio, le atribuyó a un posible adelanto de su ciclo menstrual. Confinada en su domicilio, con miedo a salir de su casa, decidió consultar por teléfono con una médica ginecóloga, amiga de su mamá. La mujer le dijo que podía tratarse de una infección pélvica, aunque no descartaba un posible caso de dengue.

Como la fiebre no le bajaba y el sangrado persistía, Sofía decidió ir a la guardia de la Clínica Adventista de Belgrano, donde le sugirieron que se hiciera una ecografía para asegurarse de no tener una infección en la pelvis. “Me comuniqué con el Centro Rossi para pedir un turno. Me preguntaron qué síntomas tenía y, cuando les comenté que tenía fiebre, me contestaron que por protocolo no podían recibirme”, cuenta la joven que, entre una cosa y otra, llevaba cuatro días sin un diagnóstico certero.
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Desesperada, un día más tarde, se presentó en la guardia del Hospital Pirovano. “Me mandaron al salón de los febriles, donde había otras cuatro personas. Lo único que pensaba era: ‘Si no tengo dengue, de acá me voy con COVID-19’”, cuenta Sofía. Al final, le sacaron sangre y cinco horas después le dieron el resultado. “Me dijeron que tenía bajas las plaquetas y los leucocitos, pero que me quedara tranquila que no era coronavirus. Así como estaba, me mandaron a mi casa. Si me hubiera revisado un infectólogo, la situación hubiese sido diferente”, sostiene.
Esa misma noche, comenzó con una picazón en las palmas de las manos que, en pocas horas, se trasladó al resto del cuerpo: brazos, panza, espalda y piernas. Después vinieron los retorcijones en el estómago y los vómitos, que la obligaron a la llamar de urgencia a la ambulancia.
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El diagnóstico
Cuando llegó al Sanatorio de La Trinidad, le diagnosticaron dengue grave (N. de la R.: a diferencia del dengue clásico, se manifiesta con dolor abdominal intenso, vómitos constantes y sangrado de encías, nariz o en orina) y le explicaron que iba a necesitar una transfusión de sangre porque tenía muy bajas las plaquetas. “Para ese momento ya no tenía fiebre, pero sentía que el cuerpo me quemaba. La picazón era como una especie de fuego que venía desde la sangre”, recuerda.
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Al dolor físico y el “rash cutáneo” (así se llama a la erupción que provoca la picadura de dengue), se le sumó una cuota de angustia. “Estaba sola en la clínica, no podía recibir visitas y todo el contexto del hospital me daba miedo. Los médicos venían a atenderme todos tapados porque podían ser portadores asintomáticos de coronavirus. Como si fuera poco, se me hincharon las manos y los tobillos: no tenía ni fuerza para abrir una botella de agua. En un momento pensé que no iba a poder bailar nunca más”, cuenta Sofía. Hace una pausa y agrega: “Ahí entendí por qué al dengue le dicen la fiebre rompehuesos”.


El dengue es una enfermedad viral que se transmite sólo a través de un mosquito (el Aedes Aegypti) que, luego de picar a un enfermo, se infecta y lo transmite a otra persona. "Se trata de un mosquito de hábito domiciliario y peridomiciliario. Esto significa que se cría en los hogares y no vuela a más de 50 metros a la redonda. Por eso, cuando hay una persona con dengue, suele aparecer otra que vive cerca”, explica a Infobae Gabriel Battistella, subsecretario de Atención Primaria, Ambulatoria y Comunitaria.
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Según los datos del último Boletín Epidemiológico Semanal (BES) del Ministerio de Salud porteño, en lo que va del año se confirmaron 5.909 casos de dengue en la ciudad de Buenos Aires. Los grupos de edad más perjudicados son de 15 a 24 años y de 25 a 34. Las comunas donde se registró una mayor incidencia son 7 (Flores y Parque Chacabuco), 8 (Villa Soldati, Villa Lugano y Villa Riachuelo) y 4 (Barracas, La Boca, Nueva Pompeya y Parque Patricios). En la comuna 12 (Coghlan, Saavedra, Villa Urquiza y Villa Pueyrredón), donde vive Sofía, desde que comenzó el 2020, se confirmaron 290 casos de dengue. Según su testimonio, ella no tiene registro de cuándo le pudo haber picado el mosquito, porque como tiene jardín, usaba repelente y espirales.

Dengue vs. COVID-19
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De acuerdo con Battistella, el pico de dengue en la ciudad de Buenos Aires fue en 2016. Desde entonces, las autoridades de la cartera sanitaria porteña trabajan para prevenir y concientizar a la sociedad. “Si bien es lógico que en estos días haya sugestión con respecto al coronavirus, el diagnóstico más común en CABA es el dengue”, especifica el subsecretario de Atención Primaria, Ambulatoria y Comunitaria.
Las cifras sostienen sus argumentos: desde el 2 de marzo (fecha en que se detectó el primer caso de coronavirus en Capital) al 4 de mayo se confirmaron 1.347 casos de COVID-19 en la ciudad de Buenos Aires. Los casos de dengue, en cambio, cuadruplican esa cifra y suman 5.909.
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Consultado acerca de las fumigaciones, Battistella explica que solo sirven durante los horarios en que circula el mosquito: a primera hora del día y al final de la tarde. Por otro lado, asegura, lo único que hacen es matar al mosquito adulto, cuando el verdadero problema son todos los huevos y larvas que se encuentran en los criaderos.
“El objetivo es aprender a buscarlos y eliminarlos. Hay que tomarse cinco minutos al día para recorrer la casa y, si es después de un día de lluvia, mejor. ¿Por qué? Por que es muy poca la cantidad de agua que se necesita para que se coloquen los huevos. Hay que chequear desde los platos que se ponen debajo de una maceta, pasando por un balde que queda olvidado en el balcón, hasta en un recipiente de pintura”, recomienda Battistella.

Después de ocho días de internación, finalmente, a Sofía le dieron el alta. “A partir de ahora te va a cambiar la vida. Así como llevás un perfume en la cartera, ahora vas a tener que agregar un repelente”, le dijo una de las médicas. Sofía dice que no quiere vivir sugestionada, pero la realidad es que lo primero que hizo al regresar a su casa fue poner mosquiteros en todas las ventanas. “Lo que me pasó a mí, no se lo deseo a nadie. Espero que pronto encuentren una vacuna”, dice.
Según Battistella, actualmente estamos transitando la semana número 18 del año y, para esta fecha, los casos de dengue suelen disminuir debido al frío. “En invierno se da una baja de la población de los mosquitos adultos, pero los huevos persisten en los recipientes olvidados y pueden sobrevivir durante varios meses. La clave es tenerlo presente y continuar con las tareas de prevención y de descacharrado", concluye.
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