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Más porno en cuarentena, los mismos mandatos de masculinidad: ¿qué le enseña la pornografía a los varones?

Sexo virtual, compra de vibradores, suelta de contenidos XXX premium y hasta un 30% más de visualizaciones hot se enumeran entre otros “efectos colaterales” del aislamiento por el coronavirus. El porno tradicional impuso roles y cuerpos de mujeres que el “porno feminista” intenta modificar. Sin embargo, sigue siendo “la escuela” sobre sexualidad para los varones: ¿cómo aparecen los cuerpos de ellos? ¿qué mandatos de masculinidad se sostienen? ¿cuánto formatean sus experiencias sexuales?

porno y hombres
Pornhub, el sitio pornográfico más visitado del mundo, liberó el acceso a su contenido premium. Solo 48 horas después registró un 24,4% más de visualizaciones hot, sin distinción de sexos (BROKER/Shutterstock)
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La expansión atropellada de la Covid-19 puso el foco en el control de los cuerpos. Sin vacunas, son los cuerpos los que deben retirarse, encerrarse. Los que deben evitar tocarse, reunirse. Cuerpos con máscaras, con guantes, que teletrabajan y mantienen distancias como medidas de inmunización social. Sin embargo, la reclusión favoreció a la vez una excepcional circulación virtual de los cuerpos. Sexting, nudes, suelta de contenidos XXX premium y hasta un 30% más de visualizaciones hot se enumeran entre otros “efectos” mundiales del coronavirus. Pero ¿cómo son esos cuerpos que circulan por la nube? ¿Cuánto en realidad nos “liberan” en tiempos de pandemia los modelos erógenos que consumimos?

John Holmes "35 centímetros”, Rocco Siffredi, Peter North “El lechero”, Jordi “El niño polla” son algunos rockstar de la pornografía mainstream, el campo educativo por excelencia que reduce las prácticas sexuales a la representación de rostros y genitales femeninos a disposición de un pene enorme y erecto que tiene como único objetivo eyacular.

“Mi primer contacto con el porno fueron las revistas. Antes no había internet. Me compré la primera revista en séptimo grado. En esa época eran los mismos cuerpos que se ven ahora, pero en fotos. Yo interpretaba que lo que pasaba en el porno era lo que tenía que pasar en la vida real, por eso viví como una presión que siempre se me tenía que parar, sobre todo en las primeras salidas o con chicas ocasionales. Con el tiempo me di cuenta de que la sensualidad pasaba por otro lado, pero lo tuve que ir aprendiendo”. Martín tiene 39 años, un bebé de casi 10 meses y una esposa feminista que lo invita a excitarse con materiales alternativos a los clásicos.

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“El discurso coitocentrista se erige sobre un tótem, el falo", explica la antropóloga Agustina Kupsch.

“El discurso coitocentrista y materialista del porno se erige sobre un tótem, el falo. Si este falo no es lo suficientemente grande, firme, y funciona bajo todas las circunstancias el mito de la masculinidad se cae. Aquellos hombres que no encajan con el modelo falocéntrico quedan por fuera de la norma, excluidos y cuestionados en su virilidad”, explica a Infobae la antropóloga e investigadora Agustina Kupsch, representante de Panóptico de género.

Kupsch asegura que la pornografía es perjudicial para ellos también, aunque aparente consolidarse en atención a sus orgasmos: “Por un lado el proceso de socialización masculina, en nuestra cultura, está profundamente arraigado en el silencio. En general los hombres sienten que no pueden hablar sobre cómo se sienten. Por otra parte, el porno tradicional muestra a la mujer/objeto al servicio del placer masculino, y se expresa a través de distintas formas de violencia como prácticas cotidianas de lo erótico. Esa supresión de lo emocional y las formas de violencia y sumisión de la mujer como objeto erotizante producen en el individuo masculinizado la búsqueda constante por tratar de ‘estar a la altura’, de ser ‘lo suficientemente hombre’, asociando estas construcciones con un rendimiento sexual sin fin y violento, que al final genera frustración, conflictos y dudas sobre la propia masculinidad”.

Como trabajo de investigación, en Panóptico de Género realizaron una etnografía digital para analizar cuánto interpelan a los varones cis-heterosexuales los contenidos pornográficos a la hora de tener sexo con otra persona. Los resultados, aunque parciales, fueron abrumadores.

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Kupsch asegura que la pornografía es perjudicial para ellos también, aunque aparente consolidarse en atención a sus orgasmos (Shutterstock)

Así lo compartió M.: “Crecí con el porno como ‘educación sexual’ ya que mis viejos nunca supieron cómo tocar el tema. Para mí lo normal era que se me parara, coger fuerte y acabar. En el medio, si se me bajaba o no llegaba era porque algo malo me pasaba. Eso hacía que mi cabeza pensara más en que algo andaba mal y no pudiera disfrutar del sexo”.

Por su parte, N. contó que cuando era chico creía que su pene “no era normal” por la comparación con los videos triple equis: “Yo creía que tenía un problema, y pasaron varios años hasta que pude hablarlo con alguien que me ayudó a encontrar el espacio que necesitaba para exteriorizar esa angustia, para no sentir que era menos hombre”.

Figuritas repetidas

El artículo "¿Educando en igualdad?” del primer número de la revista Journal of Feminist, Gender and Women Studies (Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la Universidad Autónoma de Madrid) se ocupó de señalar características de las 20 películas más vistas en 2014 desde Pornhub y Xvideos -dos de los portales más utilizados en España-. El objetivo fue evaluar cómo y hasta qué punto debería ser una industria regulada teniendo en cuenta su impacto en la educación sexual de los y las jóvenes.

Una escena de un rodaje de Erika Lust, la reina del "porno feminista", donde los hombres siguen teniendo los mismos cuerpos.
Una escena de un rodaje de Erika Lust, la reina del "porno feminista", donde los hombres siguen teniendo los mismos cuerpos.

Entre las muchas conclusiones surgió que los cuerpos de los hombres aparecen fragmentados, deteniéndose casi exclusivamente en el pene, y que entran en escena siempre erectos representando extremo vigor. Más aún en situaciones de orgías, en las que se muestran penetrando a varias mujeres sucesivamente. Según las autoras Elena del Barrio Álvarez y Eva Garrosa: “Para que no se derrumbe el rol de macho es importante que un actor de películas heterosexuales no protagonice filmes con travestis ni con otros hombres (…) Y en escenas donde dos hombres tienen sexo con una mujer es fundamental que en ningún momento los dos penes se toquen, ni que se vea contacto entre ambos hombres”.

El estudio encontró además que la menstruación, el vello femenino y el pene flácido son aspectos tabúes en la sociedad que la pornografía tampoco se propuso naturalizar, en pos de mantener los estereotipos de feminidad y masculinidad hegemónicos.

“Creo que a los varones adolescentes y jóvenes les genera mucha ansiedad ver penes de gran tamaño. Se comparan y entienden que los movimientos para que una mujer obtenga placer son esos. Aparte está la cultura del vestuario, ahí ven a otros desnudos y vuelven a comparar. Pero es el porno el que crea una idea de máxima en todo: en la cantidad de orgasmos, de gemidos, de acrobacias y de tamaños de penes. Los varones construyen su capital erótico y el tamaño importa, lo mismo que la depilación y el gimnasio. Por eso entrenan mucho, toman anabólicos… quieren tener lomo para gustarles a las mujeres. Y si eso se sostiene en los varones cis-heterosexuales es porque les debe dar resultado. A algunas mujeres les gustan esos cuerpos sino la experiencia les habría dicho que no era tan importante”, interpreta Karina Felitti, investigadora del Conicet, en diálogo con Infobae.

Otros pornos… ¿otros cuerpos?

La sexualidad humana incluye el repertorio de poses que ponemos en práctica en nuestras camas, pero también da cuenta de las demarcaciones culturales que la significan y la hacen posible. Es decir, es resultado de un proceso evolutivo que se manifiesta en el plano individual pero que puede ser abordado de manera colectiva como expresión de una cultura determinada. Así las cosas, la pornografía se presenta como el gran dispositivo divulgador.

Otra escena de un filme de "porno feminista" centrada en la penetración.
Otra escena de un filme de "porno feminista" centrada en la penetración.

En los últimos años, proyectos porno transfeministas, queer, posporno, éticos y autogestivos fueron tomando cada vez más protagonismo. Narrativas, estéticas y expresiones diversas. Más tensión antes del sexo, menos ajetreos desaforados. Apuestas por otras formas de consumo, de producción y hasta de trabajo. Construcciones que abren el juego a los géneros, que habilitan el pase de objetos a sujetos de deseo, que animan goces y roces.

Pero no todo lo que brilla es oro, ni todo lo que está por fuera de lo convencional rompe. Desde Nápoles, donde pasa la cuarentena con su novio italiano, Natalia hace un balance de sus exploraciones: “Aunque zapees, en todos los pornos los hombres tienen un pene grande. La mayoría, además, están depilados y muestran una belleza estereotípica. Las mujeres no. Se ven mujeres esqueléticas, rellenitas, negras, asiáticas, blancas, caderonas, chongas. Ojo, no hay pelos pero sí alguna variedad, cuerpos más reales. En cambio, los tipos son iguales: con un miembro enorme, flacos, tonificados, depilados. No lo siento real. Y me pasa entonces que me termino calentando con el porno entre mujeres porque me interpela, esa mujer podría ser yo”.

De este lado del océano, Felitti recoge el guante y profundiza sobre algunas reflexiones vacantes: “Habría que preguntar a las mujeres qué cuerpos de varones quieren ver en el porno, porque hasta el momento parece que el interés de ciertos contenidos alternativos estuvo en mostrar otros cuerpos de mujeres. Me pregunto, por ejemplo, cuántas mujeres consumen pornografía casera, porque ahí sí se ven cuerpos por fuera de las nociones de belleza hegemónica. Aventuro que pocas".

Pensar los cuerpos en imágenes y en las implicancias sociales, culturales, políticas, subjetivas e identitarias de nuestro vínculo con esos cuerpos en imágenes. La inmediatez sensual que nos provoca lo que vemos.

“Siempre me gustó la pornografía pero faltan cuerpos reales. Faltan las miles de variantes que nos cruzamos en la calle por ejemplo. Pero reconozco que me choca cuando veo cuerpos extremadamente anti-hegemónicos. No necesito un modelo, pero busco que me resulte atractivo a la vista. Sé que es mi cabeza estructurada y que es cuestión de acostumbrarse y creo que está fantástico hacer el ejercicio”. La que cuenta y se revisa es Julia, mientras intenta convencerse de que el aislamiento social y preventivo puede ser una buena ocasión para reencontrarse consigo y con su pareja después del segundo parto.

Miradas que no dependen de los ojos sino de todo un universo simbólico. Visibilidades que al construirse en fórmulas repetidas, se multiplican y esconden. Replantearnos lo posible es una posibilidad, también en el porno. Resetear nuestros placeres y poner en práctica otra pedagogía de las imágenes que consumimos, de los cuerpos que deseamos. Esos cuerpos que nos generan goces personales y, por lo tanto, políticos. Hacer de nuestras camas barricadas colectivas contra una sexualidad formateada que nos ahoga. El desafío está planteado. Tenemos tarea.

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