23,7 millones de personas viven en una isla a 130 kilómetros del continente asiático (REUTERS/Tyrone Siu/File Photo)
23,7 millones de personas viven en una isla a 130 kilómetros del continente asiático (REUTERS/Tyrone Siu/File Photo)

Ciudad de Taipéi, mediodía del lunes. Mientras termino de leer en el Taipei Times las notas sobre los incidentes en Hong Kong, en la tele transmiten el noticiero. No entiendo nada, pero la imagen es llamativa: un portaaviones pasea su armamento. El resto de los comensales del restaurant siguen inmersos en su mundo. Le pregunto a Martín –así prefirió llamarse en castellano la persona asignada por la cancillería taiwanesa para nuestra compañía– sobre qué estábamos viendo. Resulta que se trata de la armada China en el estrecho de Taiwán. Las fuerzas armadas de la isla enviaron sus aviones a monitorear, mientras que las fuerzas de los Estados Unidos y de Japón hicieron lo suyo, también. Los comensales seguían en otra. “En este momento tenés 800 misiles chinos apuntándonos, igual que anoche, igual que en el desayuno”, refiere Martín y finaliza con un “estamos acostumbrados”.

Taiwán cuenta con varios problemas internacionales. El conflicto con la China comunista es el mayor de todos, y escaló aún más desde que Donald Trump conversó con Tsai Ing-wen, la presidenta de Taiwán. De este modo, el mandatario de los Estados Unidos se convirtió en el primer presidente norteamericano en acercarse a Taiwán desde que Jimmy Carter cortara relaciones diplomáticas en beneficio de la China continental. El creciente conflicto comercial entre Trump y Xi Jinping hizo el resto.

Sin embargo, uno de los grandes inconvenientes con los que tiene que lidiar Taiwán es el desconocimiento que el resto del mundo tiene sobre ese país de 23,7 millones de habitantes en una isla a 130 kilómetros del continente asiático. Me bastó con ver los comentarios a mis publicaciones para darme cuenta de que pocos saben que Taiwán es y no es China. No la China comunista que todos conocemos, sino una República democrática. Sin embargo, no formar parte de la OCDE ni de la ONU a fuerza del lobby de sus primos continentales no impidió que este país alcance unas cifras increíbles.

Tsai Ing-wen, presidente de la República de China (Taiwán) (REUTERS/Tyrone Siu)
Tsai Ing-wen, presidente de la República de China (Taiwán) (REUTERS/Tyrone Siu)

Democracia estable, sistema republicano, alternancia en el poder, derechos humanos como política de Estado, igualdad de género, delincuencia inexistente, 1.5% de pobreza, pleno empleo y un PBI que es la envidia de varios, son ingredientes de un mismo plato al que todos deberían mirar, al menos para tratar de saber cómo hicieron para sobrevivir a su propia historia.

La denominación oficial es República de China, a diferencia de sus pares continentales que decidieron denominarse República Popular China, algo que los opositores externos consideran un oxímoron: un régimen comunista corporativista que se denomina república y en el que popular es sinónimo de restricción a las libertades de prensa, de reunión, y de hasta una Internet libre.

Los orígenes de la República de China pueden remontarse a la revolución de Hsin-hai que puso fin a dos milenios de regímenes imperiales en el gigante asiático. Sin embargo, la Constitución Nacional creada y la intención del partido Kuomintang de convalidar el poder por las urnas se encontró con un pequeño escollo: el crecimiento del Partido Comunista Chino. Décadas de conflicto armado –que se vieron suspendidos por la invasión de Japón en 1937 y la Segunda Guerra Mundial después– desembocaron en el triunfo de los comunistas en 1949. Finalmente, el líder de la República de China mudó su gobierno hacia la ciudad de Taipéi, en Taiwán, donde habría de comenzar un país prácticamente de cero. A partir de allí, Taiwán consideraría al comunismo un gobierno ilegítimo y China calificaría a Taiwán como una provincia rebelde.

Caminar por las ciudades de Taiwán es una sorpresa para quien guste y conozca un poco de historia. La isla Formosa –tal como fue bautizada por los expedicionarios portugueses en el siglo XVI– tuvo asentamientos españoles y holandeses antes de ser habitada por los chinos, quienes convivieron siempre con los pueblos originarios, entre ellos los Thaos, quienes aún hacen gala de su bagaje cultural en el lago Sun Moon al sur de la isla. La propia ciudad capital –Taipéi– cuenta con un bagaje arquitectónico europeizado, pero antiguo, lo que demuestra que alguna vez fue colonia japonesa en el período en el que los nipones miraban a occidente. Rasgos de estos años pueden verse en la sede del Gobierno, una estructura victoriana.

Al ingresar al edificio un cartel que ya había visto por las calles un par de veces se hace presente: una logografía china acompañada de una leyenda en inglés: “Tell me what you see”. Dime qué ves.

El signo puede traducirse como
El signo puede traducirse como "poder para el pueblo"

Pregunté qué significaba esa bendita logografía y la explicación me dejo boquiabierto: la parte superior representa el poder, la inferior a los ciudadanos, por lo que el símbolo puede traducirse –y de hecho se traduce– como “poder para el pueblo”. La pregunta en inglés que lo acompaña dice el resto y resuena a un llamado de atención a los turistas del mundo que se acercan a esas tierras. Pero puntualmente pareciera un saludo a los hermanos continentales. Podés ver un gobierno abierto, podés ver una mujer en el poder, podés ver elecciones cada cuatro años, podés ver una economía pujante, podés ver el respeto a los derechos humanos, podés ver una tasa de pobreza escandinava, podés ver las más modernas tecnologías, podés ver fundaciones y reportes anuales sobre derechos humanos. Y si ves todo eso, podés ver que el Poder está en el pueblo y no en la élite burocrática. Democracia, que le dicen.

Dentro del propio palacio de gobierno hay una muestra alegórica a la historia del país. Si bien durante unos cuantos siglos formó parte de China –a excepción de la ocupación japonesa– y quedan rastros en algunas estructuras que datan de la dinastía Ming perfectamente cuidadas en medio de algunas avenidas, lo cierto es que el país comenzó su camino en 1949 con dos parámetros: lo temporario y lo permanente. Lo temporario porque nunca se renunció al poder en el continente y en la propia constitución obra ese mandato. Lo permanente porque había que construir un lugar sobre el que crecer. Estos dos puntos entrarían en colisión política décadas más tarde.

En medio de la muestra se observa un salón dedicado a las protestas que cambiaron el rumbo de Taiwán. Hasta 1991, el país vivió bajo un régimen autoritario sin elecciones libres. Las protestas y revueltas estudiantiles de fines de los años ochenta generaron los cambios que llevaron a la apertura democrática definitiva en 1991. Desde entonces, no sólo ha ocupado el poder el histórico Kuomintang, sino que han surgido fuerzas poderosas como el Partido Progresista Democrático, el cual se encuentra en la actualidad al mando de los destinos de la isla. Como otro llamado de atención a los vecinos de enfrente –sólo 160 kilómetros de un estrecho separan a la isla del continente– la muestra de las protestas no se detiene con la apertura democrática: sigue hasta las protestas de hace tan sólo unos años. Impensado en cualquier país.

Supervivencia Made in Taiwán

El “milagro” taiwanés merece el calificativo sobre la base de dos hechos concretos: el punto de partida y el trato que recibió del resto del mundo. Mientras en América hablamos de países en vías de desarrollo con más de 200 años de historia, en Taiwán el conteo debería hacerse desde 1949. Setenta años es nada en la historia de la humanidad. Por cuestiones diplomáticas, el gobierno de la República de China conservó su estatus internacional y, por ende, las cartas de representación ante las Naciones Unidas. Sin embargo, el lobby de la China comunista y su principal aliado, la Unión Soviética, llevó a que en 1971 las Naciones Unidas retiraran las credenciales de la República de China y se las entregaran a la República Popular China. Desde entonces, para marcar la diferencia, todos los llamamos Taiwán a secas, aunque para evitar indeseables errores ellos mismos firman como República de China Taiwán.

Tras esta vuelta de rostro internacional, el desarrollo económico se dio por propia cuenta. Para principios de los años ochenta, el Made in Taiwán ya era sinónimo de tecnología y fabricación polirrubro. Unos años después, puntualmente en 1985, un emprendimiento privado cambiaría la historia económica de Taiwán para siempre. Y la de todos nosotros, aunque no lo sepamos. El surgimiento de la Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) y las reformas económicas llegadas con la liberalización democrática pocos años después llevarían a una pequeña isla a estar en todos los hogares del planeta, primero, y en todos los bolsillos después. Y por todos me refiero a todos: son los fabricantes de los semiconductores que, integrados, conforman los microchips de todas las marcas de celulares, de todas las marcas de computadoras, de todos los televisores inteligentes y hasta de los comandos de las consolas de videojuegos. Sólo esta empresa representa casi el 10% del PBI anual de Taiwán.

(Shutterstock)
(Shutterstock)

Es allí donde puede encontrarse un pequeño botón de muestra que explique cómo es que en 30 años el salario promedio de un taiwanés se multiplicó por siete. Esa bandera la blanden con orgullo mirando al otro lado del estrecho, donde el famoso crecimiento a tasas chinas se dio en un marco económico en el que la brecha entre los más ricos y los más pobres no para de acrecentarse, y en el que si no se respetan los derechos humanos, lejos queda en las prioridades los derechos laborales.

Contrariamente a lo que uno podría sospechar, la economía de Taiwán tiene un 35% dedicado a la industria, y cerca de un 65% asignado a la provisión de servicios, por lo general vinculados a la tecnología. Y como la necesidad es superior a cualquier orgullo, uno de los principales compradores de las empresas taiwanesas es China.

Hoy Taiwán ocupa el puesto 16 a nivel mundial en exportaciones tecnológicas y el número uno en materia de semiconductores. Ocuparía el puesto 17 en el ranking de PBI per cápita de la ONU si la misma la reconociera. Ese puesto 17 equivale a cinco veces el PBI per cápita Argentino. En ese listado, China demuestra el problema de la economía concentrada y dirigista: su PBI per cápita lo ubica en el puesto 83 con menos de un quinto del índice taiwanés.

¿Billetera mata DD.HH.?

China continental dice sostener una política de “armonía y amistad” en la convivencia con el resto de los países. Parte de este principio para poder explicar el capitalismo externo que mantiene las bondades del comunismo interno. Sin embargo, dentro del proceso de flexibilización económica encarado hace un par de décadas, esta armonía desaparece cuando Taiwán entra en la discusión. Una prueba testigo puede verse por estos tiempos en Paraguay, único país de Sudamérica que conserva relaciones diplomáticas con Taiwán. Allí, los medios dan cuenta de que China está tentando a las autoridades con lo de siempre: negocios millonarios y promesas de inversiones astronómicas. A cambio, sólo piden una sola cosa: que rompan relaciones con Taiwán. En la Argentina no hizo falta que exigieran tanto, dado que no tenemos relaciones formales con Taiwán. Además cedimos a China por 50 años la soberanía de un territorio con fines “de exploración e investigación”. La misma excusa que brindaron a los diplomáticos internacionales para justificar el paseo del portaaviones por el estrecho de Taiwán.

La cuestión de los Derechos Humanos no es un dato menor. Más de una vez se ha cuestionado en el mundo los negocios llevados a cabo con países que no respetan estos principios fundamentales. Sin ir más lejos, en la Argentina se ha cuestionado al gobierno de Cristina Fernández por mantener relaciones fluidas, amistosas y comerciales con la Venezuela de Hugo Chávez, primero, y Nicolás Maduro después; así como también con la Libia de Khadaffi, la Rusia de Putin –en plena mala racha de opositores que morían accidentalmente intoxicados– y hasta con la teocracia iraní. Sin embargo, a la hora de hablar de China todos fantasean con el negocio, sin importar el color partidario.

No hace falta caer en el dato histórico de las matanza de Mao, primero porque queda lejano en el tiempo y segundo porque alguno puede considerar un golpe bajo innecesario recordar que gobierna China el mismo partido político y que Mao es el señor omnipresente a pesar de llevar muertos algunas décadas. En la actualidad, mientras todos se mueren por cerrar un acuerdo con China, en la tierra prometida de la venta de commodities no existe la libertad de prensa. Puede parecer un lujo que podríamos pasar por alto, más ahora que está de moda insultar periodistas, pero tampoco existe el respeto por otros derechos un tanto difíciles de justificar.

Mientras me encontraba en Taiwán se dio a conocer un informe documentado de algo que se sospechaba desde hacía un tiempo. Un consorcio de medios periodísticos del mundo, con el New York Times a la cabeza, publicó las pruebas que demuestran la existencia de campos de concentración en China en contra de la etnia uigur, una minoría musulmana. Los chinos no le llaman campos de concentración: prefieren denominarlos “centros de educación ideológica y entrenamiento profesional”. Obviamente, los uigures son los únicos que forman parte de esos campos. Y adivinaron: no entraron por voluntad propia y no existió ninguna sentencia judicial que los condene.

Prisioneros uigures con los ojos vendados y esposados siendo trasladados
Prisioneros uigures con los ojos vendados y esposados siendo trasladados

Si no se llamara “China”, la mera descripción de la práctica llevaría a que ningún país pusiera la brújula comercial en ese lugar. Pero primero el dinero. La dignidad humana, para los discursos políticos. Tiene cierta lógica, más si miramos desde América Latina. La bonanza económica de los primeros cinco lustros del siglo XXI tuvieron como principal factor –al menos para la Argentina– el boom sojero propiciado por el consumo desenfrenado de una China que priorizó la industrialización manufacturera por sobre la agropecuaria. ¿Cómo no mirarlos con cariño si la soja a 600 dólares se la debimos en gran parte al gigante asiático? En ese panorama, una violación permanente a los derechos humanos es un pecado que podía pasarse por alto mientras las economías latinoamericanas se reprimarizaban caminando de nuevo al extractivismo. De hecho, lo hicimos. De hecho, lo hacemos.

Como contracara, Taiwán, mucho más pequeña que la China comunista, invierte en los pocos países que no le dieron la espalda. Y lo hace a través de transferencia tecnológica e inversiones industriales. En nuestro continente, los únicos países que reciben inversiones taiwanesas son Honduras, Nicaragua, El Salvador, Guatemala y Paraguay. La Argentina, lejos de sumarse a un lugar al que también sería beneficioso exportar nuestra producción agropecuaria, pide visa a los taiwaneses que quieran cruzar el mundo para venir aunque sea a visitar parientes. Y es que en nuestro país tenemos una colectividad tan presente que al menos los porteños la conocemos de memoria, aunque no lo sepamos: el famoso Barrio Chino de Belgrano es, en realidad, taiwanés.

Hong Kong y más allá

La isla de Hong Kong –muchísimo más pequeña que Taiwán– fue reincorparada al territorio chino tras años de bandera británica que dejaron su huella: un sabor por los derechos individuales que difícilmente puedan borrarse. A raíz de esta innegable situación, el gobierno central de China decidió establecer la política de “un país, dos sistemas”. Algo que, con el paso del tiempo, quedó demostrado que es incompatible, en un mismo territorio no parecen poder convivir una corporación verticalista comunista y una ciudad capitalista de mercado y de mentalidad liberal.

Las protestas que a la Argentina llegan de a cuentagotas en Taiwán ocupan la primera plana de los matutinos y es un tema de conversación cotidiano. Y no en vano: con el traspaso de Hong Kong a China, quienes no quisieron formar parte del nuevo país –y pudieron– emigraron a Taiwán. Pero también hay otros intereses: la idea de mostrarle al mundo el accionar de China.

En la explanada del Taipei 101 –el monstruoso rascacielos icónico de Taiwán– hay un grupo de personas practicando Falun Gong pacíficamente. Todos los que pasamos caminando les sacamos fotos. Es inevitable; llama la atención. Al lado de ellos, una cartelera con pantalla incluida reza “Bienvenidos a Taipei”. La pantalla transmite las violentas represiones en Hong Kong. Tienen un subtítulo en mandarín y otro en inglés. Al pie, una sola frase: “No se rindan”.

Taipei 101, el icónico rascacielos de Taiwán (Shutterstock)
Taipei 101, el icónico rascacielos de Taiwán (Shutterstock)

Como quien no quiere la cosa, un acompañante me comenta que el Falun Gong está prohibido en el continente y quienes lo practican en público terminan presos, en el mejor de los casos, o en psiquiátricos. Resulta que es una forma de protesta que fue muy popular contra el régimen comunista. “¿Y por qué lo están practicando aquí?” Pregunto retóricamente. “Por lo mismo que acabás de hacer vos: los filman, les sacan fotos y el mundo conoce de sus protestas”.

Li-Jane Lee, viceministra del Consejo de Asuntos Exteriores de Taiwán, sostuvo en diálogo con este medio que “la gente no quiere hoy la unificación con el continente”. En ese sentido, la situación en Hong Kong “demuestra los efectos” de las políticas chinas. Para finalizar, sostuvo que “la libertad y los derechos humanos no son negociables” para los taiwaneses.

El mundo es China, donde el acceso a internet está restringido. De hecho, uno de los grandes cuestionamientos que se le hicieron a Google –allá lejos y olvidado– fue haber cedido a las autoridades chinas y tener un buscador mucho más filtrado que el del resto del mundo. ¿Twitter? Impensado. Y sólo hablamos de un pedacito de todo lo que puede encontrarse en las 362 páginas del Reporte de Derechos Humanos en China 2018 elaborado por la Fundación para la Democracia de Taiwán. Allí también alertan sobre la caída de los derechos laborales de la mano de la tensión económica, en algo que denominan “Agenda Laboral 996: 9 am a 9 pm 6 días a la semana”. En Taiwán, como en muchas partes, las jornadas laborales son de 40 horas de lunes a viernes.

Durante los días que estuve en Taiwán, una noticia sacudió aún más el panorama regional: la denuncia de un empleado del consulado británico en Hong Kong que afirmó haber sido privado ilegítimamente de su libertad y haber sido torturado. El impacto fue generalizado. El temor a una escalada internacional, también. Sin embargo, la situación ya es conflictiva desde hace años y afecta no solo a los taiwaneses, sino que mantiene a Japón, Malasia, Filipinas e Indonesia siempre al borde de la inestabilidad regional.

Volver o dar vuelta la página

La promesa que guió la masiva migración de 1949 nunca llegó a cumplirse: retomar el control de toda China pero bajo una República real. Desde que el Partido Progresista Democrático llegó al poder, el cambio de mentalidad fue aún mayor. Nacidos y criados en Taiwán, la migración es algo que a sus integrantes les fue transmitido por sus padres. Desde entonces flota en el aire una idea radical: modificar la Constitución y que Taiwán sea lo que hoy es, pero también en los papeles. Esta renuncia a la reconquista del continente, lejos de pacificar las cosas con los chinos, aumenta las tensiones. Al verlo como algo inevitable, los comunistas refuerzan su poder de lobby para evitar que ningún país del mundo reconozca a Taiwán.

Sin embargo, la prioridad de los taiwaneses no pareciera estar centrada en este espíritu histórico: según el último sondeo nacional, sólo el 10% considera necesaria la reunificación inmediata con el continente. El resto de la población pareciera sentirse cómoda viviendo en un país que no necesita siquiera formar parte de la ONU para tener un lugar en el mundo.

Por lo pronto, los taiwaneses continúan su vida en un país con un IVA del 5%, una moneda estable, una cobertura nacional de salud que alcanza al 99,7% de la población, tasa de desempleo irrisoria, trenes de alta velocidad, el mejor sistema de subterráneos, una inflación del 9% acumulada en una década –el equivalente a dos meses argentinos– con dos años de deflación incluidos. Lo que se dice un país no para tener en cuenta, sino para agradecer ser tenido en cuenta.

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