Héctor Valdivielso Sáez, con su hábito
Héctor Valdivielso Sáez, con su hábito

Siempre tuvo en sus pensamientos a la Argentina. Soñaba con volver a predicar a nuestro país o al Brasil. Nunca se olvidó de sus orígenes; si hasta los chicos con los que jugaba al fútbol en España le decían “el argentino”.

Héctor Valdivielso Sáez había nacido el 31 de octubre de 1910 en el barrio de Boedo, donde sus padres españoles se habían asentado. Sería por muy poco tiempo porque en 1914, decidieron regresar a su pueblo, Briviesca, en Burgos. Había sido bautizado en la Iglesia de San Nicolás de Bari, que sería demolida para dar paso a la Avenida 9 de Julio.

Sus hermanos eran José Alfredo, el mayor; también estaban Zulema y María Luisa, quien nacería en España; otro hermano, César Manuel, fallecería al nacer.

Fue al Colegio de las Hijas de la Caridad y luego a la Escuela de Briviesca. Con su hermano mayor, José, ingresó en 1922 a los Hermanos de las Escuelas Cristianas (más conocido como los Hermanos La Salle), en Bujedo y como quería era en el futuro misionar, fue a la casa misionera de Lembecq-lez-Hall, en Bélgica, a continuar su formación.

Esta congregación tiene 340 años de existencia. Según explicó a Infobae el Hermano Bruno Alpago “nosotros hacemos votos de pobreza, de castidad, de asociación para el servicio educativo a los pobres y de estabilidad, que supone la voluntad de permanecer en la congregación. No somos curas, no suministramos ningún sacramento. Para que la gente lo entienda, somos como las monjas”.

En 1926 Héctor recibió los hábitos y tomó el nombre de Benito de Jesús. La costumbre del cambio de nombre era una forma de dejar definitivamente atrás su vida pasada.

En 1929 fue enviado al Colegio de Astorga, en León, y en 1933 fue destinado a Turón, en Asturias. Valdivielso era maestro de escuela. Comenzó enseñando a los más chicos. Tenía el increíble número de 90 alumnos en un primer grado. “Se rompió el alma para sacarlos adelante”, remarcó Alpago.

Nubarrones en el horizonte

En España, en 1931 la izquierda tomó el poder. La desconfianza con la que miraban a las instituciones católicas, con el tiempo se transformó en crueldad. A tal punto, que resultaba peligroso para los religiosos caminar por la calle con sus hábitos.

En la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas tomaron sus precauciones. A algunos los reubicaron a lugares del país menos conflictivos; les recomendaron usar ropas de civil y dejaron de llamarse, en público “hermanos” para pasar al mote más impersonal de “señor”. De todas formas, eran fácilmente reconocibles.

El cráneo del santo, que se conserva en una de las capillas del colegio La Salle
El cráneo del santo, que se conserva en una de las capillas del colegio La Salle

El Hermano Alpago destacó que el origen de la especial inquina de la izquierda contra el catolicismo en España había que buscarla en el marxismo, donde “la religión, cualquiera que sea, era el opio de los pueblos. Marx sostenía que la religión engañaba a la gente, le prometía felicidad después de la muerte, pero mientras tanto esa gente sufría”.

Cuando el 5 de octubre de 1934 estalló un movimiento revolucionario de origen anarquista, fue reprimido por el propio Francisco Franco, que dos años después se alzaría contra el gobierno. Dicho movimiento tuvo uno de sus epicentros en Asturias, precisamente donde estaba Héctor Valdivielso. Era una zona minera, donde se extraía hulla, y en donde un importante número de obreros no eran del lugar y que, miraban con los mismos ojos tanto a patrones como a los curas.

Ese mismo 5, Héctor, junto a siete hermanos y el padre que los acompañaba, fueron detenidos por los comunistas y llevados a la Casa del Pueblo. El 9 de octubre, a la madrugada, fueron llevados al cementerio de Turón. Luego de obligarlos a cavar una fosa común, los hicieron pararse contra la tapia del cementerio.Conscientes del final, sus últimas palabras fueron “¡Viva Cristo Rey!”.

Héctor y sus compañeros, habían muerto sin juicio previo. Aún no había cumplido los 24 años.

Los llamados “Mártires de Asturias” fueron beatificados el 29 de abril de 1990 por el Papa Juan Pablo II. Por odium fidei -esto es, por odio a la fe- habían sido martirizados, explicó el Santo Padre.

Ellos eran, además de Valdivielso, Cirilo Beltrán, Marciano José, Julián Alfredo, Victorino Pío, Benjamín Julián, Augusto Andrés, Aniceto Adolfo y el Padre Inocencio de la Inmaculada.

El milagro

Pero para ser elevados a la categoría de santos, debía comprobarse un milagro. Y éste se produjo el mismo día de la beatificación.

Rafaela Bravo Jirón, una nicaragüense de 24 se estaba muriendo de un cáncer de útero. Su esposo, un ex alumno del La Salle, rezó dos novenas pidiendo la intercesión de los Mártires. Al día siguiente, la mujer estaba totalmente curada. Los médicos, que horas antes la habían desahuciado, no encontraron explicaciones en la ciencia sobre lo que había ocurrido.

San Héctor, en una imagen pintada en la capilla del colegio en Buenos Aires
San Héctor, en una imagen pintada en la capilla del colegio en Buenos Aires

Luego del dictamen del equipo de médicos del Vaticano, que había estudiado a fondo el caso, hubo luz verde a la canonización, que se realizó en una multitudinaria ceremonia en la Plaza de San Pedro el 21 de noviembre de 1999.

Siguiendo una vieja tradición cristiana de los primeros siglos, en la que se recogían las reliquias de santos para depositarlas en lugares sagrados, desde septiembre de ese año, el cráneo de San Benito de Jesús descansa en la capilla mayor del colegio de los Hermanos de La Salle, en la ciudad de Buenos Aires. Una falange, en otra de las capillas menores, mientras que en la iglesia de San Nicolás de Bari, sobre la avenida Santa Fe, no solo conservan como una reliquia un hueso de su brazo sino además la pila bautismal donde fue bautizado. En cierta manera, Héctor, según su voluntad, había vuelto a casa.

SEGUÍ LEYENDO: