
José Benegas es escritor, periodista y ensayista. Es argentino pero encontró refugio en Miami, a más de 7.000 kilómetros de Palermo, donde todavía está la casa en la que vivió una infancia atravesada por el maltrato psicológico, la exclusión, la violencia física y los abusos sexuales.
Fue en septiembre de 2017, después de que un huracán amenazara con destrozar la ciudad en la que se sentía protegido, que Benegas abrió su cuenta de Twitter y escribió: “Entre los 6 y los 8 años fui abusado sexualmente por mi hermano mayor, siendo el menor de 7 hermanos de una familia de la que nunca pude ser parte”. Pocos segundos después, completó: “Ahora tengo 54. Listo, se terminó el secreto”.
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Había necesitado toda esa distancia y casi 50 años para romper el silencio y hablar públicamente del tema por primera vez.
Después -y en medio del sismo personal que le estaba generando la escritura de un libro sobre el tema, llamado “El pasado me vino a buscar”-, contó su historia en el programa de Jaime Bailey y dio una entrevista a Infobae, titulada “Fue abusado sexualmente y decidió contarlo: “Ya no soy el guardián del secreto familiar”.
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Benegas fue abusado por su hermano mayor durante dos años. También sufrió los abusos otro de sus hermanos varones, que fue el primero que lo contó en la familia. Su historia no es la excepción a la regla: según las estadísticas del programa “Las Víctimas Contra Las Violencias” y Unicef, los abusadores no se parecen a los de los cuentos del hombre de la bolsa que va por la calle cazando niños distraídos. El 60% de los abusadores son familiares, el 20% conocidos de la familia. Además, aunque se cree que el abuso sexual solo afecta a las nenas, casi el 25% de las víctimas son varones.
Hoy, en el Día Mundial para la Prevención del Abuso contra Niñas, Niños y Adolescentes, Benegas escribió un texto para Infobae en el que habla de una vida atravesada por las distintas formas de violencia intrafamiliar.
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Por un imán
Era demasiado chico para entender el significado de lo que estaba pasando con mi hermano mayor. Tanto como para aceptar un imán de un parlante roto como intercambio por lo que él llamó cincuenta “favores”. Sabía que estaba mal porque estábamos desnudos y los chicos sabemos muy temprano que no hay que estar desnudo, para eso está la ropa.
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Ni siquiera parecía que eso, que experimenté mucho tiempo, fuera peor que crecer en una familia hostil de la que me quería escapar. Lo intenté una vez, pero a la noche me dio miedo y volví. No tenía ninguna capacidad para entender qué tan malo era lo que ocurría cuando él cerraba la puerta y la trababa, porque afuera de ese cuarto no la pasaba nada bien.
Lo más difícil en ese momento, y mucho después cuando ya había terminado, era entender la normalidad de las otras familias, las vidas que vivían los otros de mi edad. Eran raros. No creía que el trato amable que tenían, la ayuda que se daban, que el interés de uno por el otro fuera otra cosa que una farsa. Estaban simulando, no podía ser.
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La adolescencia fue compleja. Lo que sentía estaba mal, pero no mal como lo está para todo el que ha sido criado como católico, estaba mucho peor porque sabía cómo había sido iniciado abusando de una incomprensión que ya no me protegía. Sentir estaba tan mal que armar una vida afectiva propia, que además me hubiera dejado salir de aquella casa con el alma y no solo con el cuerpo, se hizo imposible. Lo lograré próximamente, en el capítulo que sigue y siempre está pendiente. Creo que mi fundamento emocional se quedó allá en buena medida.
Nunca lo odié. Pasé décadas haciendo como que no había pasado nada porque parecía menos doloroso que poner todo sobre la mesa y enfrentarlo. Pero no lo odié un poco porque no me sentía legitimado para hacerlo ¿Con quiénes lo iba a odiar? Tenés que pertenecer a algún lugar para tener un sentimiento así. Antes hay que ser reparado. Esa es la parte que nadie entiende cuando se dice “hay que creerle a quienes denuncian”. No es judicial, es mental. No es para que lo resuelva un juez, es para volver de la ultratumba.
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Entiendo a las personas que después de muchos años quieren hacer denuncias y buscar castigo pero no me pasa. Puede ser que sea porque ellos tienen ese piso. Hay una pieza en sus vidas que no encaja con las demás, pero las otras piezas están. Para mí el problema es otro; es ser puesto en el lugar que me hubiera correspondido, del que te saca el mero hecho de estar dañado. Tal vez de no haber perdido ese lugar incluso antes, por la razón que sea que no conozco, nunca hubiera pasado lo que pasó. Puedo estar limitado por mi propia vivencia, pero me parece que lo primero que pasa es una pérdida de status dentro de la familia, el colegio, el grupo. Después aparecen los tiburones, como si uno cargara un cartel de estar disponible.
La secuela gruesa, la mía al menos, es la soledad y la no recuperación de la parte de la dignidad que no depende de uno. Pasa que toda revelación es necesariamente una acusación al entorno. Si pasa dentro de la familia que tanta gente se ocupa de blindar y quieren creer que no falla nunca, no se puede volver a casa para estar a salvo porque ahí es donde todo sucede y donde después se tapa. Todo eso se traduce en soledad. Te creas sí un montón de paliativos pero no alcanzan, porque es una soledad original.
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Esa sensación se puso peor cuando se supo todo dentro de la familia, porque ahí quedó más claro que antes todavía que mi obligación era ponerle un moño al asunto y tranquilizar a los demás miembros plenos del clan que pudieran verse rozados por la vergüenza o la inquietud.
Ahí volvió la hostilidad multiplicada. Ya tenía 40 años, una edad en la que no pensaba que la casa me podría atrapar de nuevo, pero lo hizo. Fueron 13 años de calvario los que siguieron hasta que lo conté en Twitter y después en el programa de mi amigo Jaime Bayly en la televisión de Miami y dejé de colaborar con el sistema. Fue un trabajo titánico para ordenar mis patitos con mi psicólogo y héroe, Julio Maffei.
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Quisiera decir que mi vida cambió por completo a partir de entonces, pero no es así. Sin embargo lo que logré fue sacarme el peso aplastante del secreto que en aquellos 13 años de quiebre con la familia formal, pero única, se hizo el doble de pesado. Valió mucho la pena por eso y por quitarme de encima la vigilancia acerca de lo que podía decir. Después, como si fuera un mal chiste, me acusaron de destruir a la familia.
Igual quiero decir que no hay nada en esto que ha sido la vida que me tocó que me impida encontrar motivos para reírme a las carcajadas de muchas cosas, valorar la nobleza en las personas, querer ir al cine o ver ahora a las familias que se quieren y protegen y no dudar de que son de verdad. Lo que ocurrió ocurrió y listo. Está lleno de gente que la pasa peor. Siempre se puede elegir en qué se convierte uno. Lo que me falta es convertirme en un super-héroe que pueda rescatar chicos de entornos como el que tuve yo. Si pudiera hacerlo todo tendría sentido.
Para la atención de víctimas de abuso sexual, grooming y explotación sexual de niñas, niños y adolescentes, la línea nacional es 0800-222-1717. Funciona las 24hs., los 365 días del año en todo el país.
Línea 137: atiende víctimas de violencia familiar y sexual, las 24 hs., los 365 días del año en CABA, Chaco, Misiones y Chubut. Brinda atención y acompañamiento a víctimas de violencia familiar y sexual, para orientarlas y acompañarlas para el efectivo acceso a la justicia.
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