Bombas molotov, un casamiento y 26 presas organizadas: cómo fue la mayor fuga de una cárcel de mujeres en la historia argentina

La Cárcel Correccional de Mujeres y Asilo del Buen Pastor funcionó en Córdoba (Archivo Provincial de la Memoria)
La Cárcel Correccional de Mujeres y Asilo del Buen Pastor funcionó en Córdoba (Archivo Provincial de la Memoria)

Ya falta poco– se dijo, nerviosa, María Claro en el comedor del penal mientras esperaba la hora señalada.

En un minuto más, los relojes se clavarían en las ocho de la noche de aquel sábado 24 de mayo de 1975, mientras el interventor de la provincia de Córdoba, brigadier Raúl Lacabanne, salía de la Catedral donde había participado del Tedeum anticipado por los festejos del 25 de mayo.

Los periodistas esperaban que hiciera declaraciones después de la ceremonia y diera su opinión sobre el discurso del comandante en jefe del Ejército, general Alberto Numa Laplane, que había dicho que las Fuerzas Armadas apuntaban a "lograr la plena vigencia de las instituciones". En la Argentina de la época, una declaración de ese tipo podía interpretarse como precisamente lo contrario.

La situación económica del país venía deteriorándose y las portadas de los diarios de ese día anunciaban que el secretario de Estado de los Estados Unidos, Henry Kissinger, había dado muestras de apoyo a las gestiones argentinas para conseguir un préstamo de ese país.

Interior de la cárcel antes de la demolición.
Interior de la cárcel antes de la demolición.

En la región el panorama era complejo: mientras que las violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura de Augusto Pinochet en Chile recibían permanente condenas internacionales, el presidente uruguayo, Juan María Bordaberry, que había cerrado el Congreso dos años en un autogolpe con el apoyo de las fuerzas armadas, ahora negociaba febrilmente con esos mismos militares para no ser desplazado de la presidencia.

A pesar del convulsionado ambiente político, decenas de miles de cordobeses se aprestaban para la esperada salida del sábado a la noche. El clima ayudaba: era una noche templada, casi sin nubes en el cielo.

En la puerta de la Iglesia de los Capuchinos, en el Barrio Nueva Córdoba, decenas de personas esperaban la salida de una pareja de novios que acababa de casarse.

Mientras tanto, en la Cárcel del Buen Pastor, a corta distancia de allí, veintiséis presas políticas esperaban, organizadas en grupos, que dieran las 8 en punto de la noche para empezar a protagonizar la mayor fuga de una cárcel de mujeres en la historia argentina.

Una cárcel diferente

Para 1975, la del Buen Pastor era una cárcel obsoleta, diferente a todas las demás. Funcionaba en un viejo edificio, construido a fines del siglo XIX, para que las monjas francesas de la congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor instalaran allí un taller destinado a educar y alojar a niñas pobres y huérfanas.

En 1905 el gobierno provincial acordó con las autoridades de la congregación que las monjas se hicieran cargo de las mujeres detenidas, para lo cual se proyectaron reformas en el edificio original. Durante los siguientes setenta años, miles de mujeres cumplieron allí sus condenas, bajo la vigilancia interna de celadoras y monjas.

Para 1975, la del Buen Pastor era una cárcel obsoleta, diferente a todas las demás. Funcionaba en un viejo edificio, construido a fines del siglo XIX
Para 1975, la del Buen Pastor era una cárcel obsoleta, diferente a todas las demás. Funcionaba en un viejo edificio, construido a fines del siglo XIX

Desde principios de la década de los '70, esa cárcel fue destinada exclusivamente al alojamiento de presas políticas -algunas de ellas con sus hijos pequeños -, siempre bajo el control de las monjas pero con una guardia perimetral de agentes penitenciarios que vigilaban los movimientos del interior desde garitas y pasillos instalados en los techos.

"Había un pabellón grande, donde estábamos un montón de mujeres, con cuchetas una al lado de la otra, y había otra sala donde estaban las madres, que estaban con los hijos. También había un salón donde comíamos que, a través de un patio pequeño, se comunicaba con la cocina. Todas confluíamos a ese espacio al aire libre, donde teníamos un poco de sol. Estábamos todo el día en el patio, donde los chicos jugaban. Comparada con otras cárceles, era un buen lugar, si se puede definir así a un espacio donde estás privada de la libertad", recuerda para Infobae, 44 años después, María Claro, una de las mujeres que se fugó. María, oriunda de Paraná, había ido a Córdoba a estudiar en la Universidad. Al momento del escape, tenía 24 años.

Un plan sencillo

Fuera de la cárcel, los preparativos y la organización de la fuga estaban a cargo del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), coordinados por uno de sus dirigentes, Enrique Gorriarán Merlo.

En un principio, el PRT-ERP le propuso a Montoneros organizar la liberación de las detenidas en conjunto, ya que se fugarían también integrantes de esa organización y de las Fuerzas Argentinas de Liberación (FAL). Sin embargo, aunque no llegaron a un acuerdo, Montoneros aportó una importante logística para la operación: puso a disposición varias casas para que se refugiaran las fugadas.

La acción comenzaría un minuto antes de las 8 de la noche cuando una decena de grupos realizaría actos relámpagos –con bombas molotov y de estruendo– en los alrededores de la cárcel. No sólo era una maniobra de distracción para la policía, sino también sería eficaz para demorar la llegada de tropas a la cárcel apenas supieran de la fuga.

La fuga, en el diario Crónica (1975)
La fuga, en el diario Crónica (1975)

A las 8 en punto, un camión llegaría debajo de la ventana de la cocina, engancharía la reja con garfios y tiraría de ella para arrancarlas. Desde adentro, las presas debían romper el vidrio y saltar a la calle. Una vez allí, correrían en diferentes direcciones preestablecidas, donde habría autos esperándolas para alejarlas del lugar y trasladarlas a casas seguras, capaces de soportar la ola de allanamientos que desataría semejante desafío al brigadier Lacabanne.

"Movilizamos alrededor de doscientas personas, entre los cortes de calles, las casas, gente que hizo controles", recordaría muchos años después el propio Gorriarán Merlo.

Preparativos en el interior

Adentro de la cárcel, la planificación se hizo en el más riguroso de los secretos. Hasta la mañana misma del día de la fuga, sólo tres de las detenidas –que dirigirían la operación en el interior– estaban al tanto de lo que se preparaba. Eran tres veteranas integrantes del PRT: Ana María Sívori – esposa de Gorriarán Merlo -, Sonia Blesa y Cristina Bollati, a la que todas llamaban La Gringa.

"Yo me enteré de la fuga ese mismo día, a mediodía. Hubo una reunión en una piecita chiquita, donde estaban las tres compañeras que planificaron todo lo que se haría adentro de la cárcel y otras cinco compañeras más. Ahí nos dijeron que nos íbamos a escapar esa noche. Yo estaba muy sorprendida, porque no tenía la menor idea de que se estaba preparando una fuga. Después, con el diario del lunes, me di cuenta de que había indicios, pero yo no los había notado. Por ejemplo, yo veía todas las noches que una compañera miraba constantemente para arriba. Me acuerdo porque yo pensaba: -Pobre, no puede dormir, cuando en realidad estaba registrando los movimientos de la guardia", dice María Claro.

Las participantes de la reunión estarían cada una a cargo de un grupo de otras tres presas, a las que se las pondría al tanto de la fuga solo unos minutos antes de las ocho de la noche. Además, se les asignaron diferentes tareas.

Adentro de la cárcel, la planificación se hizo en el más riguroso de los secretos. Hasta la mañana misma del día de la fuga, sólo tres de las detenidas –que dirigirían la operación en el interior– estaban al tanto de lo que se preparaba. Eran tres veteranas integrantes del PRT: Ana María Sívori – esposa de Gorriarán Merlo -, Sonia Blesa y Cristina Bollati, a la que todas llamaban La Gringa.

"Cada una tenía distintas cosas que hacer. Por ejemplo, una presa debía armar una caja con ruleros y cablecitos, que simulara una bomba. Esa cajita se dejaría adentro, debajo de la ventana; otra tenía que colgar sábanas en el patio que conectaba el comedor con la cocina para que nosotras pudiéramos atravesarlo sin que nos vieran las guardias. Otra compañera debía mantener entretenida a la celadora, que estaba en una oficinita, llevándole comida, para que no nos viera cuando íbamos a la cocina, otra debía pintar las zapatillas blancas de negro, para dificultar que nos vieran. Yo, como estaba en un grupo de teatro, debía conseguir que nos autorizaran a quedarnos en el comedor, que se cerraba temprano, con la excusa de que haríamos una obra. Eso era vital, porque sólo desde ahí podíamos salir al patio que daba a la cocina", detalla María Claro.

Un grupo iría a la cocina poco antes de las ocho para armar con mesas y banquitos una escalera que les permitiera alcanzar la ventana. El resto esperaría, organizado en grupos y en orden, el momento de cruzar el patio para llegar a la cocina. Mientras tanto, una de las detenidas, Cristina Salvarezza, entretendría a la celadora en su oficina hasta que todas cruzaran el patio. Sería la última en cruzar el patio y llegar a la cocina.

Del plan a los hechos

Un minuto antes de las ocho de la noche los actos relámpago llenaron de estruendo y fuego las calles cercanas a la cárcel. En ese mismo momento, el camión de los guerrilleros que tenían que derribar la ventana se colocó en posición: un integrante del comando, se subió al capot para enganchar los garfios a la reja. Ese fue el único momento en que la fuga estuvo a punto de frustrarse.

"Ahí hubo un problema. El camión llegó con los garfios y las cadenas. Cuando iban a enganchar los garfios a los barrotes, para tirar la reja con un camión que tenía una potencia enorme, no podían entrar los garfios… ¡porque pegado a la reja había un alambre tejido gruesísimo que nos llevó ponerles no sé cuántos kilos de dulce de membrillo y no se logró corroer ni un milímetro!", cuenta María Claro.

Desde principios de la década de los ’70, esa cárcel fue destinada exclusivamente al alojamiento de presas políticas -algunas de ellas con sus hijos pequeños -, siempre bajo el control de las monjas pero con una guardia perimetral de agentes penitenciarios que vigilaban los movimientos del interior desde garitas y pasillos instalados en los techos

El alambre tenía un par de centímetros de espesor. Otro de los guerrilleros fue rápidamente a la caja del camión para ver si, de casualidad, había algún alicate.

"La cuestión es que encontraron algunas herramientas y enseguida lograron cortar el alambre. Mientras desde adentro rompíamos el vidrio, desde afuera engancharon los garfios y empezaron a tirar. La pared empezó a ceder, cayeron algunos cascotes y yo, que estaba bastante más atrás, vi como los cascotes caían arriba nuestro. Era el costo de saltar a la libertad", recordaría Cristina Salvarezza.

A medida que las presas saltaban desde la ventana, un guerrillero las "atajaba" parado sobre el capot del camión. Desde ahí caminaban por la caja, donde otro comando las ayudaba a llegar al suelo. Apenas ponían los pies sobre el pavimento, corrieron en la dirección que cada una tenía indicada. Sabían que las esperaban los autos que las sacarían de la zona.

"Tuve que correr dos cuadras –dice María Claro-. Fui desde Duarte y Quirós hasta el boulevard Chacabuco, donde me topé con un casamiento que celebraban en la Iglesia de los Capuchinos".

La porción de rejas es una conmemoración a las reclusas de la Cárcel Correccional de Mujeres y Asilo del Buen Pastor. (Archivo Provincial de la Memoria)
La porción de rejas es una conmemoración a las reclusas de la Cárcel Correccional de Mujeres y Asilo del Buen Pastor. (Archivo Provincial de la Memoria)

No fue una casualidad: los organizadores había averiguado que a las ocho exactamente había un casamiento, que una muchedumbre y que eso facilitaría la fuga.

"Me esperaba un auto chiquito, donde subí con otras dos compañeras", agrega Claro.

El plan funcionó a la perfección. Toda la operación se desarrolló en poco más de cinco minutos. Durante los días que siguieron, mientras eran intensamente buscadas, las fugadas estaban distribuidas en diferentes casas. Allí cambiaron su aspecto: cortándose y tiñéndose el pelo, les tomaron fotos y les confeccionaron documentos con identidades falsas. Una semana después todas estaba fuera de la ciudad.

Lacabanne no se entera

Poco después de las 8 de la noche, después del tedeum, el brigadier Lacabanne estaba pronunciando su discurso en un acto oficial que se realizaba en el Teatro Rivera Indarte.

"La subversión está totalmente aniquilada en Córdoba",  dijo, por supuesto sin saber que era una frase desafortunada: a pocas cuadras se escapaban las 26 mujeres.

Poco después de las 8 de la noche, mientras las presas se fugaban, el brigadier Lacabanne estaba pronunciando su discurso en un acto oficial que se realizaba en el Teatro Rivera Indarte
Poco después de las 8 de la noche, mientras las presas se fugaban, el brigadier Lacabanne estaba pronunciando su discurso en un acto oficial que se realizaba en el Teatro Rivera Indarte

Las imágenes grabadas del acto muestran que, uno o dos minutos después de que pronunciara esa frase, alguien le tocó el hombro y le dijo algo al oído.

El rostro de Lacabanne se transfiguró.

"Se fugaron las presas del Buen Pastor", era la frase que acababa de escuchar.

Dos años después, la Cárcel del Buen Pastor fue cerrada definitivamente. Para 1977 sólo la ocupaban tres presas políticas.

Pasados 44 años, donde estuvo la cárcel, hay un espacio público al aire libre, bien iluminado, acogedor para descansar. Es, quizá, uno de los lugares de encuentro más emblemáticos de la ciudad de Córdoba. Ninguna placa de bronce recuerda que, un 24 de mayo, huyeron 26 mujeres del penal que allí funcionaba, en la mayor fuga de presas registrada en la Argentina.

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