La casa de Frances Evans, en las sierras de Córdoba, esta alumbrada por los recuerdos de sus abuelos y de su querida madre, tomada prisionera cuando viajaba a Europa junto a su marido en 1941. Fotos, libros, su piano, pinturas, y un porche vidriado donde se dejan los paraguas, las botas y abrigos, nos transmite un ambiente tan británico como el de la dueña de casa. Su gata, Pussilee, remolonea en el sofá, hasta que nos ve llegar y se va en busca de tranquilidad.

Evans posee una memoria prodigiosa y una gran simpatía. Es la mejor anfitriona para crear un clima de recuerdos, quizás amargos, pero superados por su propia fuerza y voluntad.

Sus abuelos, llegados a la Argentina desde Reino Unido para trabajar en los ferrocarriles, vivían en la ciudad de Rosario. En 1941, sus padres Joan y Frank Evans se embarcaron a Europa con la idea de buscar un trabajo y anotarse como voluntarios en la guerra.

La joven pareja inglesa se vio involucrada en el horror de la Segunda Guerra Mundial. Frances, la única hija nacida en cautiverio, contó en su libro Giros del Destino –de editorial Tinta Libre- los detalles, el viaje, la muerte de su padre, su triste nacimiento, las prisiones por las que pasó su madre, la salvación de ambas en un intercambio de prisioneros en el Bósforo en 1943, y el peregrinar hasta volver a la Argentina.

Frances revela: "Después de una vida entera de rogarle a mi madre que escribiera sus memorias, y su negativa permanente, en 1998 todo cambió, y ante mi absoluto asombro me dio un cuaderno de anotaciones que decía 'Para Frances, algunas de mis experiencias como prisionera de guerra'".

Zarparon en el Afric Star, un vapor de la Blue Star Line, el 16 de enero de 1941 del Puerto de Buenos Aires. El buque llevaba una carga completa de carne y manteca, 72 tripulantes, dos artilleros navales y tres pasajeros, entre ellos, Frank Evans y Joan, su esposa.

Otro barco, el Kormoran zarpó el 3 de diciembre de 1940 de Gotenhafen, camuflado como dragaminas para su salida. Cruzó el Estrecho de Dinamarca el 12 de diciembre con mal tiempo, pasando al Atlántico sin ser advertido por el enemigo. Fue un carguero alemán armado y reformado para hacer guerra al tráfico marino aliado durante la Segunda Guerra Mundial y entre otras cosas, capturar a todos los pasajeros que tuvieran pasaporte de Reino Unido. Tras hundir al mercante griego Antonis el 6 de enero de 1941, capturó otros 10 barcos, entre ellos el Afric Star, donde viajaban los padres de Frances.

Cuando tomaron el buque, Frank y Joan, fueron separados a bordo. Solo se vieron por segundos un par de veces. Lo más traumático que le tocó presenciar a Joan fue el hundimiento de otro buque, subida a punta de arma a la cubierta, obligada por los alemanes

-Mi madre nunca olvido esas imágenes: gente corriendo por cubierta, las luces de la explosión, el fuego y luego, el hundimiento.

Fueron transbordados al Portland. En este buque alemán, los prisioneros estaban en la bodega, eran muchos, hacinados, allí se encontraba Frank, el padre de Frances. En un intento de revuelta por parte de prisioneros de otro buque, los alemanes abrieron la bodega y tiraron una ráfaga de ametralladora que acabó con la vida de Frank.

Para Joan fue devastador, solo quería morir. Pero había algo que la mantuvo con vida, aunque ella en ese momento no lo podía imaginar: iba a ser madre.

Estuvo en 9 prisiones -donde dormía en el piso, sin sanitarios, usando la misma ropa, con casi nada de comida- sin saber, hasta que llego ahí, que estaba embarazada. En una de esos lugares de tránsito estuvo en una jaula, donde no podía moverse salvo, con dificultad, para recibir un tacho donde todas hacían sus necesidades.

Como último destino de presidio, Joan fue recluida en un hospital de enfermos mentales, cerca del Lago Constanza, en Liebenau, en Tettnang, Ravensburg, al sur de Alemania, donde 500 ocupantes fueron exterminados por el régimen nazi para hacerles lugar a las prisioneras. Fue allí que supo que estaba embarazada.

Frances nació en ese lugar, el 5 de diciembre de 1941, y permaneció allí hasta febrero de 1943. Antes de su nacimiento ya eran asistidas por la Cruz Roja, que enviaban ropa de abrigo, que Joan destejía y tejía del tamaño de su beba para poder abrigarla.

El nacimiento de Frances fue un milagro en la guerra. El estado de Joan, las condiciones de reclusión, la escasez de alimentos, las condiciones de perdida de libertad, la falta de salubridad, pudieron hacer que nunca llegara al mundo.

-Mamá siempre contó que cuando había alarmas de ataques aéreos eran llevadas al subsuelo donde quedaban enfermos mentales peligrosos. Estaban en jaulas y estiraban sus brazos para tratar de tocar al bebe que ella apretaba contra su pecho. Todo era oscuridad, solo una lámpara a final del largo pasillo.

El viaje hacia la libertad era, como contó alguna vez Joan, por tren de prisioneros a Turquía, desde el Bósforo a El Cairo, pasando unos días en Haifa donde todas las mujeres sufrieron disentería y se llenaron de piojos. Hubo prisioneras muertas y víctimas de graves infecciones.

Finalmente, desprovistas de todo y habiendo atravesado distintos países europeos, Joan y Frances volvieron a vivir a Argentina donde estaban sus abuelos. La pequeña nacida en cautiverio finalmente se crió en Rosario.

La vida de estas dos mujeres contada por medio de cartas, escritos y relatos en el libro de Frances, Giros del Destino, nos adentra en un mundo del que difícilmente se puede salir sin secuelas.

-De la guerra me quedó el terror a la oscuridad y una fibromialgia que casi ha desaparecido después de escribir el libro. Todo el resentimiento que tenía lo pude liberar y fue sanador para mí.

En 1986, inesperadamente, Joan recibió una carta de la Cruz Roja Francesa: habían encontrado la tumba de Frank. En 1988, junto a su marido Walter Bengtsson, viajó por primera vez a visitar la tumba de su padre en Burdeos.

–He extrañado a mi padre toda mi vida. De niña lloraba mucho porque estaba convencida que estaba perdido en una isla y un día volvería.

Joan murió en Córdoba, a los 92 años, dejando a su única hija llena de legados y recuerdos que hoy comparte, generosa y con una sonrisa.

En las paredes de su casa cuelgan sus condecoraciones. La más importante es la que se le otorgó a todos los prisioneros de guerra. Ella y su madre la recibieron. La medalla en el anverso muestra un alambre de púa que atrapa un pájaro, símbolo de la libertad; en el reverso, muestra la púa del alambre con las palabras "Intrépido contra toda adversidad". En la cinta, las rayas negras simbolizan la desesperación; las blancas, la alambrada de la prisión; la franja verde las verdes praderas de Gran Bretaña; y las rojas, el fuego de la fe inquebrantable del prisionero.

Cada 11 de noviembre lleva en su solapa la amapola roja, que simboliza los campos de Flandes que al finalizar la Primer Guerra Mundial quedaron cubiertos de sangre. Luego, en esos mismos capos, florecieron millones de amapolas rojas. Todo lo que se recauda por el intercambio de las amapolas para las solapas va a la Legión Británica que apoya, mantiene y ayuda a los veteranos de todas las guerras. Ese mismo día, conmemoración del Armisticio de la Primera Guerra, se recuerda a los caídos en las distintas  guerras. Frances es la organista de la Iglesia Anglicana de La Cumbre, y todos los años toca en memoria de todos los muertos.

Ahora ella se levanta, se acerca al piano y toca la misma pieza que cada 11 de noviembre a las 11 de la mañana ejecuta en el órgano de la iglesia: The Last Post, "el último deber del día". La pequeña estancia se llena de emoción, y Frances sonríe. Y cuando lo hace, una luz especial lo rodea todo.