
Otro año en que se conmemora el Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Accidentes de Tráfico. Como madre, lo transito por tercera vez desde el momento en que Damián Villanueva, un asesino al volante, se le cruzó en el camino a Martina, mi única hija, en ese momento de solo 16 años.
A Villanueva no lo detuvo la luz roja. Para él la velocidad fue más importante que una vida. Ese 14 de febrero del 2016 no solamente murió Martina, nosotros también. Y no es una frase hecha: quien ha pasado por la pérdida de una hija sabe la diferencia entre vivir o morir viviendo. Lo que cuesta levantarse y respirar, lo que duele ver el vacío de la casa, el extrañar su voz, su sonrisa, el saber que ya no hay un mañana, que el futuro se esfumó. Y seguir viendo que los hechos viales se han acrecentado y siguen siendo una de las causas que más muertos dejan, aumenta la pena.
El alcohol y la velocidad son los factores que más predominan en estos casos, acompañados por la impunidad que demuestra la Justicia a los familiares que siguen mendigando condenas justas. El desgastante transitar por los juzgados, llevando la bandera con la foto y la palabra "Justicia" como una súplica, como si ese no fuera nuestro derecho, no hace más que aumentar el dolor.
Uno se convierte en abogado, en fiscal, en forense. Nunca nada vuelve a ser lo mismo. La mirada ya no es igual, ya no se le teme ni a la muerte, ya la conocimos de cerca, ya nos arrebató lo que más amábamos.

Sigo pensando que nada ha cambiado, que se sigue manejando al límite, que no nos comprometemos como sociedad y que no tenemos el apoyo total de quienes deben velar por nuestra seguridad. Tenemos que tomar conciencia de que nadie está exento de sufrir una desgracia como esta, un dolor que desgarra el alma desde el momento en que, estando de este lado de un teléfono que suena, alguien nos dice que el ser más preciado que tenemos ya no va a volver a casa, que toda su vida termina plasmada en una estrella amarilla pintada sobre el asfalto.
Tenemos que luchar para que la palabra "justicia" de una vez por todas sea justa. No quiero que Martina y cada una de las víctimas viales sean un número, una estadística. Quiero que algo cambie. Nuestra vida ya no tiene sentido, todos nuestros proyectos y futuro se fueron ese 14 de febrero, nos quedamos rotos y vacíos. Pero aún se puede cambiar el destino de muchos.
Aún estamos a tiempo para que los que crezcan sean nuestros hijos y no la cantidad de muertes evitables. Para que no haya más familias mutiladas. Queda lucha por delante, pero entre todos podemos cambiar esta realidad si nos comprometemos.
La autora es mamá de Martina Miranda, hija única de 16 años muerta en un hecho vial en Villa Crespo, Ciudad de Buenos Aires.
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