
Tenía 28 años cuando miró hacia atrás y observó que había pasado gran parte de su vida tratando de encastrar en un estereotipo. A pesar de que en la infancia Romina había sido feliz ayudando a su abuelo mecánico a arreglar ciclomotores, de grande había sido recepcionista, camarera y vendedora: siempre "trabajos de mujer" y obedeciendo un eco colectivo: "maquillate un poco", "ponete una pollera", "mirá qué lindos te quedan los taquitos".
"Pero yo quería ser libre, romper con la heteronorma", dice Romina Pick (33) a Infobae, en referencia a esa norma tácita que dice que lo "natural" es ser heterosexual y, en el caso de una mujer, femenina. Y que "lo normal", además, es que las nenas jueguen a "la mamá" con muñecas y que, de grandes, hagan "trabajos de mujeres".

"Mi abuelo era mecánico de micros de larga distancia, viudo y jubilado. Mis papás eran bancarios, trabajaban todo el día, así que yo me crié con él", cuenta Romina. "Nos levantábamos todas las mañanas a arreglar ese ciclomotor…tenía el motor fundido, era un desastre. Yo tenía 6 años: mis compañeritas jugaban a la mamá y yo sólo quería volver del colegio para jugar con las herramientas".
"Marimacho fue la palabra que me mató. No podía entender por qué mis compañeritas me insultaban así". Lo que hizo, para esquivar la etiqueta, fue anular aquello que la definía: "Crecí pensando: 'cuando sea grande voy a usar tacos y pollera, voy a ser como me dicen que tengo que ser'".

Fue a los 28 años que sucedió lo que llama "mi revolución": Romina hizo coaching, se hizo vegana, empezó a meditar y a vestirse como quería. "En ese contexto, subía a un bondi y quería matar a alguien, todo lo contrario de la paz que sentía cuando me subía a una bici". Vivía en Flores y, cuando decidió que no iba a volver a ser moza ni administrativa ni vendedora de seguros, consiguió trabajo como cadeta en bicicleta en Microcentro.
"La cosa es que, cada vez que se me rompía, iba a una bicicletería y me cobraban el doble que al resto de los cadetes, que eran hombres", cuenta indignada. Había un prejuicio de base: como una mujer no sabe de parchado, de cuadros, de cubiertas ni de cámaras, había licencia para cobrarle un "peaje". "Y ahí dije basta, me cansé, no me van a ganar otra vez".

En 2015 Romina se anotó en el Centro de formación profesional número 1° de Barracas y se recibió de "Mecánica auxiliar de bicicletas", donde aprendió a arreglar y a armar biciletas de cero. Como le gusta la velocidad, se especializó en el mundo de "las 28" (rodados de carrera) e hizo todos los cursos que había en una multinacional japonesa, conocida por fabricar componentes para bicicletas.
Sin embargo, de la teoría a la práctica seguía existiendo un abismo: "Tiraba currículums en todas las bicicleterías que estaban buscando mecánicos pero nunca me llamaban. Me acuerdo que lo llevé a una y el dueño se me rió en la cara. Me dijo 'andá y dejáselo a mi mujer', que estaba sentada atrás cebándole mate. Me sentí pésimo pero la verdad es que mi objetivo era más grande que esa gente que se reía de mi".
Sin siquiera tomarle una prueba, los mecánicos le tenían desconfianza: "Creen que no es un trabajo para una mujer porque a una mujer no le alcanza la fuerza. Pero hay un dicho que los contradice: 'Haz palanca y moverás el mundo'. Yo hago palanca y lo resuelvo".

Romina entendió que, para que eso dejara de pasar, tenía que dejar de ser una excepción a la regla y compartir con otras mujeres lo que había aprendido. A través del grupo de Facebook "Pedaleá como una piba" dio los primeros talleres gratuitos de parchado. Enseguida, otras mujeres que habían sentido ese aprovechamiento de parte de algunos bicicleteros empezaron a pedirle que arreglara sus bicis.
Romina armó su primer taller improvisado en el departamento milimétrico en el que vivía, en Abasto. También consiguió su primer trabajo como mecánica en una bicicletería. "Ganaba poco pero era feliz, al fin era feliz con lo que hacía". Las organizadores del grupo "Nosotras lo arreglamos" supieron de ella y la invitaron a dar un curso de "Mecánica básica de bicicletas" en un Centro Cultural de Boedo. Romina aceptó, los cupos se agotaron.
Algunos de los talleres fueron exclusivos para mujeres: "Es que cuando hay un grupo mixto algunas no preguntan, dicen que les da miedo hacer una pregunta boluda. Yo siempre les contesto: no hay pregunta boluda, porque ese error boludo es el que te lleva al error mayor".

Romina ya se había dado cuenta cuál era el rol que cumplían las mujeres en las bicicleterías: subían cosas a la web, cobraban los trabajos hechos por otros, inflaban ruedas. "Pero no había mujeres con las manos engrasadas. Y yo engrasada me siento libre, siento que soy yo", sonríe.
Y este año, lo logró: Romina abrió su propio taller en Palermo, donde arregla bicicletas y arma otras a medida, de su propia marca, de acuerdo a cada necesidad. Ya se había emocionado al comienzo de esta charla, mientras evocaba a su abuelo mecánico, el que no tuvo prejuicios al enseñarle a una nena de primer grado cómo se trabajaba en un taller. Ahora recorre su primer taller con orgullo y olor a nuevo, y la pera le vuelve a temblar.
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