Argentino, hijo de inmigrantes eslovenos, nacido y criado en San Martín, provincia de Buenos Aires, decidió instalarse en África. Más precisamente en Madagascar, uno de los rincones más pobres del planeta.

A sus 70 años, el padre Pedro Opeka sigue inculcando y llevando adelante su tarea en "Akamasoa", un basural que se convirtió en una comunidad, permitiéndole a cientos de miles de personas tener una vida digna. De visita por nuestro país, Infobae habló a solas con él durante el homenaje que se le realizó días atrás en la Universidad del CEMA.

 ¿Qué intentó transmitir con su libro "Rebelarse por Amor"?

— Un grito para decir que hay situaciones que son inhumanas, dramáticas y que hay que rebelarse, como son la extrema pobreza, la indiferencia, el abismo entre el Norte y el Sur, o como son muchas veces las promesas de los políticos que nunca se realizan, que toman al pueblo, que lo engañan, que le mienten. Desenmascarar a los políticos que mienten a su pueblo. Y la dignidad de la mujer, que no se discute.

¿Por qué decidió misionar en Madagascar?

— Porque mi congregación, de San Vicente de Paul, pidió misioneros para la isla de Madagascar, porque no había. Y en aquél momento en Argentina se vivía bien, había sólo 3% de pobres, yo no quería huir de Argentina e ir a África para decir que me voy para un país más exótico. No, no fue eso. Fue realmente por ideal y cuando salí de Argentina lloré, lloré porque dejé una tierra que quería, mis padres, mis hermanas, hermanos y amigos. Yo quería muchísimo a esta tierra porque lo que yo soy hoy me lo dio la Argentina.

¿Akamasoa es su lugar en el mundo?

— Akamasoa es más que un lugar, es un espíritu. Yo le digo siempre a mis fieles, mis hermanos y hermanas allí que trabajan conmigo, que nosotros no somos primeramente un lugar, somos un estado de espíritu. Akamasoa quiere decir "los buenos amigos", quiere decir servir al hermano, a la hermana, servir al pueblo, servir a los niños, a los jóvenes, a los ancianos, no olvidar a nadie, eso es servir. Es un estado de espíritu. Por eso Akamasoa puede realizarse en cualquier país del mundo, porque nadie se encierra y nadie es insensible al amor, al respeto, a la verdad, a la compasión, al compartir.

Padre Pedro Opeka en la villa 20 de Lugano (Guille Llamos)
Padre Pedro Opeka en la villa 20 de Lugano (Guille Llamos)

Usted dice servir, entonces, ¿a los pobres no hay que asistirlos, hay que servirlos?

— Sí. No asistirlos para no hacerlos dependientes. Servirlos en el sentido de que se les dé la posibilidad, se les dé las herramientas, se les dé un espíritu que los ponga de pie y que no los haga arrodillarse, que no los mantengan arrodillados.

En nuestro país tenemos 30% de pobres, ¿no le parece una falta de atención al prójimo?

— Seguramente que sí, seguramente que sí. Acá hay una falta de atención al prójimo, porque el mundo hoy, el mundo puede explotar desde adentro ….

— La implosión.

— Vamos a…

— Implosionar.

— Si no nos ocupamos de los demás países pobres, y en un país si no nos ocupamos de todas las clases que están aquí o de toda la gente que está al borde, eso va a explotar un día. ¿Y a quién va a aprovechar eso? A nadie, vamos a retroceder, así que tenemos que dar más atención.

Aquí, a los más vulnerables los asistimos con planes sociales, ¿a usted le parece bien?

— Asistir a un pobre, yo nunca lo asistiré. Yo le digo a mi gente en Madagascar que si debería asistirlos, me voy, porque los amo, porque los quiero y no quiero que sean dependientes de nadie, pero sí le vamos a dar herramientas, sí le vamos a dar trabajo, sí los vamos a sanar. Pero es cierto que todo país que se respeta tiene que tener una ayuda especial o planes, como ustedes les dicen, para las personas enfermas, para los discapacitados, para las personas ancianas, para las familias numerosas donde sólo el padre trabaja, o sólo la madre trabaja, para esas situaciones límites, tenemos que tener una ayuda. Nosotros lo hacemos también en el pueblo de Akamasoa, pero los que están sanos tienen que trabajar y éste es tu sueldo. La gente así lo ha comprendido, pero aquí se ha politizado esa ayuda y cuando se politiza una ayuda importante como esa y se pone también la ideología de por medio, después sí que es difícil arreglar eso, sí que es difícil.

¿Lo conoce al Papa Francisco?

— Lo conozco. Estuvimos en San Miguel. En un momento dado, él estaba al fin de sus estudios, y yo al comienzo. Hay 11 años de diferencia. Luego me fui de Argentina, pero el nombre de Jorge Bergoglio me quedó en la memoria, pero no le ponía una cara y ahora me recibió hace un mes y medio, muy bien. De una manera fraternal, paternal, me dice: Pedro ¿cómo estás? ¿Qué lío estás haciendo en Madagascar? Allí me dijo que prepare la sucesión, vos sabes que todos morimos en esta tierra, estamos de paso. Le digo: "Sí, Santo Padre, estamos realizando eso también". Pero me emociona que en la cumbre de la Iglesia y en lo más bajo, que es un basurero, ambos tenemos el espíritu del Evangelio y qué contento estoy que el Papa, que representa a Cristo, está tan cerca de los pobres, que desea una Iglesia humilde, pobre pero valiente, esto no quiere decir una Iglesia miedosa, quiere decir que hay mucha valentía, mucho coraje, mucha fuerza para buscar nuevos caminos y desafiar a todo lo que se presenta frente a nosotros para más dignidad y futuro a los pobres, un futuro a los niños que se han olvidado.

Nació en San Martín, Buenos Aires, hace 68 años: hoy vive su historia en Akamasoa, Madagascar
Nació en San Martín, Buenos Aires, hace 68 años: hoy vive su historia en Akamasoa, Madagascar

En la cúpula máxima de la Iglesia, está el Papa Francisco, y está usted trabajando en Akamasoa…

— Pienso que nosotros, los argentinos, tenemos muchas cosas buenas, pero como somos también seres humanos, tenemos también problemas y defectos que tenemos que corregir. Quizás aquí hay muchas apariencias, en la Argentina aparentamos ser esto, y en mi último libro ,"Rebelarse por Amor", digo: basta de indiferencia y de apariencias. Aquí veo mucha superficialidad, somos amigos, pero rápidos, de palabra. Pero hay mucha gente que ayuda en Argentina, hay muchos jóvenes que están comprometidos con los pobres en las villas, los sacerdotes villeros, que son la honra de nuestra Iglesia, y a todos los grupos de jóvenes o personas adultas que hacen algo por los marginados, continúen, no bajen los brazos, porque todas estas obras se unen, nosotros estamos creando esa nueva humanidad que tiene que tender a unir la gente, a unir las naciones, no podemos vivir encerrados en uno mismo, porque todo lo que se encierra se muere.

¿Quiénes son sus referentes? ¿A quién admira?

— Primero, a mi referente primero que es el gran revolucionario de todos los tiempos, Jesús, que dio su vida por su pueblo, por nosotros, por sus hermanos, y que dijo que amar es dar la vida a quien se ama. También a personalidades como Nelson Mandela, Martin Luther King, en estos tiempos, a la Madre Teresa de Calcuta , pero también a San Francisco de Asís, a San Vicente de Paúl, que dijo que en cada pobre tenemos que ver a la figura de Jesús. Toda esa gente que nos hizo despertar de un sueño, donde soñábamos sobre las nubes y no estábamos en la tierra, yo quiero soñar, pero con los pies en la tierra.

¿Qué significa ser "El albañil de Dios"?

— Ser "El albañil de Dios" significa construir, porque cuando se dice Dios, quiere decir para todos, porque Dios ama a todas las personas en el mundo, a todos los países en el mundo y es el único que es justo, que es el garante de la justicia para todos, el amor para todos, la misma dignidad para todos. Y cuando uno es "albañil de Dios", quiere decir que usted trabaja para cualquier hermano donde sea, cuando es excluido, cuando es vulnerable, cuando está olvidado del progreso, y el albañil construye, viviendas, calles, veredas, lo que le permite a la gente vivir sanamente, ¿no? Así que bueno, es un lindo, ¿cómo es? Un lindo título …

El amor, la oración, pero la educación, el trabajo y la disciplina, ¿cuál es su consejo para los argentinos?

— En Argentina hay tanta riqueza humana. Me toca verlo ahora, durante mi estadía en la ciudad.  El cariño, la amistad, he visto gente muy buena. Ojalá que todos podamos darnos la mano y aquellos hermanos que engañan, que mienten, que roban, que venden droga, la muerte, les diría, ¿por qué haces eso? ¿Quisieras que tus hijos se droguen? ¿Quisieras que tus hijos se mueran jóvenes? ¿Qué tus hijos no tengan ningún sentido de la vida? ¿Qué no tengan ningún sentimiento?  Démonos las manos juntos y en lugar de buscar peleas, busquemos todos esos caminos que nos pueden unir para ser más felices. Necesitamos tocarnos, darnos la mano, abrazarnos con el vecino, conocerlo, necesitamos estar juntos. Nosotros tenemos que ser humanamente más humanos, ya que esto nos va a permitir alcanzar la fraternidad, siendo este el verdadero objetivo para todos.