"Hace un tiempo vino un papá a una consulta. Me dijo: 'Estoy desesperado, mi hermano mayor abusó de mi hija. La mamá no quiere iniciar un tratamiento porque dice que dejaríamos a la nena expuesta'. 'Tu hija ya estuvo expuesta', le contesté, y él enseguida se sinceró: 'Te voy a decir qué es lo peor: mi hermano ya había abusado de mí durante la infancia. Yo me pregunto por qué no lo dije. Esto no le estaría pasando a mi hija ahora'":

Antes de comenzar la entrevista, Andrea Aghazarian -psicoanalista especializada en tratamiento de los efectos del abuso sexual- acercó su consultorio al estudio de Infobae en una anécdota que resume algunos de los principales rasgos que se disparan consumado un caso de abuso: la desesperación de unos, la vergüenza de otros, la creencia de que ocultando a la niña se la preservará. Y el silencio, eterno para el que convive con el secreto de haber sido abusado, que en este caso se transforma en culpa por no haber denunciado el abuso en su momento, por lo que pudo ser y no es.

"Esto refleja que las estadísticas nada tienen que ver con la cantidad de abusos que ocurren. Son más los abusos, menos las consultas clínicas por estos abusos y aún menos las denuncias judiciales. Se deja un escenario de impunidad para el abusador, a los menores en riesgo y a las víctimas sin ayuda clínica", señala Aghazarian, que realiza este trabajo clínico sobre el paciente abusado.

La otra instancia, claro, es la judicial, de la que la especialista no duda: "A la justicia le falta mucha preparación para estar a la altura de lo que requiere una denuncia de abuso sexual a un menor de edad. Se tiende a hacer excesivas pruebas con el chico hasta encontrar una demostración de que el abuso sucedió. No se le cree. Y lo primordial es que, para el chico, el paso por la justicia no sea una nueva tortura".

(iStock)
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—¿Cómo podemos darnos cuenta en una familia, o en el ámbito escolar -en el caso de los docentes o de aquellos que trabajan con niños y niñas- de que un chico está siendo víctima de abuso?

—Lo primero es mirar al chico, escucharlo. Los chicos, cuando están siendo abusados, presentan muchísimas manifestaciones. La que me parece más importante, porque cubre todas las demás, está en su estado anímico: el decaimiento. El chico está triste, ensimismado, aislado. En el colegio, no termina de integrarse a los grupos; hay algunos momentos y aspectos de los cuales no habla nunca. Otras dependen de cuántos años tenga el chico. Si el abusado está en edad de jardín, no tiene la capacidad de expresar en palabras lo que le ha ocurrido. En esos casos, por ejemplo, el chico empieza a presentar dificultades para dormir, puede tener pesadillas recurrentes, empezar a no querer ir al baño, a tener terror a que lo cambien, a que lo toquen. Así que hay que estar muy atentos. No hay que naturalizar esas reacciones.

—Y si el abuso se cometió dentro del ámbito familiar, ¿es mucho más difícil todavía de detectar?

—Esa es la situación más problemática, porque se trata de alguien que puede estar incluso dentro de la casa. Lo que tenemos que entender es que el abusador siempre es alguien cercano al niño. Siempre. Es alguien que se ganó su confianza (puede ser en la escuela, en la iglesia, en la casa, en distintos lugares) porque si no el chico no estaría bajo ese control que tiene el abusador sobre la víctima. En caso de que el abusador esté dentro de la casa, el resto de los integrantes de la familia debe entender algo: esa familia ya no es tal, no es como creían que existía. Entonces hay que priorizar al chico, que es una víctima absoluta, respecto de cualquier otro valor que esa familia tenga.

—¿Por qué el chico suele ocultar el abuso? ¿Cuál es el rol del abusador en ese silencio?

El chico es el primero que niega el abuso. Siente vergüenza por lo que está pasando. En lugar de poder responsabilizar al abusador, él se siente responsable por lo que le están haciendo. Se siente responsable por lo que no puede hacer, que es defenderse y hablar. El abusador lo extorsiona, lo amenaza con el silencio, con que los padres van a retarlo si lo cuenta. Es una forma de operar del abusador. Entonces el chico no habla. Yo tengo una cantidad enorme de consultas de adultos que aún no han podido decirlo, que conviven con el secreto y con el malestar que genera, que se termina expresando de distintos modos. ¿Qué podemos hacer nosotros? Darle lugar, abrirle el espacio, sentarse y preguntarle si está bien, qué le ocurre. Es muy difícil porque el chico, además, cuando ya es más grande y es consciente de la construcción de una familia, tiene la fantasía de que si lo cuenta va a ser el culpable de su destrucción, cuando en verdad la familia ya se había destruido hace mucho tiempo. En realidad, no existe esa familia, nunca existió: hay alguien ahí que no está cuidando. Y no solo eso, sino que está lastimando a un niño.

(shutterstock)
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—¿Cómo es el procedimiento una vez que alguien de la familia, del entorno escolar o del entorno que frecuente el niño, se entera de que hay una situación de abuso? ¿Cómo se debe actuar?

—Las situaciones son todas diferentes y complejas. Se tocan dos campos. Uno es el clínico, el que yo ejerzo: atiendo pacientes abusados. El otro campo es el jurídico. Desde mi punto de vista, primero siempre se debe consultar a un profesional de la salud, porque la urgencia es atender a la víctima. Después, puede haber denuncias judiciales, entonces el caso también pasa a la justicia. Ambos campos conviven en ese caso.

—¿Cuán preparada está la justicia argentina para recibir casos de abusos a menores?

—A la justicia, en mi opinión y con la experiencia que tengo, todavía le falta mucho. Por varias cuestiones. La justicia está atravesada por lo mismo que estamos atravesados en la sociedad civil: el machismo, la idea religiosa de la familia -las iglesias aún sostienen un ideal que no es el que encontramos en los casos de familias donde hay un abusador-. Y lo primordial acá es que, para el chico, el paso por la justicia no sea una nueva tortura. Los profesionales del derecho, y los que están rodeando al poder judicial pero que no son estrictamente del derecho, como los psicólogos y los trabajadores sociales, deben entender que el chico está en un estado de vulnerabilidad absoluta. Entonces, ¿qué hacer? Primero, hay que creerle al chico…

—Distintos especialistas han venido marcando que no se le cree al niño o a la niña cuando denuncia el abuso. No se cree en la palabra de la víctima. ¿Esto es así?

—Ocurre. Y a veces ocurre dentro de la familia también, porque no es conveniente creer que el tío fulano es el que abusó del niño. ¿Pero por qué un chico pasaría por esa situación tan tortuosa, que le da tanta vergüenza, mintiendo? No tiene sentido. Para el único que puede tener sentido que sea una mentira es para el adulto, por algún tipo de conveniencia: el machismo, la construcción de la familia, la ignorancia. Y ya no podemos permitir la ignorancia en el poder judicial.

Se tiende a hacer excesivas pruebas con el chico hasta encontrar una demostración de que el abuso sucedió. Y lo cierto es que no hay demostración más cabal de un abuso que un chico exponiéndose a que le crean que fue víctima de esta situación. Esto refleja que las estadísticas nada tienen que ver con la cantidad de abusos que ocurren. Son más los abusos, menos las consultas clínicas por estos abusos y aún menos las denuncias judiciales. Se deja un escenario de impunidad para el abusador, a los menores en riesgo y a las víctimas sin ayuda clínica.

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—¿Cuáles son los obstáculos más frecuentes con los que una víctima se topa al momento de decidir si contar que fue abusado?

—Los obstáculos más frecuentes son, primero, la sociedad. Que la sociedad -su familia, por ejemplo- le crea. El segundo es la situación económica, porque aun cuando le creyeran, no existen los recursos necesarios para dar contención y apoyo a esa familia: un abogado, un profesional de la salud. La familia también necesita un tratamiento para recomponerse, para resignificar: hay un miembro de la familia, que es el abusador, al que no se va a mirar como se lo miraba antes, no se lo va a entender como antes, y entonces hay que resignificarlo todo. Y después, como decíamos, las formas de proceder en la justicia, que tienen que corregirse. También los profesionales de la salud necesitamos tener la formación suficiente. En todos los ámbitos en los que el chico necesariamente pasa en la infancia, los que trabajamos con esto podemos ayudar, formar. Y no está ocurriendo eso. Es lamentable, porque se van perdiendo posibilidades de ayudar al chico a tiempo.

—¿En las escuelas se trabaja en eso?

—El abuso no se trabaja en las escuelas. Apenas se trabaja en formación sexual. Los programas no se llevan adelante como se debería. Se da, por ejemplo, más anatomía que sexualidad, y nada que tenga que ver con el abuso.

—¿Hacia dónde crees que vamos, como sociedad, respecto de asumir el abuso sexual como una problemática? ¿El panorama es tan desolador?

—Creo que hay algo que institucionalmente va cambiando. La Iglesia Católica, por ejemplo, ha empezado a denunciar en algunos casos a los curas abusadores. Se está visibilizando. En una escuela primaria pública, una vez, una niña le contó a la bibliotecaria que la estaban abusando. Y fue esa bibliotecaria, que no tenía ningún tipo de formación, la que puso a la luz esta situación. Entonces no hace falta a veces tener una gran formación, sino entender que esto existe. Creerle al niño. Son cuestiones muy sencillas y básicas.

La sociedad está atravesada por la violencia, pero la violencia sobre los niños siempre está agravada porque son los más vulnerables, los que no tienen cómo protegerse. Entonces, yo siempre digo que hay que dudar de aquellos roles de cercanía al niño, de cuidado: hay que poder acercarse a la verdad con mayor valentía. No sostener al docente porque es docente, ni al padre porque es el padre, ni a los tíos porque son los tíos. Es decir, no los roles sino las personas y los vínculos.

—¿Y cuáles deberían ser las prioridades del estado para abordar el tema con eficacia?

—El Estado, en tanto tal, debe hacerse cargo de que existe una población de niños abusados, de adultos que han sido abusados, y de que existe una población de abusadores. Esto implica que tiene que haber un recorrido de contención sobre la víctima, definir cuál va a hacer el curso con el abusador, porque la cárcel sola tampoco basta; suelen abusar sistemáticamente. Se necesita, entonces, una planificación. Por otro lado, debería haber mayor formación. Cátedras en las universidades; que los profesionales salgan formados desde el título de grado.

Asimismo, falta que se incentive a las familias a hacer la denuncia. Algunas familias dicen "No quiero exponer al chico": el chico ya estuvo expuesto en la situación de abuso. Entonces todo lo que se haga luego es una forma de reparación de esa exposición, de ese daño. Hay que hacer la denuncia, y hay que llevar al chico a que tenga consultas para que psíquicamente pueda seguir el curso de su desarrollo de la mejor forma posible.

Como profesional, veo que los chicos tratados avanzan. Hay que confiar en ellos. Se pueden recuperar. Nunca lo van a borrar de sus vidas, esas marcas no se olvidan, pero sí se puede tener otra calidad de vida.