
En medio de las montañas del sur de San José y Cartago, donde las fuentes de agua nacen entre bosques y comunidades rurales, un grupo de mujeres encontró una forma de unir el esfuerzo familiar con la protección del ambiente.
Sus manos, dedicadas durante años al trabajo del campo, hoy también son responsables de cultivar árboles que tendrán una misión: proteger el recurso hídrico que abastece a miles de personas.
Son jefas de hogar de comunidades como Bijagual de Acosta y Carrizal de León Cortés, quienes desde sus propios viveros trabajan en un proceso que inicia mucho antes de que un árbol llegue al terreno donde será sembrado.
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La historia comienza con la recolección de semillas, continúa con la preparación de la tierra y culmina con el cuidado constante de pequeñas plantas que, con el tiempo, se convertirán en parte de los esfuerzos de reforestación y conservación de zonas estratégicas.
Solo durante este año, estas mujeres aportarán más de 7,000 árboles a las acciones de protección de fuentes de agua impulsadas por Coopesantos, una labor que combina desarrollo económico, conservación ambiental y fortalecimiento de las comunidades rurales.

“Detrás de cada árbol hay mujeres comprometidas con sus familias, sus comunidades y el cuidado del agua. En Coopesantos, desde nuestra esencia, mantenemos un firme compromiso con la protección de los ecosistemas que hacen posible el acceso al agua para miles de personas”, afirmó Mario Patricio Solís, gerente general de Coopesantos.
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El trabajo forma parte del Programa de Protección del Recurso Hídrico de Coopesantos, una iniciativa que nació en 2002 como respuesta a la necesidad de conservar las fuentes de agua y proteger los ecosistemas que rodean las comunidades.
A través de este programa se desarrollan acciones de reforestación, recuperación de áreas afectadas por la actividad humana y adquisición de árboles producidos por mujeres emprendedoras de la región.
Estas especies son posteriormente utilizadas en terrenos adquiridos por la Cooperativa y administrados mediante convenios con las Asociaciones Administradoras de Sistemas de Acueductos y Alcantarillados Comunales (ASADAS), organizaciones encargadas de gestionar el agua potable en muchas comunidades rurales del país.
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Una semilla que también representa una oportunidad
En Bijagual de Acosta, las integrantes de la Asociación Apícola de Mantenimiento de los Recursos Naturales encontraron en la producción forestal una nueva oportunidad para fortalecer sus hogares y aportar a la protección del entorno.
Entre sus actividades diarias no solo está el cuidado de los viveros, sino también otras labores relacionadas con el desarrollo rural. Cada árbol representa horas de trabajo, paciencia y compromiso con un propósito que va más allá de la venta de una planta.
“Este trabajo representa una fuente de ingreso para nuestras familias. Saber que los árboles que producimos van a llegar a diferentes partes del país es una satisfacción muy grande para nosotras, porque sentimos que estamos aportando algo importante para las familias, la comunidad y el ambiente”, explicó Ema Hidalgo Parra, presidenta de la Asociación Apícola de Mantenimiento de los Recursos Naturales de Bijagual de Acosta.
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La misma historia se repite en Carrizal de León Cortés, donde otro grupo de mujeres participa en la producción de especies forestales destinadas a recuperar cobertura boscosa en zonas importantes para la protección de nacientes.
Cada árbol cultivado representa una acción concreta frente a la pérdida de bosques y al deterioro de áreas naturales. Especies como Sota Caballo, Manzana Rosa, Corteza Amarillo, Laurel, Guachipelín, Roble Sabana y Guijarro forman parte de este esfuerzo que busca devolver vida a terrenos que requieren recuperación.
Durante los últimos seis años, el programa ha permitido sembrar más de 75,000 árboles en zonas estratégicas de cantones como Dota, Tarrazú, León Cortés, Acosta, Aserrí, Desamparados, Mora, Central Cartago y El Guarco.
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Pero detrás de esas cifras hay historias personales: mujeres que encuentran en la tierra una fuente de ingresos, una forma de apoyar a sus familias y una manera de dejar una huella positiva en sus comunidades.

La producción forestal se convirtió así en mucho más que una actividad económica. Es un vínculo entre mujeres rurales, naturaleza y comunidades que dependen del agua para sus hogares, sus actividades productivas y su futuro.
En cada árbol que crece hay una historia de esfuerzo silencioso: manos que sembraron, cuidaron y esperaron. Mujeres que entendieron que proteger un bosque también significa proteger la vida de quienes vienen detrás.
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