
Los dos agentes de tránsito apostados en la entrada a la zona conocida como "La Frontera" no podían creer lo que veían venir a 30 metros. No era la primera vez. Y sabían que no sería la última, al menos este verano. Pero así y todo, los invadió el estupor cuando hicieron frenar a la pequeña conductora que apareció sola por la avenida Del Libertador a bordo de un cuatriciclo y le preguntaron la edad: "Diez años", contestó ella, sin demasiada noción de su status de infractora. Cuando le explicaron que le tenían que sacar el vehículo, la niña ni lloró ni se angustió. "Ok, llamo a mi papá", les dijo a los inspectores viales. Y a los 15 minutos, el papá apareció y se fueron juntos en la camioneta familiar.
Estas escenas son cotidianas en Pinamar, especialmente durante la tarde, y sobre todo en el límite norte de la ciudad, donde se acaban las casas y los balnearios, y los médanos se convierten menos en una atracción natural que en una pista del rally Dakar (y la orilla parece una exposición de camionetas 4×4 y motos de agua). Es que miles de cuatriciclos entran a esa zona cada día. Y al atravesar esa frontera, ingresan en territorio de nadie. Mejor dicho, se meten en terrenos privados donde el Estado y sus organismos de control no tienen acceso. Y allí abandonan el casco y los mayores entregan los "bichos" a los que no tienen edad para manejarlos.

En diciembre pasado, Hernán Robert, un marplatense de 30 años, murió en esos mismos médanos cuando intentaba dar un salto con su cuatriciclo. En enero de 2014 perdió la vida un nene de 10 años en circunstancias similares. En 2012 le tocó a un rosarino de 23 años. Y a fines de enero de 2011, un chiquito de seis atropelló a otro de cuatro. El problema se repite cada año; gira sobre sí mismo como un perro que se muerde la cola.
Este verano, la situación es más grave. A diferencia de 2017, esta vez no se ven en el ingreso a la zona de "La Frontera" ni a los Bomberos Voluntarios, ni el trailer de primeros auxilios, con médicos y enfermeros. Apenas tres agentes de tránsito (dos de la Agencia Nacional de Seguridad Vial y uno municipal) trabajan para controlar los cientos de cuatriciclos que circulan allí por día y que se meten para saltar por alrededor de cerca de 40 médanos vivos.

"Nosotros chequeamos que lleven el casco puesto y que tengan los papeles correspondientes. Pero eso es acá; apenas se meten en los médanos no hay forma de controlarlos", explica extraoficialmente a Infobae uno de los inspectores, quien además apunta a la responsabilidad de los usuarios: "La nena que paramos ayer no llegaba al pedal del freno. Hay otros que les pedís que usen casco y te putean". Muchos conductores sufren lesiones graves o mueren por el golpe que se dan en el pecho con el manubrio. Pero las exigencias no incluyen llevar la pechera protectora. Quien no la tiene no es multado (los castigos por violar alguna norma ascienden a unos 25 mil pesos, más el acarreo).
Los controles arrancan a las 12 y terminan a las 20. A la mañana el acceso es "libre", para un parque que se calcula en más de 6.000 vehículos de este tipo. El Estado no puede entrar en el territorio privado. Aunque en 2011, por ejemplo, tras el incidente entre los niños, la Policía Bonaerense junto a la ANSV salió a patrullar los médanos, especialmente una zona conocida como La Hoya, para prevenir y concientizar.
Desde 2016 una ordenanza municipal prohíbe la circulación de vehículos a motor por la playa. Pero resulta que los médanos del norte no son "la playa". "Ahí es un descontrol", sintetiza uno de los agentes de tránsito. En el camino hacia ese territorio "negro" de 25 kilómetros cuadrados no hay carteles ni campañas de prevención pero, paradójicamente, sí marcas de autos que publicitan sus productos.

Cerca de los paradores "El Límite" o "El Más Allá", los conductores de cuatriciclos saben que pueden ir relajados y todo depende de lo precavidos que sean.
En el Municipio, sin embargo, sostienen que sí hay controles, aunque en el recorrido para esta nota Infobae no los encontró, ni fueron mencionados por los agentes apostados sobre Del Libertador. "Son los mismos que el año pasado. Estamos tanto en Pinamar como en Cariló. Los médicos y paramédicos están adentro de La Frontera, en camionetas 4×4, y tenemos controles para evitar accidentes", explicó Sebastián Manrique, director de Tránsito del Municipio, quien reconoció que esta vez no hay Bomberos y que llegó menos personal de la ANSV.

A pocos días de iniciada la temporada de verano 2018, en Pinamar aún no tienen estadísticas de infracciones y secuestros de cuatriciclos, pero Manrique calcula que "se levantan entre cinco y diez por día" en el ingreso a "La Frontera". Según explica, la mayor imprudencia es la falta de alguna documentación y del casco, aunque en este caso "cada año son menos los infractores porque la gente va aprendiendo".
A decir de la forma en que se repite el problema, los usuarios parecen los principales responsables de cuidar su propio cuerpo. En el Municipio no hay planes de prohibir la circulación en esos terrenos privados. "Nosotros queremos que la gente siga viniendo a veranear a Pinamar, les exigimos y les pedimos el casco, pero no podemos decirles que no usen más sus cuatriciclos, si a eso vienen", comentó a este medio un funcionario local.
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