
La Argentina también está frente a otra oportunidad. El crecimiento de las clases medias en todo el mundo, en particular en Asia, con economías complementarias a la nuestra, representa una posibilidad histórica para nuestro despegue productivo. Sin embargo, la oportunidad depende más de nosotros mismos que de lo que pase a nuestro alrededor. Los misteriosos caminos del progreso no se surcan alineando los planetas macroeconómicos, sino generando políticas de Estado coherentes y consecuentes en el tiempo.
El mundo y la historia no pueden ser la excusa de nuestro naufragio. En las últimas décadas, varias veces el contexto internacional fue favorable a nuestros intereses. Contamos con el impulso del célebre "viento de cola" y, aun así, la Argentina no ha hecho más que experimentar con distintas fórmulas económicas durante las más de tres décadas de vida en democracia. La socialdemocracia alfonsinista y sus ansias de Estado de Bienestar; el neoliberalismo menemista y la convertibilidad; el populismo kirchnerista con cepos y grietas insalvables… todos fallidos ideológicos que chocaron el país una y otra vez, desaprovechando las oportunidades otorgadas por las condiciones externas favorables o agravando, en el peor de los casos, las consecuencias de un escenario internacional adverso para nuestro país. Nuestros vecinos son la prueba de esto. Chile, Perú, Colombia e incluso Bolivia han apostado por reglas claras y encontraron la estabilidad económica y política sobre la que construyeron los cimientos para el crecimiento. La Argentina, en cambio, parece congelada siempre en el puro presente.
Pero el mundo cambia todo el tiempo, y los países inteligentes —bien gestionados— no ignoran esto sino que lo aprovechan, haciéndose fuertes en las épocas buenas para asimilar los golpes en las malas. Y la verdad es que no hay fórmulas secretas para lograrlo. Alain Peyrefitte sugiere de forma brillante que el desarrollo de los países no puede ser explicado unívocamente por sus condiciones geofísicas, su dotación de recursos naturales o su infraestructura, sino que el ingenio, las iniciativas y las posturas mentales de los hombres son lo que realmente hace la diferencia y marca el rumbo del porvenir. Su hipótesis central es que el motor del desarrollo radica, en última instancia, en la confianza otorgada a la iniciativa personal, a la libertad exploratoria y la inventiva, a una libertad con contrapartidas y deberes. Peter Diamandis y Steven Kotler agregan que, cuando vemos a través de los lentes de la tecnología, pocos recursos son realmente escasos, resultan, más bien, inaccesibles.
Dentro de una generación, a través del avance de las nuevas tecnologías exponenciales (redes, sensores, inteligencia artificial, robótica, biotecnología, nanotecnología, impresiones 3D e ingeniería biomédica), vamos a poder proveer bienes y servicios, antes reservados para unos pocos, a cualquiera que los necesite. Habrá abundancia para todos.
Los líderes argentinos pueden observar las últimas estadísticas mundiales de innovación tecnológica en busca de inspiración. Ellas revelan que, pese al progreso realizado por varios países de América Latina, la brecha entre los países asiáticos y los latinoamericanos se sigue ampliando. Las nuevas cifras de la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos muestran que los países asiáticos aumentaron la cantidad de patentes registradas un 73 por ciento en los últimos diez años mientras que los países de América Latina lo hicieron tan solo en un 34 por ciento. En números totales, esto se expresa en que, en 2015, los países asiáticos registraron casi 80.000 patentes de nuevos productos en Estados Unidos, mientras que todos los países latinoamericanos juntos registraron algo más de quinientas.

Pese a la entrada de China en el campo de juego, persiste la brecha en materia de innovación entre los países desarrollados y los países en desarrollo, en un contexto de creciente concientización entre los responsables políticos acerca de la importancia crucial de fomentar la innovación para tener economías dinámicas y competitivas. Por ejemplo, Corea del Sur, un pequeño país que cinco décadas atrás era más pobre que todas las naciones sudamericanas, registró 13.000 patentes en 2015, una aplanadora comparadas con las 230 de Brasil, las 115 de México y las 50 de la Argentina. Los países asiáticos se mueven muy rápido y han seguido una trayectoria común que generó economías muy dinámicas, con crecimiento permanente y disminución de las tasas de desempleo y pobreza: mano de obra barata, aumento de la productividad que supone una mejora de salarios y producción de bienes más sofisticados que redunda en mejores puestos de trabajo. Nada de eso ha sido casual ni espontáneo.
En primer lugar, los países asiáticos invierten fuertemente en investigación y desarrollo de nuevas tecnologías y productos. Países como Japón y Corea del Sur otorgan alrededor del 3,5 por ciento de su Producto Bruto Interno (PBI) a investigación y desarrollo. El mundo, en promedio, invirtió el 4 por ciento con el mismo destino. Para la Argentina, que invierte el 0,6 por ciento, esas cifras podrían ser una referencia. Por otro lado, en Asia la mayor parte de la investigación y el desarrollo está en manos de empresas privadas, naturalmente más capacitadas que el Estado para actuar en el mercado de capitales. Este reparto racional y eficiente de capacidades entre el mercado y el Estado también podría ponerse en marcha en nuestro país, donde el Estado tiene una presencia abrumadora pero no necesariamente efectiva. Las universidades asiáticas también se destacan por producir casi cinco veces más de ingenieros y científicos que las universidades latinoamericanas.
En lo más alto de la lista del Índice Mundial de Innovación de 2016, cuatro economías —Japón, Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania— se destacan por la calidad de la innovación, un indicador que tiene en cuenta el nivel de las universidades, el número de publicaciones científicas y la cantidad de solicitudes internacionales de patente. Un hecho a destacar es la entrada de China en la lista de las veinticinco economías más innovadoras, lo que supone la primera vez que un país de ingresos medianos se une a las economías altamente desarrolladas que, históricamente, han dominado los puestos más altos.
Invertir en innovación es fundamental para impulsar el crecimiento económico a largo plazo. Veremos que, para lograrlo, las economías deben centrarse en la educación y en la investigación para competir con éxito en un mundo globalizado que se transforma sin pausa.
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