
Hace unos 2,5 millones de años, en los acantilados que hoy bordean Miramar, vivía un depredador de cerca de 100 kilos con una anatomía hecha para sujetar a sus presas. Su nombre es Pampaluctor calibar y acaba de ser presentado como una nueva especie: es el tilacosmílido —un pariente extinto y lejano de los marsupiales— más reciente conocido hasta ahora.
El animal no era un felino, aunque sus grandes caninos le daban el aspecto de un “dientes de sable”. Pertenecía a los tilacosmílidos, un grupo de mamíferos metaterios sudamericanos que se extinguió.
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La descripción formal, publicada en la revista Alcheringa: An Australasian Journal of Palaeontology, permite ubicarlo en un momento decisivo para la fauna del continente: la transición entre el Plioceno tardío y el Pleistoceno temprano.
La investigación fue realizada por especialistas del CONICET y del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, con participación del Museo Municipal Punta Hermengo de Miramar y de instituciones de Gualeguaychú, Entre Ríos. El estudio fue firmado por Eric N. del Campo, Federico L. Agnolín, Nicolás R. Chimento, Daniel Boh, Mariano Magnussen y Francisco De Cianni.
Un fósil recuperado en una barranca costera
Los primeros restos fueron advertidos en 2013 en un afloramiento de la Formación Vorohué, al norte de Miramar, pero las dificultades para acceder a la barranca demoraron su recuperación hasta 2016. Años de preparación y análisis permitieron determinar que pertenecían a un género y una especie hasta entonces desconocidos.
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El hallazgo cobra importancia por la cantidad de material preservado. En vez de un diente o un hueso aislado, los paleontólogos recuperaron un esqueleto postcraneal parcial, es decir, restos de la parte del cuerpo situada detrás del cráneo. Entre ellos hay seis vértebras del cuello, fragmentos de la escápula, el húmero y el radio derechos, buena parte del fémur izquierdo, una porción de tibia y dos vértebras de la cola.
Ese conjunto permitió calcular el tamaño del animal y comparar sus huesos con los de otros carnívoros fósiles. La masa estimada ronda los 100 kilogramos, una dimensión que lo sitúa entre los grandes depredadores mamíferos registrados en América del Sur.
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Sus patas delanteras dan pistas sobre cómo cazaba
El nombre Pampaluctor combina una referencia a la región pampeana con la palabra latina luctor, vinculada a la lucha o el forcejeo. La elección encaja con una de las señales más visibles de su anatomía: sus extremidades anteriores eran robustas y estaban adaptadas para el agarre, mientras que las posteriores eran más cortas.
Los autores plantean que esa combinación habría favorecido una caza basada en inmovilizar a la presa en el suelo antes de morderla. La idea se apoya en la forma de sus huesos, no en una observación directa de su conducta: el esqueleto aporta indicios biomecánicos sobre una especie desaparecida hace millones de años.
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El parecido con los felinos de dientes de sable puede resultar engañoso. Smilodon, por ejemplo, pertenecía a los mamíferos placentarios y estaba emparentado con los felinos actuales.
Pampaluctor calibar, en cambio, era un metaterio, un linaje más próximo a los marsupiales. Sus rasgos similares son un caso de evolución convergente, cuando grupos distantes desarrollan soluciones anatómicas parecidas frente a desafíos similares.

El último registro de un linaje sudamericano
El análisis evolutivo del trabajo coloca a Pampaluctor como grupo hermano de Thylacosmilus, uno de los metaterios de dientes de sable más conocidos del registro sudamericano. Sin embargo, Pampaluctor era de mayor tamaño y presenta diferencias en sus extremidades que amplían la diversidad conocida dentro de la familia.
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Su edad geológica es el dato central. Los niveles de la Formación Vorohué donde apareció corresponden a hace alrededor de 2,5 millones de años, por lo que constituye el registro más joven de un tilacosmílido y de un esparasodonto antes de la desaparición del grupo.
En ese período se desarrollaba el Gran Intercambio Biótico Americano, un proceso en el que especies de América del Norte y América del Sur comenzaron a dispersarse entre ambos continentes. Pampaluctor convivió con los nuevos carnívoros que llegaban al sur, una coexistencia que ayuda a reconstruir los cambios de la fauna regional antes de la extinción de los grandes depredadores metaterios.
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Las barrancas de Miramar conservan, así, un tramo tardío de esa historia. El fósil muestra que los cazadores nativos de dientes de sable aún estaban presentes en la llanura bonaerense cuando el elenco de mamíferos del continente ya se transformaba.
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