
Mover un brazo, dar un paso o sostener un vaso parece algo automático. Sin embargo, detrás de cada movimiento hay un circuito nervioso que envía órdenes precisas desde el cerebro hasta los músculos. Entre ellas, un tipo muy específico cumple un rol central: las neuronas corticospinales. Cuando estas células se dañan o mueren, el cuerpo pierde progresivamente la capacidad de moverse.
Ahora, investigadores de la Harvard University lograron algo que durante años fue un desafío para la neurociencia: generar en el laboratorio este subtipo neuronal con características funcionales completas.
El estudio, publicado en la revista eLife, abre nuevas posibilidades para investigar enfermedades como la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y las lesiones medulares graves, trastornos para los que aún no existe una cura definitiva.
Las neuronas que conectan el cerebro con el cuerpo
Las neuronas corticospinales actúan como una especie de “cables principales” del sistema nervioso. Se originan en la corteza cerebral —la parte del cerebro asociada al pensamiento y la planificación— y envían prolongaciones largas llamadas axones hasta la médula espinal. Desde allí, la señal continúa hacia los músculos.

En enfermedades como la ELA, estas neuronas se degeneran de forma progresiva. El resultado es una pérdida gradual de fuerza y control motor. Algo similar ocurre cuando una lesión medular interrumpe las conexiones entre el cerebro y el cuerpo.
Uno de los grandes obstáculos en este campo es que el sistema nervioso central tiene una capacidad muy limitada para regenerarse. A diferencia de la piel o la sangre, que pueden renovarse con mayor facilidad, el cerebro y la médula espinal no reemplazan fácilmente las neuronas perdidas.
Por eso, poder producir este tipo de células en el laboratorio representa una herramienta fundamental para entender qué falla y cómo podría repararse.
El desafío de fabricar el tipo correcto de neurona
El equipo liderado por Jeffrey Macklis trabajó con células progenitoras NG2, presente en la corteza cerebral adulta. En condiciones normales, estas células generan oligodendroglía, es decir, células de soporte que ayudan a proteger y recubrir las neuronas. No suelen transformarse en neuronas. Los investigadores se preguntaron si era posible “reprogramarlas” para que cambiaran de identidad.
Para lograrlo, aplicaron una combinación muy precisa de señales químicas. Algunas activaban programas celulares relacionados con el desarrollo embrionario, mientras que otras bloqueaban rutas que impedían la diferenciación neuronal. En términos simples, encontraron la secuencia correcta de instrucciones para que las células adoptaran una nueva función.

Según explicó Macklis, tras la intervención, las células comenzaron a enviar axones largos y a comportarse como neuronas corticospinales reales. Análisis posteriores confirmaron que no solo tenían la forma adecuada, sino también perfiles genéticos y características funcionales similares a las naturales.
Es como si hubieran logrado reconstruir una pieza muy específica de un circuito eléctrico complejo, respetando su diseño original.
Por qué este avance es importante
Contar con neuronas corticospinales producidas en laboratorio permite estudiar con mayor precisión cómo se deterioran en enfermedades como la ELA. Como señaló el investigador Kadir Ozkan, cada tipo de neurona puede reaccionar de manera distinta ante una mutación genética. Por eso, trabajar con el subtipo correcto es clave para comprender los mecanismos de la enfermedad.
Además, estas células podrían utilizarse para probar fármacos de manera más específica y evaluar posibles estrategias terapéuticas en un entorno controlado.
En el futuro, este tipo de tecnología podría contribuir tanto a terapias de trasplante como a métodos que estimulen la regeneración directamente en el cerebro del paciente. Sin embargo, los propios investigadores advierten que aún se trata de una etapa inicial.
Un primer paso hacia la medicina regenerativa

Por ahora, la técnica se validó únicamente en cultivo celular. El equipo planea avanzar hacia estudios en modelos animales antes de considerar aplicaciones clínicas en humanos.
Hari Padmanabhan, también coautor principal, explicó que el método todavía puede optimizarse en términos de dosis y tiempos de exposición a las señales químicas. Es decir, funciona, pero requiere ajustes adicionales.
Aun así, el logro marca un punto importante: demuestra que es posible generar en el laboratorio un subtipo neuronal altamente específico que durante mucho tiempo resultó difícil de obtener.
En un campo donde la regeneración del sistema nervioso ha sido uno de los mayores desafíos, este avance no representa una solución inmediata, pero sí una herramienta poderosa para entender mejor las enfermedades neurodegenerativas y explorar caminos hacia su tratamiento.
Si el cerebro es una red compleja de conexiones, este estudio muestra que ya es posible reconstruir algunas de sus piezas fundamentales fuera del cuerpo. Y en ciencia, muchas veces, ese es el primer paso para imaginar nuevas formas de reparación.
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