
Según los últimos datos difundidos por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la enfermedad de Alzheimer representa entre el 60% y el 70% de los 57 millones de casos de demencia registrados en el mundo. Esto implica que entre 34 y 40 millones de personas conviven actualmente con esta patología, la forma más frecuente de deterioro cognitivo a nivel global.
En este escenario, uno de los grandes desafíos de la medicina es comprender con mayor precisión cómo progresa el daño cerebral y qué funciones se conservan a lo largo del tiempo.
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Evaluar el nivel de conciencia en personas con Alzheimer no siempre resulta sencillo: la enfermedad afecta la memoria, la atención y la capacidad de interpretar el entorno, y muchos de estos cambios no se reflejan claramente en los estudios tradicionales.

Un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston desarrolló una técnica experimental que permite observar cómo reacciona el cerebro ante ciertos estímulos y, a partir de esa respuesta, estimar el grado de organización de su actividad interna. El avance podría facilitar el seguimiento de la enfermedad y contribuir a detectar cambios en etapas más tempranas.
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Cómo funciona la técnica
El estudio fue liderado por Andrew Budson, profesor de neurología y jefe del área de Neurología Cognitiva y del Comportamiento, junto con la investigadora Brenna Hagan. Los resultados fueron publicados en la revista científica Neuroscience of Consciousness.
La metodología combina dos herramientas no invasivas. Por un lado, se aplica una estimulación magnética suave sobre el cuero cabelludo, capaz de activar pequeñas zonas del cerebro. Por otro, se registra la respuesta mediante un electroencefalograma (EEG), un estudio que capta la actividad eléctrica de las neuronas, las células que transmiten información dentro del sistema nervioso.

En términos simples, los científicos “estimulan” al cerebro y observan cómo se propaga esa señal. Analizan cuántas áreas se activan, cómo se conectan entre sí y qué tan organizada es esa respuesta. Cuanto más coordinada y amplia es la reacción, mayor es el nivel de integración del funcionamiento cerebral.
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De este análisis surge un indicador llamado índice de complejidad de perturbación (PCI-ST). Puede pensarse como una medida del “grado de conversación” entre distintas regiones del cerebro cuando reciben un estímulo.
Esta herramienta ya se había utilizado en personas en coma o con trastornos severos de la conciencia. La novedad del trabajo es su aplicación en pacientes con Alzheimer.
Qué observaron en los pacientes

En el estudio participaron 28 personas con diagnóstico de Alzheimer y 27 voluntarios sanos. A todos se les aplicó el mismo procedimiento de estimulación y registro de la actividad cerebral, lo que permitió comparar cómo reaccionaba el cerebro en ambos grupos.
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La diferencia principal apareció en el nivel de complejidad de la respuesta cerebral. En las personas con Alzheimer, la actividad generada por el estímulo fue más limitada, menos organizada y con menor coordinación entre distintas áreas del cerebro. En los voluntarios sanos, en cambio, la señal se expandió de forma más amplia y sincronizada, lo que indica una mayor integración entre las distintas regiones cerebrales.
Para los investigadores, este dato es relevante porque la conciencia no depende de una sola zona del cerebro, sino de la capacidad de múltiples áreas para comunicarse y trabajar de manera coordinada. Cuando esa red se vuelve menos integrada —como ocurrió en los pacientes con Alzheimer—, también puede verse afectada la forma en que la persona percibe, procesa y responde a lo que ocurre a su alrededor.
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Las diferencias se detectaron incluso en regiones vinculadas al movimiento y al procesamiento sensorial, lo que refuerza la idea de que el deterioro no se limita únicamente a la memoria, sino que compromete la organización general de la actividad cerebral que sostiene la experiencia consciente.
Según el equipo, esta medición permite estimar de manera más objetiva cómo se ve alterada la conciencia a lo largo de la enfermedad, aun cuando algunas habilidades prácticas o rutinas cotidianas todavía parecen preservadas.
Qué funciones se afectan y cuáles se conservan
El Alzheimer provoca un deterioro progresivo de funciones como la memoria consciente, la atención, la planificación y la toma de decisiones. Con el avance de la enfermedad, estas dificultades impactan en la autonomía y en la vida diaria.
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Sin embargo, no todas las capacidades se pierden al mismo ritmo. En etapas iniciales y medias, muchas personas conservan la llamada memoria implícita, que permite realizar acciones de forma automática, como caminar, comer o vestirse, sin necesidad de pensarlo paso a paso.
Budson explicó que esta preservación parcial ayuda a sostener rutinas y cierta independencia. El problema aparece cuando el entorno cambia —por ejemplo, una mudanza o una internación—, ya que la falta de referencias conocidas puede generar confusión, ansiedad y desorientación.
Para qué podría servir este avance
Los especialistas señalan que esta técnica podría convertirse en una herramienta útil para:
- Seguir con mayor precisión la evolución del deterioro cognitivo.
- Detectar cambios cerebrales antes de que aparezcan síntomas evidentes.
- Evaluar mejor el impacto real de tratamientos médicos.
- Diseñar estrategias de cuidado adaptadas a las capacidades que aún se conservan.

Por su parte, Hagan destacó que algunos medicamentos actuales pueden mejorar parcialmente ciertas funciones cognitivas, pero que contar con indicadores cerebrales más objetivos permitiría medir mejor sus efectos.
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Además, las intervenciones no farmacológicas —como la estimulación cognitiva, las rutinas estructuradas o la terapia ocupacional— podrían optimizarse si se comprende con mayor claridad qué circuitos cerebrales siguen activos.
Desde la Universidad de Boston aclaran que se trata de una etapa inicial de investigación. Los próximos pasos incluyen ampliar los estudios a otras formas de demencia y evaluar si este indicador puede anticipar cambios clínicos antes de que sean visibles en la conducta.
Comprender con mayor detalle cómo responde el cerebro en las distintas etapas del Alzheimer podría ayudar a mejorar el diagnóstico, el seguimiento y la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo.
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