
En un laboratorio del Scaife Hall, en la Universidad de Pittsburgh, la doctora Julia Kofler examina un cerebro humano en busca de señales de enfermedades que solo pueden diagnosticarse con certeza tras la muerte. Este órgano forma parte de los cerca de 2.000 que han pasado por el Banco de Cerebros Neurodegenerativos de Pittsburgh, pionero en Estados Unidos desde 1985 y clave para comprender patologías como el Alzheimer y la encefalopatía traumática crónica (CTE).
Según The Pittsburgh Post-Gazette, la donación de cerebro se consolidó como un recurso indispensable para el avance de la neurociencia, aunque el procedimiento y sus implicancias siguen siendo desconocidos para muchas familias.
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Criterios para la donación y selección de cerebros
El Banco de Cerebros de la Universidad de Pittsburgh, bajo la dirección de Kofler, se convirtió en centro de referencia en el estudio de enfermedades neurodegenerativas.
Desde su inicio reunió cerebros de personas de 1 a 105 años y, en los últimos años, amplió su alcance con la creación del National Sports Brain Bank, enfocado en la investigación de la CTE, una afección vinculada a traumatismos repetidos en la cabeza y frecuente en exdeportistas profesionales.
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Esta expansión impulsó el debate sobre la donación cerebral entre personas jóvenes y sanas, además de promover la incorporación de nuevos perfiles de donantes.
No cualquier persona puede donar su cerebro a la ciencia en Pittsburgh. El banco prioriza a pacientes de neurología del UPMC, participantes en ensayos clínicos de la universidad, personas tratadas recientemente por Alzheimer, portadores de variantes genéticas específicas y miembros de minorías raciales poco representadas.
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Además, aceptan donantes con antecedentes en deportes de contacto, especialmente si expresaron su interés y proporcionaron datos mientras vivían. La selección obedece a criterios científicos y limitaciones presupuestarias, ya que procesar cada cerebro requiere recursos y un equipo disponible las 24 horas.
“Odio rechazar a alguien, pero debemos priorizar los casos con mayor relevancia para la investigación”, explicó Kofler a The Pittsburgh Post-Gazette. Cada año, el banco procesa cerca de 100 cerebros, de los cuales aproximadamente la mitad cumple el protocolo completo para ser incorporados a la colección principal. El resto se destina a investigaciones específicas o a organizaciones externas.
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El proceso de donación y análisis cerebral

El proceso de donación comienza tras el fallecimiento del donante, cuando el equipo del banco contacta a la familia para obtener el consentimiento definitivo, incluso si la persona ya había manifestado su voluntad en vida.
La extracción del cerebro se realiza cuidadosamente, permitiendo a la familia optar por un funeral con ataúd abierto si lo desean. El órgano se divide en dos hemisferios: uno se congela a -110℃ (-166℉) para estudios futuros y el otro se fija en una solución especial para su procesamiento en láminas microscópicas.
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El análisis inicial identifica anomalías visibles como reducción de tamaño en casos de demencia, lesiones por infartos cerebrales o acumulaciones de grasa y colesterol. Enfermedades como el Parkinson muestran signos claros, como la pérdida de color en la sustancia negra.

Posteriormente, el cerebro se corta en secciones y se extraen al menos 24 muestras de distintas regiones, entre ellas el hipocampo y los ganglios basales. Las muestras pasan por un proceso de deshidratación, encapsulado en bloques de parafina y corte en láminas de apenas seis micras de grosor, que son teñidas para facilitar su análisis.
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Es en estas láminas donde los patólogos, como Kofler, identifican patrones de proteínas tau y diagnostican Alzheimer, CTE o envejecimiento cerebral normal. Cada cerebro genera cientos de láminas, que Kofler revisa detalladamente, incluso fuera del horario laboral, según relató a The Pittsburgh Post-Gazette.
Más allá del diagnóstico: impacto e innovación
Las familias reciben un informe con los diagnósticos y el estadio de las enfermedades presentes. Muchas desconocen que es común encontrar varias patologías cerebrales en una misma persona mayor. Un caso reciente, citado por Kofler, demostró que el meteorólogo Jon Burnett padecía Alzheimer, esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y CTE, entre otras afecciones.
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Esta multiplicidad diagnóstica aporta claves sobre la limitada eficacia de ciertos tratamientos. Como señaló la directora del banco: “Si se administra un fármaco para el Alzheimer a una persona que tiene otras cinco enfermedades en el cerebro, no se están abordando todas las patologías”.

Además, la dificultad aumenta porque muchas de estas enfermedades solo pueden confirmarse después de la muerte. Por ese motivo, la investigación se orienta hacia la identificación de biomarcadores que permitan un diagnóstico en vida.
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La donación cerebral tiene un impacto que supera el ámbito familiar. El Banco de Cerebros de Pittsburgh comparte muestras y datos con organizaciones de investigación de todo el mundo, contribuyendo al desarrollo de nuevas técnicas y herramientas de análisis. Según Kofler, la necesidad de nuevos cerebros es constante, tanto para reemplazar el tejido utilizado como para aplicar tecnologías que no estaban disponibles hace veinte años.
“La gente pregunta por qué necesitamos más cerebros, si no tenemos suficientes. Y sí, siempre necesitamos nuevos cerebros, por dos razones. Una es que se utiliza el tejido antiguo y hay que reponerlo, y la otra es que tenemos nuevas herramientas, nuevas técnicas que no se pueden aplicar a casos de hace 20 años”, afirmó Kofler en declaraciones recogidas por The Pittsburgh Post-Gazette.
A medida que la ciencia avanza, los desafíos en el tratamiento de enfermedades neurodegenerativas requieren enfoques más amplios. El futuro de la investigación podría depender de terapias que permitan al cerebro afrontar varias patologías simultáneamente, superando la intervención específica para cada enfermedad.
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