
Nuevos análisis genéticos revelaron la presencia de patógenos infecciosos en restos humanos prehistóricos, lo que obliga a replantear el origen y la evolución de antiguas epidemias. El hallazgo de ADN antiguo de agentes como la peste en humanos que vivieron hace 5.000 años llevó a los científicos a reconsiderar la historia de las enfermedades infecciosas y su impacto en la evolución humana.
La investigación publicada en la revista Nature, liderada por el equipo de Martin Sikora en la Universidad de Copenhaguey difundida por New Scientist, demostró que plagas como la peste, la lepra y la fiebre recurrente ya afectaban a poblaciones de Eurasia miles de años antes de lo estimado, lo que desafía la visión tradicional sobre el origen y la propagación de estas enfermedades.
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El avance fue posible gracias al análisis sistemático de ADN antiguo extraído de dientes humanos, una técnica que permite identificar patógenos presentes en la sangre de individuos de épocas remotas. El grupo de Sikora examinó cerca de 1.300 muestras humanas, abarcando más de 35.000 años en Eurasia.
Este trabajo permitió reconstruir el entorno cultural y biológico en el que surgieron y se extendieron diversas enfermedades, así como rastrear la evolución de los patógenos y la respuesta inmunológica humana a lo largo del tiempo.
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Entre los hallazgos más destacados se encuentra la identificación de Yersinia pestis, bacteria causante de la peste, en restos de hace 5.000 años, lo que supone casi 3.500 años antes de la primera gran pandemia documentada, la peste de Justiniano.
Se detectaron además rastros de agentes responsables de lepra, leptospirosis y, de modo inesperado, Borrelia recurrentis, bacteria causante de la fiebre recurrente, en cerca del 3% de las muestras. Este último patógeno, pariente del de la enfermedad de Lyme, causa episodios repetidos de fiebre y fuertes dolores de cabeza.
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El análisis temporal muestra que hasta hace unos 6.500 años la mayoría de los microorganismos presentes en dientes humanos correspondían al microbioma oral, generalmente inofensivo. A partir de entonces empezaron a detectarse patógenos zoonóticos, aunque en niveles bajos.
Hace unos 5.000 años se produjo un aumento considerable de infecciones por Y. pestis y otros agentes infecciosos, coincidiendo con la llegada a Europa de los pastores nómadas conocidos como Yamnaya, provenientes de las estepas euroasiáticas.
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Propagación de enfermedades y el papel de los Yamnaya

La relación entre la expansión de los Yamnaya y la diseminación de enfermedades despertó especial interés. Estos pastores mantenían grandes rebaños de ovejas, cabras, caballos y vacas, viviendo en estrecha convivencia con sus animales, lo que facilitaba la aparición de zoonosis.
En la misma línea, Astrid Iversen, especialista en enfermedades infecciosas de la Universidad de Oxford, explicó a New Scientist: “Muchas zoonosis pueden transmitirse por carne poco cocida, pero también por la leche: brucelosis, listeriosis, tuberculosis bovina, por nombrar algunas”.
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Los estudios genéticos permitieron rastrear la evolución de la peste y otras infecciones. Por su parte, Pooja Swali, de University College London, demostró que los casos más antiguos de peste en Gran Bretaña, fechados hace 4.000 años, estaban relacionados con cepas originarias de las estepas, lo que sugiere un movimiento de la enfermedad de este a oeste.
En cuanto a la fiebre recurrente, Swali documentó que Borrelia recurrentis se adaptó a los humanos hace unos 5.000 años, probablemente por la introducción de ropa de lana, que favoreció la transmisión por piojos humanos.
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Sin embargo, ciertos hallazgos contradicen la hipótesis de que los Yamnaya fueran los únicos responsables de la propagación de la peste. El propio Sikora indicó en New Scientist la existencia de casos en Orkney, Escocia, anteriores a la llegada de poblaciones con ascendencia de las estepas.
A su vez, Frederik Seersholm, del grupo de Copenhague, identificó brotes entre agricultores neolíticos suecos sin relación genética con los Yamnaya. Además, los casos más antiguos de peste conocidos corresponden a cazadores-recolectores cerca del lago Baikal, en Siberia, fechados hacia el 3500 a.C.
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Estos datos llevaron a la mayoría de los expertos a concluir que la peste ya estaba ampliamente distribuida antes de la llegada de los nómadas de las estepas. Una hipótesis, defendida por Nicolás Rascovan del Instituto Pasteur, propone que la peste se asentó en los grandes núcleos de la cultura Trypillia, en la actual Ucrania, hace unos 6.000 años, y se expandió a través de rutas comerciales.
Sin embargo, otros investigadores, como Alex Bentley de la Universidad de Tennessee, argumentan que el diseño de estos asentamientos podría haber limitado la propagación, y los casos en Baikal demuestran que la peste afectó temprano también a cazadores-recolectores.
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El modo de transmisión de la peste en la antigüedad plantea todavía dudas. Las cepas ancestrales de Y. pestis carecían de la variante genética que permite a la bacteria sobrevivir en el intestino de las pulgas, lo que sugiere que no se propagaba por picadura de pulga, como en la peste negra del siglo XIV.
Investigadores como Ruairidh Macleod y Seersholm sostienen que pudo transmitirse por vía aérea, a través de la tos, o por consumo de carne infectada, ocasionando brotes esporádicos de origen animal.
Impacto evolutivo y consecuencias históricas
El impacto de estas enfermedades en la evolución humana resultó considerable. Estudios realizados en Francia muestran que el sistema inmune europeo comenzó a adaptarse a estas infecciones hace unos 6.000 años, con la mayoría de las variantes genéticas vinculadas a la inmunidad emergiendo hace aproximadamente 4.500 años. “Todas estas piezas encajan muy bien”, afirmó Sikora a New Scientist.
Evan Irving-Pease, biólogo evolutivo de la Universidad de Copenhague, señaló que “el nivel de presión evolutiva que esto ejerció sobre las poblaciones humanas antiguas fue realmente considerable”. De hecho, variantes genéticas seleccionadas por su capacidad de protección frente a enfermedades zoonóticas podrían predisponer en la actualidad a padecer enfermedades autoinmunes como la esclerosis múltiple, sobre todo en poblaciones con ascendencia de las estepas.

El debate sobre el papel de la peste en el declive neolítico y el surgimiento de la Edad del Bronce continúa abierto. Algunos, entre ellos Seersholm, plantean que la peste contribuyó al descenso de las poblaciones de agricultores neolíticos, asentados en núcleos densos y permanentes.
Sin embargo, Stephen Shennan, arqueólogo de University College London, manifestó a New Scientist su escepticismo respecto a que la peste fuera la causa principal, atribuyendo el declive a una crisis agrícola debida al enfriamiento climático, aunque admitió que su postura podría cambiar si se encuentran evidencias más antiguas de la enfermedad.
Más allá de la peste, el equipo de Sikora comprobó que cerca del 10% de los restos analizados presentaban signos de infección grave en el momento de la muerte, lo que refuerza la magnitud de la presión selectiva que ejercieron las enfermedades infecciosas en la prehistoria.
La interacción entre dolencias, dieta y cultura fue compleja: aunque los Yamnaya introdujeron el consumo de productos lácteos en Europa, eran en su mayoría intolerantes a la lactosa y probablemente consumían leche fermentada. Las variantes genéticas que permiten digerir la lactosa pudieron multiplicarse cuando epidemias y hambrunas obligaron a los agricultores neolíticos a recurrir a la leche para sobrevivir.
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