
Durante décadas, la inflamación fue considerada una simple respuesta defensiva del organismo. No obstante, investigaciones recientes han transformado esta perspectiva, situando a la inflamación crónica de bajo grado como un factor central en el desarrollo y progresión de las enfermedades cardíacas. Según el artículo de la American College of Cardiology.
El documento, aprobado en septiembre de 2025, recomienda que la medición y el control de la inflamación, especialmente mediante la proteína C reactiva ultrasensible (hsCRP), se integren de manera sistemática en la práctica clínica para reducir el riesgo cardiovascular.
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Estudios epidemiológicos y ensayos clínicos han demostrado que la inflamación crónica, medida a través de la PCR-us, predice de manera independiente la aparición y recurrencia de eventos cardiovasculares, tanto en pacientes tratados con estatinas como en personas aparentemente sanas.
De hecho, la PCR-us permite identificar a individuos con un riesgo elevado de sufrir un primer evento cardiovascular, incluso cuando el colesterol LDL se encuentra dentro de rangos normales, lo que ha impulsado la recomendación de su uso en la evaluación rutinaria del riesgo cardiovascular.
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Mecanismos inflamatorios y enfermedades cardíacas

El comité de expertos del ACC, liderado por George A. Mensah, destaca que la evidencia que vincula la inflamación con la enfermedad cardiovascular aterosclerótica ha dejado de ser exploratoria para convertirse en “contundente y clínicamente aplicable”, según recoge The Journal of the American College of Cardiology.
El informe detalla cómo la inflamación crónica, silenciosa y de bajo grado impulsa la formación, progresión y ruptura de las placas ateroscleróticas, así como la trombosis que puede desencadenar eventos agudos como el infarto de miocardio. Además, la inflamación contribuye a la disfunción endotelial, la infiltración de leucocitos en la pared arterial y la muerte celular, procesos fundamentales en la génesis de la enfermedad cardiovascular.
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El documento amplía el enfoque más allá de la aterosclerosis, abordando el papel de la inflamación en la insuficiencia cardíaca y la pericarditis, y subraya la importancia de los factores conductuales y sociales que modulan la respuesta inflamatoria y el riesgo cardiovascular.
En el caso de la insuficiencia cardíaca, el documento destaca que tanto la activación sistémica como local del sistema inmune contribuyen a la remodelación y disfunción cardíaca. Factores como la parainflamación —una inflamación crónica subclínica— y la expansión de células inmunes innatas y adaptativas se asocian con mayor mortalidad y morbilidad. La cardioinmunología, un campo emergente, estudia precisamente estas interacciones y busca identificar nuevas dianas terapéuticas para modular la respuesta inflamatoria en el corazón.
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Biomarcadores y herramientas diagnósticas
La medición de la PCR-us se ha convertido en la herramienta diagnóstica más validada para evaluar el riesgo inflamatorio cardiovascular. Según la American College of Cardiology, la PCR-us aporta información pronóstica comparable a la del colesterol LDL y la presión arterial, y su estabilidad a largo plazo la hace útil para el seguimiento clínico.
Niveles de PCR-us inferiores a 1 mg/L indican bajo riesgo, entre 1 y 3 mg/L riesgo intermedio, y superiores a 3 mg/L riesgo elevado.
En pacientes con enfermedad cardiovascular establecida, la PCR-us es al menos tan poderosa como el colesterol LDL para predecir eventos vasculares recurrentes, lo que resalta la importancia del riesgo inflamatorio residual incluso en quienes reciben tratamiento óptimo para los factores de riesgo tradicionales.
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Otros biomarcadores inflamatorios, como la interleucina-6, el fibrinógeno o el recuento de leucocitos, también predicen riesgo cardiovascular, aunque su utilidad clínica rutinaria es limitada frente a la PCR-us. En el ámbito de la imagenología, técnicas como la tomografía computarizada y la resonancia magnética permiten detectar inflamación vascular y caracterizar placas vulnerables, aunque su uso se restringe actualmente a la investigación.
Implicaciones clínicas y terapias antiinflamatorias

Las implicaciones clínicas de estos hallazgos son profundas. En prevención primaria, la detección de una PCR-us persistentemente elevada debe motivar la intensificación de intervenciones sobre el estilo de vida y, si persiste, el inicio o aumento de la dosis de estatinas, independientemente del nivel de colesterol LDL.
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Ensayos como JUPITER han demostrado que el tratamiento con rosuvastatina reduce en un 47% el riesgo de eventos cardiovasculares en personas con PCR-us elevada y colesterol LDL normal. Además, la evidencia respalda el impacto antiinflamatorio de la dieta mediterránea, el ejercicio regular, el abandono del tabaco y el control del peso, todos ellos recomendados como estrategias de primera línea.
En prevención secundaria, la PCR-us permite identificar a pacientes con alto riesgo de recurrencia, incluso bajo tratamiento con estatinas. El uso de colchicina a dosis bajas ha mostrado una reducción del 25% en eventos cardiovasculares en pacientes con aterosclerosis estable, y se ha convertido en el primer agente antiinflamatorio aprobado para este fin.
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Sin embargo, su uso debe evitarse en personas con insuficiencia renal o hepática significativa, y no ha demostrado eficacia cuando se administra durante un infarto agudo. Otros agentes, como los inhibidores de interleucina-1 e interleucina-6, se encuentran en fase de evaluación en ensayos clínicos para diversas condiciones, incluyendo insuficiencia cardíaca y síndrome coronario agudo.
El manejo de la pericarditis recurrente también ha evolucionado gracias a la comprensión de los mecanismos inflamatorios. El bloqueo de la interleucina-1 ha demostrado eficacia en pacientes con episodios múltiples resistentes a colchicina y corticoides, siempre que la PCR-us supere los 10 mg/L y no exista tuberculosis activa. Estas terapias representan un avance significativo para pacientes de alto riesgo.
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A pesar de los avances, persisten retos importantes. La American College of Cardiology señala la necesidad de validar nuevos biomarcadores, integrar la imagenología en la estratificación del riesgo, definir subgrupos de pacientes que más se beneficien de las terapias antiinflamatorias y optimizar el momento y la duración de los tratamientos. Además, algunos ensayos con antiinflamatorios no han mostrado beneficio, lo que subraya la importancia de continuar investigando los mecanismos subyacentes y las mejores estrategias de intervención.
El futuro de la investigación en inflamación cardiovascular apunta hacia el desarrollo de paneles multibiomarcadores, la caracterización de nuevas dianas terapéuticas y la personalización de las intervenciones según el perfil inflamatorio y genético de cada paciente. El papel de la hematopoyesis clonal de potencial indeterminado, los mediadores lipídicos pro-resolutivos y la interacción con factores ambientales y conductuales son áreas de especial interés para los próximos años.
Estilos de vida y factores de riesgo conductuales

El informe del ACC enfatiza que los patrones dietéticos y conductuales influyen de manera decisiva en la inflamación y el riesgo cardiovascular. Se recomienda adoptar dietas antiinflamatorias, como la mediterránea o la DASH, ricas en frutas, verduras, cereales integrales, legumbres, frutos secos y aceite de oliva, y aumentar el consumo de ácidos grasos omega-3 mediante la ingesta de pescado azul dos o tres veces por semana. Se aconseja limitar las carnes rojas y procesadas, los carbohidratos refinados y las bebidas azucaradas.
La actividad física regular, con al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado o 75 minutos de ejercicio intenso, contribuye a reducir la inflamación sistémica. El abandono del tabaco y el mantenimiento de un peso saludable son medidas adicionales que atenúan la inflamación y disminuyen el riesgo de enfermedad cardiovascular.
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