
Durante generaciones, la imagen del cavernícola carnívoro dominó tanto la cultura popular como los debates sobre nutrición. Impulsada recientemente por el auge de la dieta carnívora en redes sociales y diversas figuras públicas, esta perspectiva sostiene que la carne fue la base original de la alimentación humana.
Sin embargo, investigaciones científicas actuales desmienten ese estereotipo y revelan un panorama mucho más variado, en el que las plantas desempeñaron un papel central en la dieta de nuestros ancestros. Reconstrucciones bioquímicas y análisis tanto de herramientas como de cálculo dental demuestran que la supervivencia de Homo sapiens se sustentó en la adaptabilidad, la versatilidad y la preferencia marcada por recursos vegetales.
Un análisis publicado por Nature Ecology & Evolution y BBC Science Focus indica que, lejos de la narrativa del cazador exclusivamente carnívoro, la dieta prehistórica incorporaba una enorme variedad de especies vegetales.
Ejemplo de esto es el hallazgo en Taforalt (Marruecos), donde hace entre 15.000 y 13.000 años predominaban bellotas, pistachos y avena, mientras que la carne tenía un rol complementario. Este tipo de hallazgos impulsa a replantear los supuestos de numerosas dietas actuales que buscan imitar una alimentación antigua.

El avance en arqueobotánica, biología evolutiva y la observación de sociedades recolectoras vivas —como los tsimane del Amazonas— permiten revisar con respaldo científico los verdaderos límites y riesgos de intentar reproducir los patrones alimenticios del Paleolítico en la actualidad.
Descifrar la dieta prehistórica: registros arqueológicos y técnicas innovadoras
La persistencia del mito del “hombre cazador” responde, en parte, al sesgo del registro arqueológico: restos de animales y herramientas de piedra sobreviven al paso del tiempo, mientras que los vegetales suelen degradarse y apenas dejan huellas. “El registro arqueológico ha estado tradicionalmente sesgado hacia la caza”, explicó Dorian Fuller del University College London a BBC Science Focus. Esto ha llevado a sobrestimar la importancia de la carne y minimizar el aporte vegetal.
En el yacimiento de Gesher Benot Ya’aqov, en Israel, un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences documentó el uso de herramientas con las que se procesaban y consumían granos, nueces y rizomas silvestres hace 780.000 años. El análisis de almidones tanto en piedras de molienda como en cálculo dental demuestra la existencia de técnicas avanzadas de procesamiento previas a cualquier forma de agricultura.
La Grotta Paglicci en Italia añade información clave. La investigación liderada por Marta Mariotti Lippi y su equipo, publicada en PNAS, confirmó el procesamiento de avena silvestre para producir harina hace 32.600 años. “La explotación de recursos vegetales supuso un aspecto crucial para las poblaciones paleolíticas, que ya mostraban conocimiento avanzado sobre técnicas de procesamiento de alimentos”, afirmó la experta. De este modo, científicos reconocen que la dieta previa a la agricultura era notablemente variada y sofisticada.

Diversidad en la adaptación alimentaria humana
No existió una “dieta paleolítica” universal, sino múltiples estrategias adaptativas que respondían a las condiciones de cada entorno. La ingesta de plantas, frutos, semillas y tubérculos fue común en regiones templadas y boscosas, mientras que la proteína animal adquiría importancia únicamente en ambientes extremos.
En Sri Lanka, los cazadores-recolectores optaban por frutos secos y silvestres; en el Ártico, los inuit basaban su dieta en la grasa animal ante la escasez de vegetales, según explicó Emma Pomeroy de la Universidad de Cambridge a BBC Science Focus.
La domesticación de plantas y animales y la llegada de la agricultura transformaron radicalmente la dieta. Los frutos y cereales silvestres contenían menos azúcar y almidón que sus equivalentes modernos, consecuencia de la selección artificial prolongada. “Seleccionamos cereales con mayor contenido de carbohidratos y frutas mucho más dulces”, afirmó Dorian Fuller a BBC Science Focus.
Los estudios sobre la Grotta Paglicci confirman procesos complejos: molienda, secado, cocción y diversas formas de preparación de plantas para obtener harina. El uso del calor permitió secar y preparar granos antes de la cocción, como muestran los almidones modificados encontrados en las piedras de molienda. Los vestigios de almidón de avena, roble y otras poáceas evidencian una recolección y preparación diversificadas y laboriosas.

El cuerpo humano también refleja la transición dietética. La persistencia de la lactasa en la edad adulta o la variabilidad en el número de copias del gen de la amilasa resultan de la adaptación a dietas históricamente ricas en productos lácteos o carbohidratos.
Roles de género y organización social: cooperación y adaptabilidad
Los hallazgos modernos ponen en duda la clásica asociación entre hombres y caza, mujeres y recolección. Una revisión publicada en PLOS ONE examinó 63 sociedades forrajeras recientes y determinó que en el 79% de los casos, las mujeres también participan activamente en la caza, a menudo siguiendo estrategias propias. Se han hallado sepulturas femeninas con herramientas de caza y la investigación etnográfica respalda una organización alimentaria mucho más flexible y cooperativa.
Según BBC Science Focus y Emma Pomeroy, bioarqueóloga y paleantropóloga de la Universidad de Cambridge, la cooperación y la capacidad de adaptación en los roles sociales distinguen a las comunidades humanas y explican su éxito evolutivo. Fue gracias a la diversidad alimentaria, las innovaciones técnicas (como el procesamiento y cocción de plantas), el almacenamiento y el desarrollo de herramientas, que Homo sapiens logró expandirse por todo el planeta.
De la salud al mito contemporáneo: lecciones para la actualidad

Dietas modernas que excluyen vegetales o buscan emular literalmente el menú prehistórico, como la carnívora o la “paleo”, parten de una interpretación errónea de la evidencia científica. “La verdadera lección de la dieta ancestral reside en la variación, no en la restricción”, subrayó Emily Leeming del King’s College London.
Hoy es imposible reproducir fielmente la dieta paleolítica: frutas más dulces, cereales mucho más ricos en almidón y carnes de animales sometidos a crianza intensiva nunca existieron en la forma en que los consumieron nuestros antepasados. Además, la vida moderna transformó radicalmente la seguridad alimentaria, la esperanza de vida y la estructura social. “No creo que nadie quiera alejarse de la seguridad alimentaria de los países desarrollados actuales”, señaló Emma Pomeroy.
El predominio de trigo, arroz y maíz en la dieta occidental redujo la diversidad vegetal, lo que provocó menor ingesta de fibra, déficit de micronutrientes, aumento de problemas intestinales y mayor riesgo de enfermedades crónicas. “Consideramos que la dieta ancestral aportaba una enorme diversidad, abundante fibra y numerosas especies de plantas distintas”, enfatizó Leeming a BBC Science Focus.
Ante este panorama, los científicos coinciden en que la salud y la sostenibilidad dependen de recuperar la diversidad alimentaria, priorizar alimentos vegetales, incorporar proteínas de origen no animal y reducir la ingesta de productos cárnicos y lácteos. La evolución humana ofrece una lección contundente: adaptación, flexibilidad y diversidad siempre fueron la clave.
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