
Se cree que los mamíferos desarrollaron la sensación de picazón como un reflejo evolutivo destinado a expulsar patógenos invasores y escapar de sustancias químicas nocivas en su entorno. Sin embargo, el rascado también tiene una dimensión psicológica que puede explicar por qué ver a alguien realizando ese movimiento resulta molesto.
Aunque la picazón es una de las sensaciones más incómodas, es casi imposible ignorarla. Desde una perspectiva evolutiva y social, el rascado puede transmitir señales de peligro y enfermedad, que provoca una respuesta de rechazo en quienes lo observan.
En 2011, Gil Yosipovitch, profesor de dermatología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Miami, llevó a cabo un experimento para explorar este fenómeno. Les inyectó a un grupo de personas, algunas de las cuales tenían dermatitis atópica (EA) y otras ningún trastorno especifico, una sustancia química llamada histamina que provocaba escozor con el fin de analizar sus reacciones. Ambos grupos informaron un aumento de la comezón, pero el hecho fue más pronunciado en los pacientes con EA, ya que el 82% de estos reportaron un incremento en la sensación de picor después de recibir dicha sustancia. La dermatitis atópica es un trastorno que causa picazón crónica y lo poseen alrededor del 10% de los adultos y 20% de los niños a nivel mundial.

Por otro lado, en 2013, Yosipovitch demostró que este fenómeno no es exclusivo de los humanos. En un estudio con monos, observó que los adultos también comenzaban a rascarse espontáneamente cuando veían un video de otras especies que tienen escozor.
Brian Kim, neuroinmunólogo de la Escuela de Medicina Icahn del hospital Mount Sinai de Nueva York, observó en un experimento de laboratorio que los ratones que veían a otros rascándose tendían a alejarse. Sin embargo, cuando un ratón observaba que otro estaba sufriendo dolor, intentaba lamer y acicalar a su compañero. Esto sugiere que estos animales, instintivamente, evitan a aquellos que podrían representar un riesgo de infección, mientras que se acercan a los que manifiestan dolor.
Por otro lado, este comportamiento tiene implicancias en las interacciones sociales humanas. Las personas que se rascan mucho pueden, sin darse cuenta, enviar una señal de que tienen una infección transmisible. En algunos casos, esto lleva a quienes padecen picazón crónica a sentir vergüenza asociada con su condición, lo que puede derivar en ansiedad y depresión.

Yosipovitch señala en sus estudios, que solicitar a alguien que sufre picazón crónica que deje de rascarse es como pedirle a otro que deje de bostezar: es prácticamente imposible, ya que es un reflejo. Los neurocientíficos han ofrecido diversas explicaciones sobre por qué es inevitable rascarse. Una teoría sugiere que al rascarse, el cuerpo envía señales de dolor al cerebro, disminuyendo la sensación de picazón. Además, al realizar este comportamiento se libera serotonina, un neurotransmisor que podría ser responsable de la sensación de placer en los humanos.
Marlys Fassett, profesora de dermatología en la Universidad de California en San Francisco, explica en la BBC, que podría haber algo en la forma en que la piel transmite información al cerebro que no permite manejar demasiados estímulos en un único lugar al mismo tiempo. “Lo que sucede en las personas con picazón crónica es que sienten placer por el acto de rascarse”, agrega Fassett. Los neurocientíficos están interesados en las neuronas sensoriales del placer que inervan la piel porque romper con esa adicción al rascado es crucial para el tratamiento terapéutico.
La comprensión de los mecanismos detrás de la picazón y el rascado en los humanos y los animales es crucial para el tratamiento de condiciones dermatológicas y también para abordar las implicaciones sociales y psicológicas que acompañan a estas conductas, que son normales en la población mundial.
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