
Es sabido que la lactancia es uno de los momentos más importantes para un bebé recién nacido. El crecimiento, la prevención de enfermedades y el desarrollo cognitivo son solo algunos de los beneficios de la leche materna. A su vez, teniendo en cuenta que una buena alimentación es clave durante la niñez, los lácteos aparecen como un elemento clave, ya que aportan nutrientes esenciales para la salud del niño.
Para los especialistas de Mayo Clinic de EEUU, amamantar es “darle al bebé los nutrientes que promueven el crecimiento y la buena salud”.
Para dimensionar el aporte fundamental de la lactancia para la vida, los especialistas de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) destacaron a Infobae que la leche humana “tiene innumerables elementos importantes, más allá de los beneficios que ya conocemos como su riqueza en grasas para el desarrollo del cerebro, azúcares que implican energía para el crecimiento, ácidos grasos y proteínas específicas de la especie humana, entre otros”.

Además, la leche materna es un tejido vivo y tiene células. Entonces, cuando un bebé es amamantado. en realidad estamos frente a un trasplante de tejido de un ser humano a otro, ya que es una celuridad propia de la especie. “Por eso es tan importante la lactancia: si el lactante recibe leche artificial, recibe un elemento inerte”, remarcaron a este medio desde el Comité de Lactancia Materna de la sociedad científica que nuclea a los pediatras argentinos.
Al observar la leche humana en un microscopio, se ven células y bacterias importantes que cumplen funciones en el intestino del bebé, para el desarrollo de la microbiota, que es el conjunto de bacterias, virus y otros elementos que están presentes en el intestino y en otras partes como la piel. La SAP resaltó que esto tiene “una función importante en la salud intestinal y en el desarrollo de la inmunidad”.
Por todo esto, los pediatras de la SAP consideran a la lactancia como “la primera vacuna, porque por la leche pasan muchos elementos como, por ejemplo, anticuerpos para enfrentar gérmenes”.

Bajo estos preceptos, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que las madres amamanten a los bebés desde el nacimiento hasta, al menos, los 2 años de edad. Posteriormente, el niño puede consumir otros alimentos, dentro de los cuales se encuentran los lácteos.
Más allá de la lactancia
De acuerdo a las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA) difundidas por el Ministerio de Salud de la Nación, la cantidad de lácteos recomendada por día es de tres porciones, y un vaso de leche equivale a una porción. Es decir que con tres vasos por día se cubriría el umbral ideal.
Por su parte, la nutricionista Giuliana Luberti (MP 6382) conversó con Infobae y destacó algunas bondades de la leche, especialmente para los más chicos: “La leche es un alimento completo que aporta hidratos de carbono, proteinas, grasas, vitaminas y minerales. Dentro de los micronutrientes, el mineral que podemos destacar es el calcio, ya que ayuda a mantener nuestros huesos y dientes fuertes y sanos. A su vez, aporta otros micronutrientes como vitaminas (A, D y complejo B) y minerales (magnesio, potasio, zinc, fósforo)”.
“Para consumir leche diariamente, no necesariamente hay que sumarla en infusiones o sola, sino que también se puede aportar desde preparaciones como tortas, budines, panqueques, rellenos, licuados”, sugirió Luberti.

Leche y evolución
Tal como vimos, la leche tiene múltiples beneficios tanto para los recién nacidos como para los niños y adolescentes. A su vez, este producto lácteo parece haber aportado notablemente en la evolución del cuerpo humano a lo largo de la historia.
Recientemente, un estudio dirigido por el profesor de antropología biológica, Jay Stock, postuló que el consumo de leche en algunas regiones de África hace más de 2.000 años condujo a un aumento de la masa corporal y la estatura de las personas.
Este incremento de tamaño se encontró, especialmente, en regiones en las que “hubo frecuencias más altas de genes que permitieron a los humanos producir enzimas para digerir la leche en la edad adulta, lo que se denomina persistencia de lactasa”, explicó Stock.
El estudio, realizado en la Universidad de Western Ontario, en Canadá, comparó la estatura y la masa corporal de 3.507 esqueletos de 366 sitios arqueológicos diferentes, que abarcan 25.000 años de historia. Para lograrlo, los investigadores diagramaron un conjunto de datos comparativos que les permitió examinar la variación del cuerpo humano a lo largo del tiempo y la ubicación geográfica.

“El consumo de leche ha sido culturalmente importante en diferentes continentes, y hoy vemos el legado genético de eso. Hay altas frecuencias de genes de persistencia de lactasa en poblaciones de África occidental, el Valle del Rift y el Cuerno de África, así como en algunas partes de Arabia y Mongolia”, remarcó Stock.
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