
Una pausa en la rutina por una lesión, el embarazo, una enfermedad o las exigencias laborales no elimina por completo lo que el cuerpo había logrado. Las células de los músculos y del hígado pueden conservar una huella del ejercicio, de modo que el organismo no parte necesariamente del mismo punto cuando la persona vuelve a moverse.
En un artículo de The Conversation, Diego Hernandez-Saavedra, profesor asistente de Ciencias Aplicadas de la Salud en la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, y Yi-Heng (Hank) Huang, candidato a doctor en Ciencias Aplicadas de la Salud en la misma institución, afirmaron que “a nivel celular, probablemente no se empieza desde cero”.
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Según explicaron, esa huella que deja la actividad podría favorecer la recuperación de la resistencia, ayudar a regular el azúcar en sangre y limitar el aumento de peso tras un período de inactividad.

Esto no quiere decir que dejar de entrenar carezca de efectos. Tras varias semanas sin actividad, suelen reducirse la capacidad de usar oxígeno durante el esfuerzo, la fuerza y la respuesta del organismo a la insulina.
Por eso, las recomendaciones de salud mantienen la importancia de la práctica regular. La novedad está en que esa caída no parece borrar todas las adaptaciones que dejó el entrenamiento anterior.
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Los músculos conservan ventajas al retomar la actividad
Para observar qué ocurre antes, durante y después de una pausa, el equipo trabajó con ratones en tres etapas: primero los entrenó entre cuatro y ocho semanas, luego suspendió la actividad y, por último, la retomó. De ese modo, comparó su respuesta con la de animales que no habían hecho ejercicio antes.
Cuando volvieron a moverse, los ratones con experiencia previa desarrollaron músculos más grandes que los que nunca habían entrenado. También aumentó el tamaño de las fibras musculares, las células que se contraen para generar movimiento. Esto indica que el cambio se produjo dentro del músculo y no solo en los tejidos que lo rodean.
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Además, los músculos de esos animales aprovecharon mejor la energía disponible ante un nuevo esfuerzo. Dicho de otro modo, parecían conservar una mayor capacidad para recurrir a sus reservas, incluso durante el período sin entrenamiento. Esa ventaja persistió tras la pausa, según describieron los investigadores.
El trabajo se publicó en 2025 en American Journal of Physiology-Cell Physiology. Allí también se observó el efecto en animales que recibieron una alimentación rica en grasas. Los autores advierten que el ejercicio previo no reemplaza una alimentación equilibrada ni la actividad física actual, aunque el hallazgo sugiere que algunos cambios producidos por el movimiento pueden mantenerse aun en condiciones menos favorables.
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El hígado ayuda a llevar combustible a los músculos
Cada vez que el músculo se contrae, necesita energía para trabajar y recuperarse. El hígado participa en ese proceso, ya que pone a disposición parte del combustible que el organismo utiliza durante y después de la actividad.
Según el equipo de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, las células de este órgano también conservan información de los entrenamientos previos y, cuando la persona retoma el ejercicio, pueden ayudar a abastecer mejor a los músculos.

En ratones y en personas que volvieron a entrenar después de una pausa, los investigadores detectaron una mayor presencia de carboxilesterasas en el hígado. Son enzimas, sustancias que aceleran reacciones químicas en el cuerpo, que descomponen las grasas presentes en la sangre para que el músculo pueda utilizarlas como energía.
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Los hallazgos se publicaron en 2026 en Molecular Metabolism. Muestran que los efectos del entrenamiento alcanzan a más de un órgano. Por eso, recuperar la capacidad física no dependería únicamente de las fibras musculares, sino también de la coordinación entre el hígado y los músculos para administrar la energía.
Otros tejidos también guardan registros de experiencias pasadas
Durante décadas, la idea de memoria se vinculó sobre todo con las neuronas y las defensas del organismo. Las neuronas almacenan información a través de sus conexiones, mientras que el sistema inmunitario reconoce agentes que ya enfrentó y puede responder con mayor rapidez ante una nueva exposición.
Sin embargo, trabajos citados por Hernandez-Saavedra y Huang apuntan a que otros tipos de células también conservan registros. Las células madre de la piel pueden recordar una inflamación y contribuir a que una herida posterior cierre más rápido.
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Las células grasas, a su vez, pueden mantener señales asociadas con la obesidad incluso después de una baja importante de peso. Ese mecanismo podría ayudar a entender por qué algunas personas recuperan kilos con facilidad al volver a una dieta de muchas calorías.
Los autores proponen que las células pueden guardar parte de la experiencia que deja el ejercicio, aunque todavía se desconoce cuánto dura esa información y de qué manera se conserva. Tampoco se sabe si sería posible prolongarla con tratamientos o estrategias específicas.
La actividad de los padres mostró efectos en crías de ratones
Otra parte de la investigación examinó a ratones cuyos padres habían realizado ejercicio de resistencia durante tres o cuatro semanas. Sus crías mostraron una menor tendencia a tener valores altos de azúcar en sangre y a aumentar de peso en exceso durante el primer año de vida, en comparación con las nacidas de padres sedentarios.
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Aún no hay certezas sobre la causa de ese resultado. La actividad de la madre podría influir en el desarrollo durante el embarazo, y también podrían intervenir otros factores, entre ellos la calidad de la leche.
Los especialistas advierten que no es posible trasladar estos resultados de forma directa a las personas ni afirmar que exista una ventaja física heredable entre generaciones.
Para quienes deben dejar su rutina durante un tiempo, el trabajo aporta una señal alentadora sin alterar la recomendación central: mantener actividad física de manera regular. Al volver a entrenar, el cuerpo puede conservar parte del trabajo previo, aunque al comienzo el rendimiento parezca lejos de su mejor nivel.
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