
Llegan los dos, jóvenes, con el bebé en brazos. Vienen a consultar por su otro hijo, el mayor, de tres años, que no come, le cuesta dormir y se arranca los pelos si le quitan la tablet. Dicen, resignados y con sarcasmo, que está como enamorado de la pantalla, que no pueden separarlo de ella y que incluso es la única forma en que concilia el sueño: mirándola.
Cuentan que, desde que nació el hermano, el cansancio los venció. Cada vez que su pequeño Romeo pedía el celular, para no llorar, para comer o para tener diez minutos de tregua, se lo daban. Ahora no saben cómo volver atrás.
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El niño exige la pantalla y, si no la tiene, no come y tampoco duerme mucho; los berrinches aumentan y lo único que lo calma es estar frente a ella. Ha sido capturado por un espejo sin fondo que no le devuelve nada y lo deja al borde de la inanición.
En 1945, el psicoanalista austríaco René Spitz realizó un estudio sobre la génesis de las primeras relaciones de objeto. Observó a bebés que, privados de cuidados parentales por distintas circunstancias, estaban en instituciones. Los niños recibían alimentación, abrigo y atención médica, pero igual enfermaban. Muchos dejaban de comer, perdían el ánimo, tenían la mirada perdida y algunos morían.
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Spitz comparó dos grupos de bebés menores de un año: unos criados en un hogar de niños privados de cuidados parentales, con buena higiene, buena alimentación y atención médica, pero sin una figura estable —el personal rotaba y ningún bebé tenía una cuidadora fija—; otros criados en la guardería de una prisión, en peores condiciones materiales, pero con sus propias madres presentes todos los días. “La ausencia de cuidados maternos equivale a la indigencia emotiva”, dice Spitz.
La diferencia entre ambos grupos no estaba en la alimentación, la higiene ni la atención médica, sino en la presencia de un otro estable que los mirara, los reconociera, los deseara y respondiera a sus necesidades. Los cuidados materiales eran indispensables, pero no suficientes: para vivir y desarrollarse, los bebés necesitaban también de un vínculo.
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La inermidad y la indefensión humana hacen que necesitemos del otro para sobrevivir, no sólo del otro de los cuidados, del enfermero: necesitamos la relación, el deseo del otro.
Spitz profundizó en sus observaciones. Notó que los bebés con depresión anaclítica o hospitalismo no solo dejaban de comer y perdían el ánimo: también perdían la capacidad de agredir, de patalear, morder o protestar activamente, como suele hacer cualquier bebé después de los ocho meses.
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En esa etapa temprana, el impulso agresivo y el impulso amoroso todavía no están separados: ambos se dirigen al mismo objeto, la persona que cuida al bebé. Si ese objeto no está, los dos impulsos quedan sin destino. El impulso agresivo no desaparece: se invierte y encuentra como único blanco el propio cuerpo del bebé.
Por eso, estos niños dejaban de alimentarse, no dormían y, en los casos más severos, llegaban a golpearse la cabeza contra los bordes de la cuna, a pegarse, a arrancarse mechones de pelo. Cuando ese estado se agravaba, desembocaba en el marasmo y, en las situaciones más extremas, en la muerte.
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Me pregunto, desde una perspectiva clínica, qué ocurre con el impulso agresivo de los bebés y niños que pasan horas frente a una pantalla y cómo se están reconfigurando las nuevas estructuras psíquicas. Las rabietas se suspenden cuando aparece la pantalla, pero esa energía no desaparece. ¿Hacia dónde se dirige la protesta por la llegada de un nuevo hermano, por la falta de contacto físico o por el deseo de que mamá o papá lo miren?

Por supuesto, no comparo la privación extrema sufrida por los bebés observados por Spitz con la vida de nuestro pequeño Romeo, pero encuentro un hilo conductor. Resulta relevante pensar qué ocurre cuando la protesta de un niño no encuentra a otro que pueda recibirla y sostenerla, y en su lugar aparece una pantalla como sostén.
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Nuestro pequeño Romeo no está enamorado de la pantalla, aunque así lo parezca. Ha sido capturado por una economía depredatoria de la subjetividad y su desarrollo queda, en ocasiones, suspendido en etapas vitales que no deberían interrumpirse.
Sus padres también son prisioneros de este sistema de superproductividad: sin apoyo ni red, ceden ante el recurso de la pantalla como soporte y compañía. Puede brindarles un alivio inmediato, pero luego deben enfrentarse a las consecuencias.
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No basta con quitar las pantallas. Es necesario volver a ofrecer a los niños y niñas un destinatario para sus protestas. De otro modo, cuando el malestar no encuentra a quién dirigirse y tramitarse, el propio cuerpo puede convertirse en un campo de batalla.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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