
El auge de la natación en aguas abiertas está acompañado de advertencias sobre riesgos que no siempre se ven a simple vista, desde aguas residuales y escorrentía agrícola hasta algas tóxicas y sistemas de control que no reflejan el peligro en tiempo real.
La calidad puede deteriorarse tras lluvias intensas, desbordamientos del alcantarillado, contaminación agrícola y proliferación de algas tóxicas, y esa exposición puede causar problemas gastrointestinales, leptospirosis y contacto con bacterias resistentes a antibióticos.
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La popularidad de esta práctica creció en la última década en Reino Unido, Estados Unidos y Australia. La actividad suele asociarse con beneficios para la salud mental y la reducción del estrés, según una revisión publicada en Scientific Reports en 2023.
Pese a inversiones en infraestructura urbana, la vulnerabilidad persiste ante los cambios meteorológicos. Entre las obras más citadas figuran el conducto Tideway de 25 kilómetros en Londres y la limpieza del Sena en París, con un coste de 1.400 millones de euros.
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Los riesgos sanitarios de nadar en agua contaminada

Isabel Douterelo Soler, profesora titular de la Universidad de Sheffield, advirtió a BBC que los episodios de lluvia suelen sobrecargar estos sistemas. Esa presión causa desbordamientos del alcantarillado combinado y puede volver microbiológicamente inseguros los ríos durante hasta 72 horas.
Ese riesgo no se limita a un episodio aislado. Incluso después de grandes obras de saneamiento, la calidad sigue expuesta a las lluvias y a la escorrentía, que arrastra contaminantes, según un estudio publicado en Environment International en 2025.
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Las consecuencias para la salud van más allá de los trastornos gastrointestinales. La leptospirosis, una infección bacteriana vinculada a la orina de animales, puede causar fallo orgánico. Los CDC documentan en su edición 2026 del Yellow Book que el riesgo se eleva tras lluvias intensas o inundaciones y entre quienes practican actividades acuáticas en aguas dulces. Los niños son especialmente vulnerables, ya que tienden a tragar más agua durante el baño, lo que incrementa la probabilidad de infecciones.
Otra preocupación es la presencia de bacterias resistentes a antibióticos. Un estudio de la Universidad de Exeter, publicado en Environment International, demostró que los surfistas habituales tienen más probabilidades de portar E. coli resistente a antibióticos en el intestino. Isobel Stanton, del Centro de Ecología e Hidrología del Reino Unido, atribuyó esas bacterias a fuentes como las plantas de tratamiento de aguas residuales.
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Las floraciones de cianobacterias, conocidas como algas verde-azules, representan otro vector de riesgo. Según la OMS, pueden producir toxinas que causan irritación de piel y ojos y, en casos excepcionales, daño hepático o neurológico. Su proliferación aumenta en zonas de aguas lentas y cálidas, condiciones cada vez más frecuentes por el cambio climático.
Qué recomiendan los expertos para nadar con más seguridad
Los protocolos de control tampoco ofrecen siempre una imagen inmediata del riesgo. En Europa y Reino Unido, la clasificación de las aguas de baño se basa en cuatro años de datos históricos. En Estados Unidos, los análisis de bacterias indicadoras fecales tardan entre 24 y 48 horas, según los CDC. Ese desfase implica que las alertas pueden llegar cuando la exposición ya ocurrió.
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Por eso, los expertos aconsejan evitar el baño durante varios días después de lluvias intensas. También recomiendan revisar si el agua presenta aspecto turbio o con floraciones, corrientes marrones u olores inusuales.
Las guías de salud pública también recomiendan cubrir cortes con apósitos impermeables y ducharse de inmediato tras salir del agua. Si aparecen síntomas como fiebre o dolor de cabeza, se recomienda buscar atención médica.
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Las zonas interiores suelen presentar peor estado del agua que las costeras, aunque el riesgo no depende solo del tipo de lugar. Un informe de 2026 de la Universidad de Bangor y el Imperial College de Londres, en el marco del proyecto Safer Blue Spaces Wales, señala que los sistemas de monitorización en tiempo real y los dispositivos portátiles para analizar la calidad del agua podrían mejorar la toma de decisiones por parte de nadadores y autoridades sanitarias, al capturar los patógenos y contaminantes a los que los nadadores se exponen realmente durante la actividad, y no solo en la orilla.
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