Día Mundial del Cerebro: cómo el Mundial reveló el poder social y predictivo del órgano más complejo

Los recientes encuentros deportivos ofrecieron una oportunidad única para observar cómo influyen la anticipación, las emociones colectivas y la interacción en la experiencia humana

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Cerebro humano gigante luminoso con conexiones rojas y azules sobre un estadio de fútbol lleno de público, jugadores en el campo y pantalla de marcador.
Las emociones compartidas en el Mundial revelan cómo el cerebro sincroniza sentimientos y modifica expectativas colectivas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cada 22 de julio se conmemora el Día Mundial del Cerebro, una oportunidad para recordar la importancia de cuidar el órgano más complejo del cuerpo humano. Habitualmente, esa fecha se asocia con enfermedades neurológicas o con los avances de la ciencia, pero pocas veces tenemos la posibilidad de observar al cerebro en funcionamiento dentro de un contexto social de tal intensidad y escala global como ocurrió durante las últimas semanas.

Más allá del desenlace deportivo, el Mundial constituyó un extraordinario experimento natural sobre cómo pensamos, sentimos, anticipamos y aprendemos; básicamente, cómo procesa nuestro cerebro los diversos estímulos internos y externos.

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Lo que experimentamos hace solo unas pocas horas con los últimos partidos del Mundial, que vivimos en conjunto con millones de personas que también seguían cada instancia, mostró que hicimos mucho más que mirar una pantalla siguiendo un evento deportivo: anticipamos, calculamos probabilidades, intentamos controlar emociones y sincronizamos todo eso con otros, modificando así continuamente emociones y expectativas. Para todo esto, el cerebro buscaba nueva información, alternativa o confirmatoria a la que iba recibiendo.

Al mismo tiempo, ese evento deportivo se fue asociando con otra cantidad de información, de lugares tan aparentemente lejanos como la política o la historia. Sin ser conscientes, millones de personas participamos en un fascinante experimento que integraba diversas áreas del conocimiento, primordialmente las ciencias del comportamiento y, dentro de estas, el saber cómo responde nuestro cerebro.

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Mexicanos y extranjeros celebrando en las gradas del Estadio Azteca durante la inauguración del Mundial de Futbol. — (Imagen Ilustrativa Infobae)
El cerebro procesa miles de probabilidades durante un partido, integrando memoria contexto y expectativas en tiempo real (Imagen Ilustrativa Infobae)

Quizás la dificultad semántica entre cerebro, mente y comportamiento surge de conceptos hoy superados. Por ejemplo, la idea de un cerebro que funciona como un ordenador, conductor del cuerpo del que estaba disociado, o como una cámara de video que registra la realidad y reacciona frente a ella. Hoy existe un paradigma diferente.

El cerebro es, ante todo, un órgano predictivo, co-constructor de la realidad. No espera pasivamente que las cosas ocurran: construye de manera permanente hipótesis sobre lo que sucederá un instante después y las coteja con lo que percibe del exterior para construir su percepción de realidad.

Este modelo, conocido como procesamiento predictivo (Predictive Processing) o inferencia activa (Active Inference), desarrollado entre otros por Karl Friston, propone que el cerebro busca disminuir continuamente el error entre sus predicciones y la información que recibe del entorno.

Mientras observábamos un ataque, un córner o un penal, nuestro cerebro ya anticipaba el desenlace. Calculaba, de manera inconsciente, miles de probabilidades basadas en experiencias previas, memoria, contexto e incluso en nuestras propias expectativas. Cada pase modificaba ese cálculo. Cada recuperación del balón, cada intervención del árbitro y cada revisión del VAR (Video Assistant Referee – Árbitro asistido por video) obligaban al sistema nervioso a actualizar de forma continua su modelo del mundo.

Mexicanos y extranjeros celebrando en las gradas del Estadio Azteca durante la inauguración del Mundial de Futbol. — (Imagen Ilustrativa Infobae)
La sincronización emocional entre personas depende de procesos cerebrales como la simulación motora y las neuronas espejo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Este ejemplo del VAR resulta interesante porque lo que antes se confiaba al “ojo humano” y, especialmente, al criterio, ahora es un cálculo inmediato realizado a partir de la digitalización de la imagen y el cuerpo escaneado de cada jugador. Ya no interviene solo el cerebro, sino una mente asistida. Allí aparece una de las pistas de lo que ya no es futuro, sino presente, en cuanto a nuestra construcción de la realidad: la transición desde una percepción construida únicamente por cerebros humanos hacia una percepción híbrida entre inteligencia biológica e inteligencia artificial.

En ese trabajo predictivo del cerebro, si lo que ocurre confirma la predicción, esta se refuerza; pero, si el resultado no la confirma, se denomina error de predicción a la diferencia entre lo que creíamos que iba a suceder y lo que realmente ocurrió. Ese error constituye uno de los principales motores del aprendizaje humano.

Aprender significa corregir nuestras predicciones para que se asemejen cada vez más a la realidad. Por eso, aceptar el error representa una oportunidad de aprendizaje, siempre que se tolere la frustración. El concepto de plasticidad neuronal es equivalente al de plasticidad cognitiva. El aprendizaje mediante ese error de predicción consiste en modificar ese molde.

En ese proceso intervienen neurotransmisores, pero, contrariamente a la creencia establecida, no existe una relación única (dopamina y placer, serotonina y felicidad) y mucho menos lineal. Por ejemplo, hablar de la dopamina como la “molécula del placer” no es erróneo, pero sí parcial, ya que la dopamina interviene sobre todo en la expectativa y la motivación. En esa anticipación de la recompensa aumenta su liberación. Por eso, la tensión de un contraataque o una definición por penales puede resultar tan intensa como la celebración posterior.

Hombre con camiseta de Argentina cubriendo su rostro. Mujer con camiseta de Argentina gritando. Ambos en primer plano, rodeados de hinchas borrosos en el estadio.
El aprendizaje humano se basa en corregir predicciones para acercarse a la realidad, tolerar la frustración es clave en este proceso (Imagen Ilustrativa Infobae)

También actúan otros neurotransmisores, como la noradrenalina, que incrementa el estado de alerta y focaliza la atención; la adrenalina, que acelera el corazón y prepara al organismo para responder; el cortisol, que participa en la respuesta al estrés durante los momentos de máxima incertidumbre; las endorfinas, relacionadas con la sensación de bienestar compartido; y la oxitocina, que fortalece los vínculos sociales y explica, al menos en parte, por qué un gol puede terminar en un abrazo espontáneo entre personas que jamás se habían visto.

El fenómeno es mucho más complejo. Nuestra mente y el cerebro humano evolucionaron para vivir en grupo, ya que la supervivencia dependió durante miles de años de pertenecer a una comunidad, cooperar y compartir objetivos comunes: precisamente lo que ocurre en un equipo. Por eso nos identificamos cuando vemos un grupo que se percibe como una unidad, un “nosotros” (nos + otros), en lugar de una simple sumatoria de individuos.

Esa imagen remite a la construcción de la seguridad, tanto desde nuestra evolución filogenética como desde la experiencia personal. Un niño que, por falta de apego materno, no siente esa protección del otro, vivirá siempre la presencia ajena como inseguridad: ese es el efecto de la oxitocina. Por eso no decimos “gané”, sino “ganamos”, ya que el resultado también nos pertenece.

Lo que la psicología social describió como identidad social, en el área de las ciencias de la mente fue corroborado al demostrar las respuestas fisiológicas a esa pertenencia compartida, que modifica de manera efectiva nuestra percepción.

Una familia argentina sonriente con camisetas, pelucas celestes y blancas, maquillaje facial y banderas. Al fondo, una pancarta de "ARGENTINA".
La pertenencia a un grupo y el sentido de nosotros activan mecanismos cerebrales esenciales para la supervivencia humana (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los estudios de neurociencia social muestran cómo el cerebro procesa la pertenencia como una necesidad biológica y no únicamente cultural. Por eso, cuando esa percepción es negativa y se conoce como tríada depresiva, no afecta solo la visión sobre uno mismo y el futuro, sino esencialmente sobre el entorno, el mundo de pertenencia.

El cerebro procesa las experiencias colectivas, y compartir la incertidumbre, la esperanza o la decepción no tiene únicamente un significado cultural; también posee un correlato biológico. Esa dimensión social y cultural explica en parte otro fenómeno de este “experimento” del Mundial: el contagio emocional.

Este fenómeno ha sido abordado en sus aspectos predominantemente negativos en los estudios de psicología de masas. Al observar como espectador un video de los eventos recientes, se puede comprobar cómo los gestos, las expresiones faciales, los silencios o los gritos se propagan casi instantáneamente. En gran medida, las emociones son experiencias y memorias compartidas. Ese fenómeno de interpretar estados emocionales, sincronizar con esas emociones y responder de manera coordinada fue esencial para nuestra evolución y supervivencia. Confiar en la emoción del otro permite sincronizar emocional y vivencialmente.

La sincronización emocional entre personas probablemente involucra diversos mecanismos cerebrales, entre ellos procesos de simulación motora y sistemas relacionados con las llamadas neuronas espejo, aunque actualmente se entiende que el fenómeno excede ampliamente ese mecanismo y se estudia el concepto de sincronización interpersonal.

Estadio de fútbol con gradas llenas de público, césped verde, cielo azul claro, una Copa del Mundo de oro en el centro del campo y columnas de humo.
Compartir emociones durante el Mundial refuerza vínculos sociales y construye recuerdos colectivos en la memoria (Imagen Ilustrativa Infobae)

Quizá el momento más interesante ocurre cuando el partido termina. El pitazo final marca el cierre del evento, pero no el fin del trabajo cerebral. En ese instante, la mente compara el resultado con lo anticipado, le asigna una emoción y aprende de este conjunto de cognición, experiencia y emoción, consolidando o modificando sus expectativas futuras.

Si el resultado confirma nuestras anticipaciones, refuerza determinados circuitos neuronales. Si no es así, se inicia un proceso de adaptación que puede incluir sorpresa, frustración, alivio o euforia. En ambos casos, el objetivo es adaptarse y aprender. Cuando la frustración no puede sostenerse o se intenta modificar la evidencia, ese proceso virtuoso no ocurre, y surgen la intolerancia a la frustración, las ideas de perjuicio o las teorías conspirativas.

En ese momento también comienza el proceso de la memoria, reconstruyendo imágenes, sensaciones, hechos o interpretaciones. Así, en esa construcción con los demás, se conforma la memoria individual y colectiva. Hoy, los demás son también las redes sociales, donde la información puede provenir no solo de personas, sino de la producción de bots; el otro puede ser un algoritmo. Por eso, un mismo evento cargado de fuerte emocionalidad puede adquirir significados diferentes, y más aún cuando el paso del tiempo incorpora nueva información junto con los inevitables sesgos cognitivos. Por eso no vemos una única realidad, sino diferentes realidades.

Festejo masivo en estadio de fútbol iluminado con múltiples luces de colores, humo y papelitos. Gradas llenas de hinchas gritando de emoción (Imagen ilustrativa Infobae)
El fútbol activa neurotransmisores como noradrenalina, adrenalina, cortisol y oxitocina que influyen en emociones y vínculos (Imagen ilustrativa Infobae)

Posiblemente, esta sea la enseñanza más relevante desde una perspectiva evolutiva. El cerebro no evolucionó para garantizar la felicidad permanente ni para evitar toda frustración; en realidad, esa frustración permite adaptarse. La incertidumbre, el error, la recompensa y la pérdida forman parte del mismo proceso mediante el cual el cerebro se adapta estructuralmente, y así aprendemos a interpretar mejor el mundo que nos rodea.

Esta nota se escribe sin conocer el resultado de la final del Mundial. Las emociones serán diferentes según el desenlace y la expectativa de cada uno, pero durante esas semanas, en ese experimento, pudimos sentir —más que ver— cómo nuestro cerebro se ocupó de anticipar el futuro, movilizar y sincronizar emociones y cuerpos, construir identidad, elaborar recuerdos y aprender de la experiencia, o, en algunos casos, no lograrlo.

Más allá del campeón que quede registrado en la historia, el verdadero protagonista ha sido un órgano que, aunque parece individual, puede conectarse a una escala global. Esto nos deja por delante un territorio de estudio fascinante.

* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista

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