
La idea de que ciertos alimentos son “impuros” o “poco saludables” ganó terreno en redes sociales e impulsó una tendencia conocida como “alimentación limpia” que, cuando se vuelve obsesiva, puede derivar en patrones restrictivos, culpa y ansiedad, según Gemma Sharp, profesora e investigadora de imagen corporal, alimentación y trastornos del peso en la Universidad de Adelaide, en un artículo publicado en The Conversation.
Detrás de la alimentación limpia hay una premisa válida: una dieta nutritiva es una de las formas centrales de mantener la salud física y mental. Investigaciones sugieren que puede reducir el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, enfermedad cardíaca y ciertos cánceres, además de ayudar a proteger frente a la depresión y otros problemas de salud mental, detalló la profesora.
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El problema aparece cuando esa búsqueda de nutrición equilibrada se convierte en obsesión. Esto ocurre en un entorno donde plataformas como Instagram y TikTok popularizaron mensajes que promueven evitar productos procesados y consumir solo alimentos considerados “puros”.
Esos mensajes, advirtió la investigadora, provienen en su mayoría de influencers de bienestar, no de profesionales de la salud, lo que desdibuja la línea entre nutrición equilibrada y prácticas alimentarias excesivamente restrictivas.
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Cuándo comer sano se convierte en un problema
El término alimentación limpia describe un conjunto de conductas alimentarias muy enfocadas en la “nutrición adecuada”, que pueden volverse obsesivas porque suelen basarse en patrones restrictivos y en la evitación de alimentos considerados “insalubres” o “impuros”.
La alimentación limpia no es dañina por definición, indicó Sharp. Se vuelve problemática cuando los hábitos alimentarios quedan atados a normas rígidas y al valor que una persona se asigna a sí misma, de modo que comer un alimento percibido como “impuro” o “poco saludable” provoca ansiedad o culpa.
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La investigadora diferenció la alimentación limpia de otros dos conceptos relacionados: la alimentación desordenada y el trastorno alimentario. La primera agrupa conductas problemáticas que van más allá del perfil de la alimentación limpia obsesiva y que, sin llegar a un diagnóstico clínico formal, afectan negativamente la salud física y psicológica. Entre esas conductas figuran saltarse comidas, hacer dieta de forma crónica, darse atracones, hacer ejercicio compulsivo, mantener preocupaciones por la imagen corporal y desarrollar una preocupación intensa por la comida.
Un trastorno alimentario, en cambio, es una enfermedad mental reconocida clínicamente que afecta de manera persistente y negativa la conducta alimentaria y los pensamientos relacionados con la comida, el peso o la forma corporal.
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Esos trastornos pueden tener consecuencias graves sobre la salud física y mental y, en algunos casos, poner en riesgo la vida, advirtió la profesora. Entre los ejemplos citados figuran la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el trastorno por atracón y el trastorno por evitación o restricción de la ingesta de alimentos.

Ortorexia: el extremo obsesivo de la alimentación limpia
La alimentación desordenada puede surgir de la interacción compleja de varios factores: genética, dietas, rasgos de personalidad como el perfeccionismo, ansiedad, preocupaciones por la imagen corporal, presiones sociales, experiencias familiares y exposición a mensajes centrados en la apariencia. Esos elementos no actúan igual en todas las personas, por lo que algunas pueden ser más vulnerables que otras, y los investigadores todavía no comprenden por completo cómo se combinan.
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Un caso particular de esa vulnerabilidad es la ortorexia nerviosa, definida como una preocupación excesiva por comer de forma saludable y asociada al movimiento de la alimentación limpia, aunque no está reconocida formalmente como un trastorno alimentario. Las personas que la padecen pueden imponer reglas muy estrictas sobre lo que comen. Si esas reglas se rompen, eso puede perjudicar su salud física, sus relaciones sociales y su calidad de vida general, señaló Sharp.
La profesora enumeró varios patrones asociados con una relación poco saludable con la comida: crear reglas cada vez más estrictas, clasificar alimentos como “buenos” o “malos”, sentir ansiedad o angustia al comer los considerados “malos”, evitar reuniones sociales por miedo a desviarse de esas normas, dedicar un tiempo excesivo a pensar, planificar o investigar sobre comida, y perder el disfrute por estrés y sensación de restricción.
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Cómo ayudar a alguien con una relación difícil con la comida
La alimentación limpia se vuelve dañina cuando deja de ser una elección nutricional y pasa a gobernar la vida cotidiana con reglas rígidas, malestar emocional y aislamiento social, según Sharp.
Para ayudar a quien podría atravesar esta situación, la investigadora propuso cinco medidas prácticas:
- Elegir un momento tranquilo y privado para hablar.
- Centrar la conversación en la preocupación por su bienestar y no en sus elecciones alimentarias o aspecto físico.
- Escuchar sin juzgar e intentar comprender su punto de vista.
- Evitar discutir sobre comida o tratar de convencer a la persona de que abandone sus reglas alimentarias.
- Animarla a buscar apoyo de un profesional de la salud.
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