
El ataque en la escuela del adolescente en Santa Fe no fue atribuido a un problema de salud mental, ni a efecto del bullying, como develó la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva.
Según relataron en la conferencia de prensa, la investigación reveló que el adolescente agresor participaba en una subcultura virtual llamada “True Crime Community” (TCC) dedicada al consumo de las masacres escolares del mundo
Paralelamente, se multiplicaron las amenazas de tiroteos en colegios de diversas provincias. Hubo más de 100 denuncias y se alertó acerca de una “oleada” de amenazas virales vinculadas a desafíos de redes sociales y chats. La respuesta a uno de estos eventos fue que en CABA detuvieron a un adolescente por amenazas a través de su cuenta de Instagram. En la historia se veía la imagen de un arma de fuego acompañada por un mensaje: “El 22/04 no se salva nadie jajajaj”.
Dudo que todos estos acontecimientos no atañen a problemáticas de salud mental, pero en general es un tema que se ha relegado a las cuestiones que se consideran sin retorno, como los trastornos graves de la personalidad, dejando afuera todo un abanico de padeceres y dolores sin atender.

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires presentó un protocolo de actuación ante amenazas de tiroteos o presencia de armas en escuelas. El documento establece pautas: dar aviso inmediato a las autoridades, activar el 911, resguardar a estudiantes y docentes, evitando la circulación, no confrontar a un posible agresor y dejar la intervención en manos de las fuerzas de seguridad, además de ordenar la comunicación con las familias y prever instancias de acompañamiento posterior.
Sin embargo, se trata de un instrumento fundamentalmente reactivo: organiza qué hacer cuando la amenaza ya está instalada, pero no aborda las condiciones previas que permiten que estas escenas lleguen a producirse. En medio de este clima de pánico social y respuestas insuficientes, es imprescindible examinar qué ocurre antes de que la amenaza se vuelva explícita.
Un adolescente no produce un mensaje de ese tipo de manera súbita: hay una trayectoria. Esta, muchas veces, se construye en espacios digitales, el nuevo mundo en el que también habitamos, donde la violencia circula, se legitima y se organiza.
El desamparo adolescente hoy es un factor central. Muchos adultos han perdido el hilo rojo que los unía con las nuevas generaciones, y las respuestas a sus llamados suelen ser prohibitivas: no acceso a las redes sociales, revisión de sus pertenencias, detección, persecución y estigmatización.

Lejos de ser un problema exclusivo de adolescentes, estos modos de organización de la violencia también se encuentran en el mundo adulto. Una investigación de CNN reveló la existencia de una red en Telegram donde miles de hombres —padres, esposos, hijos y abuelos— participaban de lo que denominaban una “academia de violaciones”. Allí no solo compartían material, sino también instrucciones detalladas sobre el uso de fármacos para la sumisión química, su administración y estrategias para evitar ser detectados por la justicia. Solo en el mes de febrero, estos espacios registraron 62 millones de visitas.
Estos ecosistemas híbridos, donde la vida presencial y la virtual se entrelazan, no se limitan al plano discursivo. Los delitos se registran, se comparten y se celebran en los mismos espacios digitales que los promueven. En esa circulación se refuerza una lógica que erotiza la crueldad, la opresión y la violencia sexual, inscripta en una misma matriz de misoginia y deshumanización.
El fenómeno del True Crime dejó de ser marginal para convertirse en una de las formas más consumidas de narrar la violencia en la cultura contemporánea. Series, películas, música, podcast y plataformas de streaming organizan una narrativa muchas veces atravesada por la fascinación, que reconfigura el modo en que se perciben el delito, las víctimas y los agresores.
El fandom de TCC (en su mayoría varones) celebra a criminales históricos y estudia masacres en escuelas y otros espacios, espectacularizando y sacralizando a los asesinos como héroes, mientras otros grupos se ocupan de las mismas lógicas en relación a niñas y mujeres.

La repetición constante de escenas de crueldad, sometimiento, muerte y tortura produce un efecto de habituación. Lo que años atrás hubiera generado rechazo, hoy se mira, se comenta y se comparte. Así la violencia se vuelve cotidiana, tolerable, narrable, incluso para muchos entretenida. Un joven paciente me decía: “es terrible lo que te aparece en Instagram”, ya no hay filtros. Y es cierto: no hay filtros casi en ningún sentido. No hay dónde no mirar.
Las canciones que erotizan el dominio, los videoclips que sexualizan la vulnerabilidad, la pornografía con la que muchos niños y adolescentes se educan sexoafectivamente, la hipersexualización de las niñas, la infantilización del erotismo, los videojuegos que premian la eliminación del otro, funcionan como dispositivos culturales que organizan modos de ver, sentir y estar en el mundo. No crean la violencia, pero sí colaboran en su insensibilización.
Desde hace muchos años, niños muy pequeños pasan horas y horas jugando a videojuegos. Desde aquellos donde el jugador comete robos, enfrentamientos armados y asesinatos dentro de un mundo tan bestial que se puede asesinar a patadas a una anciana, hasta otros centrados en disparar y destruir enemigos de forma constante y explícita en un baño de sangre demencial.
También hay casos en los que un jugador asume el papel del asesino en primera persona, con habilidades inspiradas en leyendas del horror, mientras cuatro supervivientes intentan abrir una salida. Otros ejemplos son los videojuegos basados en tiroteos intensos donde se mata para sobrevivir o ganar, o aquel en el que un grupo de terroristas luchan por poner una bomba mientras que los antiterroristas intentan prevenirlo, a los tiros.

O los juegos más recientes centrados en combates armados rápidos y competitivos. Se repite la misma dinámica: disparar, perseguir, eliminar y avanzar a través de la violencia extrema, aunque ningún niño, en ese momento, la perciba a veces como tal. Aparentemente no hay consecuencias subjetivas ni registro del daño al otro.
¿Pero cómo se construye la empatía si, en pleno desarrollo, se está horas frente a una pantalla saturada de violencia, sin mediación ninguna? Por supuesto, ningún juego convierte a un niño en agresor, pero sí lo expone, desde muy temprano, a una lógica donde la violencia funciona y es premiada.
La mediación adulta es compleja porque la brecha generacional digital es enorme. Muchas familias desconocen que en el cuarto de al lado, o al lado suyo, en la pantalla de su celular un hijo puede estar librando una batalla sangrienta o participando de espacios donde se venera un nuevo tipo de héroe: el shooter.
Si la adolescencia es, en sí misma, un territorio atravesado por dudas existenciales y construcción de la identidad, cuando a eso se le suman fragilidades como el aislamiento, la angustia, el rechazo, la soledad, o la falta de pertenencia, el escenario es aterrador.

¿Con qué herramientas cuenta hoy un adolescente para nombrar su malestar? Muchas veces los adolescentes se expresan de manera performativa: sus acciones funcionan como un llamado. Un enunciado que tiene la capacidad de generar una acción o una transformación en la realidad. En estos días parecen haber logrado una reacción del mundo adulto, pero no alcanza con el susto.
Escuché el otro día a dos estudiantes que hablaban con una conductora en un programa de TV a propósito de la aparición de escritos dentro del colegio Pellegrini, dependiente de la UBA: “Viernes 16 los vamos a matar, tiroteo CECAP en serio”. Las chicas decían que no se trataba de un problema individual: hacían hincapié en los discursos de odio desde el poder, en la violencia entre los adultos y en la necesidad de ubicar la salud mental adolescente en la agenda pública. Tenían razón.
Y es necesario reforzar ese punto: la salud mental infantojuvenil debe ser una prioridad. Y no se trata de un cambio en la legislación actual que la regula. Se necesita financiamiento real para sostener una demanda que ya desborda los dispositivos existentes.
Los discursos de odio avanzan de forma inusitada de manera global y ofrecen plataformas de identificación para quienes están en pleno proceso de construcción subjetiva. En ese terreno, estas narrativas pueden volverse referencia para sentirse parte y definir posiciones frente al otro.

1 de cada 7 adolescentes atraviesa un padecimiento en salud mental, principalmente ansiedad y depresión, y el 21,7% refiere haberse sentido angustiado en el último año. La OMS advierte que la mitad de estas problemáticas comienzan en esta etapa y muchas veces no son detectadas ni tratadas. A esto se suman otros cuadros como el TDAH, los trastornos de conducta y los trastornos alimentarios, asociados a depresión, consumo de sustancias y riesgo suicida.
En Argentina, el suicidio ya es la segunda causa de muerte entre adolescentes de 10 a 19 años y la violencia interpersonal se ubica entre las principales causas de muerte en adolescentes mayores. Este escenario se agrava por una crisis socioeconómica sostenida que precariza la vida cotidiana: pobreza, exigencia, estrés, sobrecarga familiar y debilitamiento de las redes de cuidado impactan directamente en la salud psíquica. La violencia en las escuelas, el vacío y la soledad exigen algo más que respuestas reactivas: combinar protocolos de salvaguarda con acciones de prevención psicosocial sostenidas en todos los ámbitos.
Pero estos episodios también describen nuestro fallo en los modos de alojar a las nuevas generaciones. No se trata solo de señalar con el dedo acusador a los adolescentes, sino de ser capaces de ver las condiciones en las que ese malestar se expresa y que no fuimos capaces de leer a tiempo.

Siempre tengo presente el trabajo del psicoanalista Fernando Ulloa acerca de la crueldad, él afirmaba que la aparición de esta era por el inexorable fracaso de la ternura, y que vivir sin ternura era en el desamparo total. Pienso que los niños, niñas y adolescentes se encuentran allí, al borde.
No hemos logrado sostener, acompañar y alojar de manera adecuada y muchos se cobijaron espacios que ofrecen, certidumbre, pertenencia y también horror.
Estamos a tiempo de escucharlos y poner en agenda su salud mental antes que el desamparo sea total.
Sonia Almada es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy, La niña del campanario y Huérfanos atravesados por el femicidio.
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