
La autoestima y la percepción de valor personal tienen raíces profundas desde los primeros años de vida. Los gestos cotidianos que recibe una persona en la infancia —ya sean de reconocimiento, de aprobación o de silencio— conforman un repertorio emocional que se almacena incluso antes de que el lenguaje permita nombrarlo.
De esta manera, la construcción de la autoimagen no comienza con las palabras, sino con la experiencia sensorial y afectiva del reconocimiento temprano. La manera en que una persona fue mirada y valorada en la niñez deja una huella que, muchas veces, condiciona su percepción de sí misma durante toda la vida.
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Así, por ejemplo, la infancia marcada por la llamada negligencia emocional puede dejar una marca silenciosa pero persistente en la vida adulta, afectando la calidad de las relaciones.
Jonice Webb, doctora en psicología explicó en un artículo en Psychology Today: “La negligencia emocional en la infancia se produce cuando tus padres no se dan cuenta de tus emociones, no responden a ellas o no las validan lo suficiente mientras te crían. El resultado: Tiendes a considerar tus sentimientos como inútiles o una carga, tal como lo hacían tus padres”, describió la psicóloga.
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Este patrón se traduce en vínculos que suelen sentirse desiguales o vacíos, dado que la persona termina por minimizar sus propias emociones e intereses, priorizando constantemente el bienestar de los demás.
De acuerdo con Webb, el niño cuyas necesidades afectivas no son vistas ni valoradas por sus padres aprende a desconfiar de sus propios sentimientos y, como consecuencia, levanta una barrera interna.
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“La realidad es que no te protege de tus emociones; te priva de ellas. Te impide acceder a lo que necesitas para tener amistades profundas y auténticas”, aseguró.
Según la experta, estos adultos suelen ser “amigos ejemplares” porque se enfocan en atender a los otros. Sin embargo, pueden sorprenderse al comprobar que su entrega no se refleja en igual medida. Esta disparidad no es casual: el adulto emocionalmente descuidado prefiere volcarse en los demás antes que mirar hacia adentro y admitir sus propias necesidades, perpetuando así el desequilibrio en los lazos de amistad.
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Cómo afecta la negligencia infantil a los adultos

Los efectos más comunes de la negligencia infantil en la edad adulta incluyen, según Healthline:
- Depresión
- Ausencia emocional
- Rehuir la intimidad
- Sentirse vacío
- Culpabilidad y vergüenza
- Ira y comportamientos agresivos
- Dificultad para confiar en los demás o depender de alguien más
Los adultos que experimentaron negligencia emocional infantil también pueden convertirse en padres que descuidan emocionalmente a sus hijos. Al no haber aprendido nunca la importancia de sus propias emociones, es posible que no sepan cómo cultivar las emociones en sus hijos.
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Cómo romper el ciclo de la negligencia emocional

El tratamiento psicoterapéutico puede ayudar a las personas a superar los efectos de la negligencia emocional y también a prevenir consecuencias futuras.
Para modificar este patrón, Webb recomendó tres estrategias:
- Ocupar más espacio en la dinámica de la amistad. Esto implica animarse a solicitar, expresar y compartir en la misma medida en que se escucha. Es común que quien sufrió negligencia emocional hable menos que su interlocutor; por ello, es clave prestar atención a este desequilibriio y buscar corregirlo activamente.
- Reconectar con las propias emociones. El proceso demanda detenerse a identificar, nombrar y validar lo que sucede internamente. Según la especialista, se trata de un ejercicio deliberado para recuperar el acceso al propio mundo afectivo, que fue negado desde la infancia.

- Practicar la comunicación a través de frases como: “Siento”, “Quiero”, “Necesito” o “Pienso”. Esta fórmula, precisó la psicóloga, facilita que el interlocutor comprenda y legitime las necesidades y sentimientos de quien las expresa.
Estos cambios impactan en la percepción que tienen los otros: cuando una persona se trata a sí misma como alguien valioso —en la manera en que reconoce y transmite sus emociones—, los vínculos empiezan a reflejar reciprocidad y apoyo real. Las amistades se hacen menos superficiales y comienzan a cubrir necesidades auténticas de conexión, señaló Webb.
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“Cuando tratas tus sentimientos, y en última instancia a ti mismo, como si no importaras, es más probable que los demás te traten igual. Así que, imagina lo que podría pasar cuando empieces a valorarte como alguien importante. ¡Lo has adivinado! Los demás también empezarán a verte y a tratarte como tal", destacó la psicóloga.
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