
La violencia en las escuelas de América Latina enfrenta una dimensión inédita que desborda las aulas y se instala en el corazón de la vida digital de los estudiantes. Las amenazas ya no solo llegan en forma de armas, sino también como mensajes virales, desafíos peligrosos y contenidos falsos que circulan sin freno, alimentados por la hiperconexión y las herramientas de inteligencia artificial.
Alejandro Castro Santander, director del Observatorio de la Convivencia Escolar, sostiene que hay una transformación profunda en la violencia que atraviesa las escuelas de América Latina. Según el documento, el tiroteo de Columbine en 1999 no solo marcó el inicio de una era de contagio y radicalización digital, sino que instaló un modelo de violencia escolar que se replica y adapta en la región.
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Un caso reciente en el colegio Mariano Moreno de San Cristóbal, Santa Fe, Argentina, donde un adolescente asesinó a un compañero de 13 años, se convirtió en un punto de inflexión. El hecho se replicó en otras instituciones a través de mensajes y videos compartidos entre estudiantes, viralizando un lema inquietante: “Mañana tiroteo”. Esta propagación digital muestra que la amenaza ya no se limita a las armas físicas, sino que se nutre de guiones de violencia amplificados por redes sociales e inteligencia artificial.
En este contexto, Candelaria Irazusta, del Equipo ABA – Anti Bullying Argentina, advierte sobre el impacto de negar la especificidad del fenómeno: “La violencia escolar existe. Tiene nombre, tiene actores, tiene dinámicas propias y tiene soluciones posibles que la investigación ha documentado con paciencia durante décadas. Resignarse a que ‘es todo violencia social’ no salva a ningún estudiante, no ayuda a ningún docente y no orienta a ninguna familia”.
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Los expertos sostienen que la escuela, tradicionalmente vista como refugio emocional, enfrenta una convergencia de problemas inéditos: la hiperconectividad, la presencia del crimen organizado y la naturalización de prácticas digitales que agravan los daños, desde el bullying hasta la viralización de amenazas y la difusión de contenidos íntimos falsos.
Castro Santander remarca que “la gestión de la convivencia ya no se reduce a instalar cámaras o reforzar puertas, sino a intervenir en el núcleo humano y digital donde nacen y se expanden los guiones de la agresión”.
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Columbine aparece entonces como un “punto de quiebre cultural” y parte de una evolución en el perfil de los agresores. Entre 1999 y 2010, predominaban motivaciones personales de venganza por hostigamiento; desde entonces, emerge una radicalización ideológica, amplificada por foros como Incels o espacios supremacistas, donde el “copycat” –la imitación criminal– se convierte en motor de notoriedad mediática.

“El 80% de los perpetradores comunican sus intenciones. Sin embargo, en la era de los desafíos virales, distinguir entre una amenaza real y una ‘broma’ de mal gusto se ha vuelto el mayor desafío para las autoridades”, advierten los expertos.
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Irazusta y Castro Santander, profundizan sobre los riesgos de reducir la problemática escolar a una mera extensión de la violencia social: “La escuela no es un espejo neutro de la sociedad. Es un espacio institucional con características singulares que no existen de la misma manera en ningún otro ámbito de la vida social. La asistencia es obligatoria: una víctima de acoso no puede simplemente alejarse de su agresor”, explica Castro Santander.
Una problemática regional

La violencia armada no surge como una anomalía escolar, sino como reflejo del entorno. En países como México, Brasil, Colombia o Argentina, la presencia de armas responde a un sentimiento de desprotección y a la búsqueda de respeto en instituciones percibidas como ausentes. En Colombia, la escuela es el cuarto objetivo de ataques a nivel mundial, con una frecuencia de un incidente cada cuatro días desde 2017.
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En Brasil y México, el modelo estadounidense de tiroteo masivo se adapta a realidades propias asociadas a la cultura de la masculinidad: el arma se convierte en un símbolo de prestigio frente al vacío de pertenencia. En Argentina, uno de cada cuatro estudiantes sufre violencia escolar cada año.
El salto al ciberacoso se vio potenciado por la expansión de Internet a partir de 2008. Desde entonces, los casos de violencia escolar aumentaron exponencialmente, y ahora el fenómeno de “happy slapping” borra el hogar como refugio, sometiendo a las víctimas a humillaciones potencialmente infinitas.
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Los expertos dan cuenta del “efecto contagio” como una de las claves de la violencia escolar contemporánea: la cobertura mediática sensacionalista incrementa la probabilidad de nuevos hechos en la “ventana crítica” de trece días posteriores a un tiroteo. Los agresores estudian y homenajean a sus predecesores, aspirando a una fama negativa legitimada por comunidades virtuales.
Sobre la importancia de la comunicación luego de un hecho de violencia, los expertos señalan: “La gestión de la comunicación post-crisis es tan vital como la seguridad física. Se recomienda evitar la publicación de nombres y rostros de los agresores, y centrar la narrativa en las víctimas y la resiliencia de la comunidad”.
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Además, Internet permite el chantaje, la desinformación y el hostigamiento sistemático, generando un mercado de likes en el que adolescentes repiten desafíos virales peligrosos con consecuencias graves.
Uno de los aspectos más novedosos que abordan los expertos es la irrupción de la inteligencia artificial generativa como herramienta de daño escolar. Los deepfakes sexuales afectan en el 95% de los casos a mujeres, generando estigmatización, ansiedad y deserción escolar. A esto se suma la clonación de voz para amenazas, el acoso automatizado mediante bots y la creación de pruebas digitales falsas que erosionan la confianza institucional.
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Ante este escenario, la UNESCO impulsa una “gestión ética de la IA”, con recomendaciones para incluir sanciones por su uso indebido en los manuales escolares y establecer una edad mínima de 13 años para operar plataformas de IA.
“El clima escolar ha demostrado en decenas de investigaciones que predice comportamientos violentos con independencia del contexto socioeconómico del barrio: una escuela con buen clima en un entorno violento puede proteger a sus estudiantes”, dice Irazusta. Y agrega: “Si ‘todo es violencia social’, ese dato no existe. Y si ese dato no existe, tampoco existe la posibilidad de intervenir”.
La evolución de las políticas en América Latina, que han pasado de enfoques punitivos a estrategias preventivas y colectivas. Ejemplos como la Ley 1620 de Colombia, la Política de Buena Convivencia Escolar de Chile y el Programa Nacional de Convivencia Escolar de México incluyen formación en derechos humanos, alfabetización emocional y atención psicosocial tras una crisis. Castro Santander insiste: “Llegar tarde en materia de prevención es, en última instancia, una forma de no haber llegado”.

La resiliencia digital emerge como un objetivo clave. El modelo BRIDGES promueve la comunicación respetuosa, la correcta gestión de la información personal y la protección técnica frente a amenazas online. La escuela debe ser un espacio de aprendizaje para los “errores digitales”, lejos del juicio sumario y orientado a la reparación y la construcción de comunidad.
Entre las recomendaciones estratégicas, los expertos sugieren actualizar los manuales escolares para incluir sanciones y protocolos ante delitos digitales, invertir en la formación docente para afrontar nuevas amenazas, implementar sistemas de alerta temprana inspirados en modelos como Safe2Tell, fortalecer la alianza escuela-familia y priorizar la salud mental como barrera ante el contagio de conductas violentas y el suicidio juvenil.

Irazusta advierte sobre las consecuencias de diluir la responsabilidad institucional: “A los docentes, que ya cargan con condiciones laborales deterioradas y con una sensación creciente de soledad institucional, se les dice ahora que el problema que enfrentan cada día ‘no es escolar’. Se los invita a comenzar a sentirse víctimas. Esa es una forma de violencia sobre los docentes que no viene del barrio ni de la familia: viene del discurso que pretende defenderlos”.
El éxito de una institución educativa hoy, concluyen los expertos, depende de su capacidad para “proteger la dignidad y los derechos de cada estudiante, construyendo espacios donde la diferencia sea celebrada y el conflicto se resuelva por el diálogo y la empatía”.
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