“Nada… sólo matando gente": crónica de la masacre que duró 47 minutos y terminó cuando los asesinos perdieron la emoción de disparar

Eric Harris y Dylan Klebold tenían 18 y 17 años la mañana en la que entraron a la escuela secundaria Columbine, en Colorado, Estados Unidos, para matar y matarse. Eligieron el martes 20 de abril de 1999 porque ese día -de 1889- había nacido Adolf Hitler. Les dejaron cartas a sus padres pidiéndoles perdón, instalaron bombas que fallaron e ingresaron a desatar una matanza. A las 12:08 se dispararon en la sien y en la garganta

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Dos jóvenes blancos, Eric Harris a la izquierda con cabello oscuro corto y Dylan Klebold a la derecha con cabello más largo y rizado, posan para retratos
A veintisiete años de la masacre de Columbine, el ataque perpetrado por Eric Harris y Dylan Klebold sigue conmocionando a Estados Unidos y al mundo

Si no hubiesen hecho lo que hicieron, sus vidas podrían haberse extendido mucho años más que esa mañana de abril de 1999. Pero lo hicieron. Si no hubiesen hecho lo que sí hicieron, Eric Harris, de dieciocho años recién cumplidos y Dylan Klebold, de 17, pudieron ser lo que todo adolescente puede ser cuando se abre a la vida: un ejecutivo de éxito, violín solista en alguna sinfónica, médico, maestro, deportista, carpintero, poeta; de hecho, a Klebold sus padres lo llamaron Dylan en honor del poeta Dylan Thomas y con la mente puesta en Bob Dylan, que decía que las respuestas flotaban en el viento.

Pero hicieron lo que hicieron. El 20 de abril de 1999, hace ya veintisiete años, Harris y Klebold llegaron a su colegio, el Columbine High School de Colorado, Estados Unidos, armados hasta los dientes, con municiones de sobra y bolsos con varias bombas de propano; mataron a doce alumnos y a un profesor, hirieron a otros veintiún chicos, otros tres se lastimaron cuando huyeron de aquel infierno y, después de cuarenta minutos de sangre y terror se mataron en la biblioteca de la escuela.

No todas las respuestas flotan en el viento como Bob Dylan imaginó, intuyó o acaso supo. Las respuestas de la gran tragedia sin sentido de Columbine llegaron, sin preguntas, después de la matanza; las contestaron los heridos, los inválidos, los que no superaron el trauma, los vencidos para siempre por el terror, las familias de los muertos, el estupor de los policías, la perplejidad de los funcionarios, el futuro tormentoso que deparaba la masacre: hasta ese día, Columbine fue la matanza más letal provocada en una escuela secundaria en toda la historia de Estados Unidos. Pero fue superada. En suma, la vida de los muertos, de los heridos, de sus familias, del estado de Colorado, del sistema educativo de los Estados Unidos y de gran parte de la sociedad americana pudo haber sido diferente si Harris y Klebold no hubieran hecho lo que hicieron. Pero lo hicieron.

A las 11.14 de la mañana de aquel martes 20 de abril, cuando el mundo se debatía entre los cambios que llegarían con el nuevo siglo y los usuarios de millones de computadoras se preguntaban si sus maravillas técnicas quedarían inútiles en pocos meses, con la llegada del año 2000, Harris y Klebold llegaron a su colegio en el condado de Jefferson, cada uno al volante de su auto. Harris, que había cumplido los dieciocho once días antes, estacionó en la entrada sur del colegio. Klebold, que iba a cumplir los dieciocho en septiembre, estacionó en la entrada oeste. Entre otros explosivos, cada uno llevaba dos bombas con diez kilos de propano cada una, capaz de demoler cualquier estructura bien plantada. Las bombas, caseras todas, fabricadas por Harris que tenía facilidad y afición para armarlas, estaban programadas para estallar poco después de que los dos asesinos las colocaran en la cafetería del colegio, disimuladas entre las mochilas de los cientos de estudiantes que a esa hora colmaban la cafetería.

Gran grupo de cientos de estudiantes de la Clase de 1999 de Columbine High School, sentados en gradas de madera en un gimnasio, mirando al frente
Retrato de la promoción de 1999 de Columbine High School, que se graduó un año antes de la trágica masacre perpetrada por Eric Harris y Dylan Klebold
Eric Harris y Dylan Klebold, dos jóvenes blancos, aparecen en una foto grupal de anuario con otros estudiantes, contra un fondo de paneles de madera
Los autores de la primera masacre escolar en la historia de los Estados Unidos se ubicaron en una de las esquinas superiores: Eric Harris y Dylan Klebold

Después, volvieron al auto de Harris a esperar la explosión. Era parte de un plan que casi se frustra porque en el camino se toparon con un compañero de clase de Harris llamado Brooks Brown. A los dos los unía una relación complicada y esquiva. Dos años antes, la madre del chico Brown había denunciado a Harris porque su blog desbordaba de mensajes cargados de odio contra la sociedad en general y contra los maestros y estudiantes de Columbina en particular.

Lo que más extrañó a la señora Brown de la conducta de Harris, que entonces tenía quince años, era que el chico dejaba en claro su deseo de matar a quienes le molestaban y exponía también alguna velada amenaza, y alguna amenaza no velada, hacia su hijo. La señora Brown pensó que Harris era un chico peligroso. De manera que hizo una denuncia ante el sheriff del condado de Jefferson. Un investigador se hizo cargo del caso y, con el material que había en el blog de Harris, pidió una orden de allanamiento porque sospechaba que el muchacho estaba metido en las entrañas de un delito cometido, previo estallido de una bomba, en febrero de 1998. La orden jamás se presentó y todo el expediente desapareció de la oficina del sheriff después de la matanza de Columbine. Recién fue descubierta en 2001 gracias a una investigación del prestigioso programa periodístico de televisión 60 Minutos, que pudo reconstruir el documento: el original sigue sin aparecer.

Así que allí estaban ahora, poco después de las once y cuarto de la mañana, Harris y Brown, frente a frente. Brown preguntó a Harris el porqué de su ausencia en un reciente examen importante en Columbine y Harris le dijo: “Ya no importa”. Después, en tono piadoso, en todo caso extraño a los oídos de Brown, le dijo: “Brooks, ahora me caés bien. Salí de aquí. Andáte a tu casa”. Algo hizo que Brown cumpliera de inmediato con ese pedido, que era una advertencia y un peligro: sus compañeros, que iban a la cafetería a almorzar, lo vieron alejarse con rapidez de Columbine.

Harris y Klebold se sentaron en el auto a esperar que se cumpliera su plan: que estallara la cafetería. En el interior del coche prepararon sus armas. Harris llevaba una escopeta Savage Springfield 67H, calibre 12, que en los siguientes cuarenta y siete minutos disparó veinticinco veces. Cargaba también una carabina Hi-Point 995 de 9 milímetros con trece cargadores de diez balas cada uno, que dispararía noventa y seis veces. Klebold llevaba una pistola semiautomática Intratec AB-10, de 9 milímetros, con tres cargadores: uno de cincuenta y dos balas, otro de treinta y dos y el tercero de veintiocho; cargaba además una escopeta Stevens 311D, calibre 12 de dos cañones paralelos y recortada por él mismo. Klebold usó cincuenta y cinco veces su pistola y disparó un total de doce cartuchos con la escopeta.

Primer plano de un joven con gorra al revés, ojos abiertos y boca sorprendida, apuntando hacia arriba con su dedo índice izquierdo. La imagen tiene baja calidad de video
Eric Harris dejó una carta firmada en su casa: "A toda la gente que amo, realmente lo siento. Siento todo esto. Sé que te sorprenderá, papá. Mamá, lo siento. No puedo evitarlo"
Primer plano de Dylan Klebold sonriendo con una gorra oscura de béisbol con logo 'B', cabello claro y ojos intensos, en una imagen en escala de grises
"Hola mamá. Tengo que irme. Falta media hora para el Día del Juicio. Solo quería pedirles perdón por cualquier mierda que pueda provocar", escribió Dylan Klebold

El plan falló. Las bombas no estallaron. Si lo hubieran hecho, podrían haber matado o herido a los cuatrocientos ocho alumnos de Columbine que almorzaban o esperaban para hacerlo; además, podrían haber provocado el derrumbe del techo y de gran parte de la biblioteca del colegio ubicada en el piso superior. Los dos asesinos esperaban afuera y armados para asesinar a quienes hubieran intentado escapar de la cafetería en llamas.

Ante el fracaso del plan criminal, los dos asesinos decidieron llevar adelante la matanza con sus propias manos. Se calzaron unos abrigos o chaquetas negras, largas y holgadas, ocultaron las armas bajo esas ropas y salieron del auto. Enfilaron hacia la cafetería. Eran las 11.19 de la mañana. Tendidos en el césped vecino al local, conversaban dos estudiantes que habían decidido escapar del bullicio tormentoso del almuerzo colectivo. Eran Rachel Scott, de diecisiete años y Richard Castaldo. Uno de los dos asesinos arrojó hacia allí un paquete, o atado, o bulto que hizo poco ruido y mucho humo. Harris y Klebold enarbolaron sus armas y dispararon contra los dos estudiantes. La chica Scott recibió cuatro balazos y murió en el acto; a Castaldo lo hirieron ocho balazos en el pecho, el brazo y el abdomen: perdió el conocimiento, pero no murió. Vive desde entonces en una silla de ruedas.

Cuarenta y siete minutos después, cuando todo terminó, el condado de Jefferson y su principal colegio habían perdido la paz para siempre y la vida de sus habitantes había dado un vuelco, Estados Unidos estaba conmocionado por la absurda tragedia y el resto del mundo se preguntaba cómo pudo pasar y quiénes eran los asesinos.

Los asesinos mataron a doce alumnos y a un profesor, hirieron a otros veintiún chicos, otros tres se lastimaron cuando huyeron de aquel infierno y se mataron en la biblioteca de la escuela
Los asesinos mataron a doce alumnos y a un profesor, hirieron a otros veintiún chicos, otros tres se lastimaron cuando huyeron de aquel infierno y se mataron en la biblioteca de la escuela

Harris y Klebold se habían conocido en 1993 y dos años después cambiaron de colegio para ingresar en el Instituto Columbine. Harris era un jugador devoto de “Doom”, un videojuego del tipo aquí te veo aquí te mato que consiste en disparar a enemigos muy malos: en aquellos años, se jugaba en una versión bastante rudimentaria. Harris usaba el alias “Reb” en la web, y Klebold se hacía llamar “VoDkA”, un sobrenombre que le habían cargado sus amigos por su afición al alcohol. Harris manejaba su propia página web: “You know what I hate? - ¿Sabes lo que odio?”, donde incluía mensajes muy agresivos hacia la sociedad en general: su lista de odios y de odiados, bastante heterogénea, incluía la mentira, las personas descuidadas, la música country, la libertad de prensa y algunas personalidades del espectáculo, la política y el deporte. Las investigaciones posteriores a la masacre dijeron que ambos habían sufrido acoso escolar en Columbine; sus compañeros los juzgaban raros, extravagantes, vestían diferente; sus excentricidades no parecían ser el fruto de un genio ignorado o no descubierto; por el contrario, los dos muchachos no hacían gala de ingenio, de agudeza, de inventiva o de fulgor; no tenían muchos amigos, no eran diestros en los deportes y sufrían las burlas de “los atletas” que, en Columbine, se distinguían del resto por usar unas gorras blancas con visera.

A principios de 1997, el blog de Harris empezó a incluir instrucciones sobre cómo fabricar explosivos, a la vez que describía los problemas que padecían él y su amigo Klebold; además, dejaba en claro su intención, al menos en el deseo, de matar a todo aquel que lo molestaba. Esa fue la página que denunció al sheriff del condado la mamá de Brooks Brown. El 30 de enero de 1988, un año y dos meses antes de Columbine, Harris y Klebold robaron algunas herramientas y equipos de una camioneta en la vecina ciudad de Littleton. Los arrestaron, se declararon culpables y fueron sentenciados a participar de un programa diseñado para alejar a los jóvenes del delito: ambos recibieron clases sobre “manejo de la ira”. Harris recibió asistencia psicológica porque adujo depresión, enojo, tendencias suicidas, ansiedad y dificultades para concentrarse. Le recetaron, en dos oportunidades, dos antidepresivos similares, de diferentes laboratorios.

Nada parecía funcionar. En abril de 1988 y como parte de su programa obligatorio de reeducación, Harris escribió una carta de disculpa al dueño de la camioneta robada, pero pocos días después, en su diario personal, se burló de todo aquello y escribió que él creía tener el derecho de robar algo si quería. Los diarios personales de los dos asesinos echaron algo de luz, luego de la matanza, sobre sus intenciones. Querían desatar una gran tragedia que superara al atentado del 19 de abril de 1995 en Oklahoma, cuando el terrorista Timothy McVeigh voló el edificio federal Alfred Murray y mató a 168 personas como un modo de recordar a los miembros de la secta de los davidianos, que habían muerto en Waco, Texas el 19 de abril de 1993. Harris y Klebold habían elegido el 19 de abril para desatar la matanza en Columbine y rendir así un homenaje doble: a McVeigh, de paso superarlo en la cantidad de muertos, y a los davidianos de Texas; pero lo postergaron veinticuatro horas porque ese 20 de abril habría más alumnos en la escuela y porque era el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler.

Un joven con cabello corto y ropa oscura sentado con las piernas cruzadas sobre un césped verde, con arbustos frondosos de fondo
Las primeras señales de alerta sobre la peligrosidad de Eric Harris, documentadas en blogs y denuncias al sheriff, fueron ignoradas por las autoridades locales

Los diarios de los dos asesinos contenían sus escritos sobre cómo huir a México, cómo secuestrar un avión en el aeropuerto de Denver para estrellarlo en un edificio de New York, tal vez el Empire State Building, planes que se adelantaban en dos años a los atentados contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001. Harris y Klebold habían practicado tiro y se habían filmado en un bosque, divertidos y con una furiosa arenga final que destilaba odio a cargo de Harris. Compraron las armas a través de amigos mayores y las ocultaron en sus casas sin que el entorno familiar las descubriera o sospechara algo siquiera.

Veinte minutos antes de salir a matar a la mayor cantidad de gente posible en la escuela de Columbine, Harris y Klebold grabaron dos videos para sus familias. Lo hicieron juntos, como todo lo que hacían. El primero en hablar fue Klebold, los ojos clavados en la lente de la cámara: “Hola mamá. Tengo que irme. Falta media hora para el Día del Juicio. Solo quería pedirles perdón por cualquier mierda que pueda provocar. Sé que voy a un lugar mejor. No me gusta demasiado la vida y seré más feliz donde sea que vaya. Adiós”. Después habló Harris: “A toda la gente que amo, realmente lo siento. Siento todo esto. Sé que te sorprenderá, papá. Mamá, lo siento. No puedo evitarlo”.

Después de asesinar a Scott y de herir a Castaldo, Harris disparó a otros tres estudiantes que también estaban sentados en el césped: Daniel Rohrbough, Sean Graves, los dos de quince años, y Lance Kirklin, de dieciséis. En la escuela y en la cafetería muchos alumnos pensaron que todo aquel alboroto era una broma, que alguien grababa un video, una ficción. Pero en medio del almuerzo de sus estudiantes, el profesor Dave Sanders supo enseguida que aquello era un ataque, sobre todo cuando vio cómo Harris y Klebold giraron luego de dispararles a Scott y a Castaldo y balearon a otros estudiantes sentados en el terraplén de césped que miraba a la cafetería. Michael Johnson, de quince años, fue herido en la cara, el brazo y la pierna, pero logró escapar. Mark Taylor, de dieciséis, fue herido en el pecho, los brazos y la pierna, cayó y creyó que lo mejor era intentar hacer creer a los atacantes que estaba muerto. Los tres lograron sobrevivir incluso Kirklin a quien se acercó Klebold; el asesino lo oyó quejarse con debilidad y pedir ayuda: “Claro que te voy a ayudar”, le dijo y le disparó en la cara.

Primer plano de un joven caucásico con cabello castaño ondulado, sonriendo ligeramente, vestido con una camisa oscura de manga larga
El plan inicial de los asesinos falló cuando las bombas caseras no explotaron, obligándolos a iniciar el tiroteo que aterrorizó a toda la comunidad educativa de Colorado

Para acceder a la cafetería, Klebold tuvo que pasar cerca de Rohrbough, que ya había muerto por los balazos de Harris: volvió a dispararle y pasó por encima del cuerpo de Sean Graves, que quedó paralizado de la cintura para abajo. Los investigadores dedujeron luego de la masacre que Klebold había entrado en la cafetería para revisar las dos bombas que no habían estallado. Harris, mientras, disparó a varios estudiantes sentados cerca de la entrada del local e hirió de gravedad a Anne-Marie Hochalter, de diecisiete años, cuando intentaba huir.

En lo alto de unas escaleras los dos asesinos volvieron a unirse. Dispararon a lo lejos contra un grupo de estudiantes reunido en un campo de fútbol, pero no hirieron a nadie. Dentro de la escuela Columbine, la maestra de arte, Patti Nielson, caminó junto al estudiante Brian Anderson, de diecisiete años hacia una de las puertas de la cafetería: era una de las tantas personas que pensaron que alguien filmaba un video demasiado realista y quiso pedirles un poco más de orden y de serenidad. Klebold y Harris le dispararon a través de una ventana y la hirieron en un hombro. La mujer corrió hacia la biblioteca del piso superior y alertó al resto de los estudiantes del peligro: les pidió que se escondieran todos bajo los escritorios y que no hicieran ruido alguno; ella mismo se escondió bajo el mostrador de la administración de la biblioteca y llamó al 911.

El llamado de la profesora Nielson al 911 hizo que el sheriff de Jefferson despachara a parte de sus efectivos y que avisara al policía Neil Gardner, un oficial asignado a la escuela preparatoria de Columbine. Eran las 11.22. Gardner comía por lo general junto a los estudiantes, pero ese mediodía lo hacía en su coche patrulla estacionado en una de las esquinas del campus. El policía oyó en su radio que en Columbine había una mujer herida y pensó en un accidente de autos y no en un tiroteo. Un minuto después llegó al estacionamiento de los estudiantes de último año mientras la radio de su coche patrulla le advertía: “Neil, hay alguien disparando en la escuela”. Lo recibió un disparo de rifle hecho por Harris, al que Gardner respondió con su pistola: ambos estaban a sesenta metros de distancia y no se hirieron.

Los estudiantes encerrados en la biblioteca dijeron haber escuchado a los asesinos admitir que ya no hallaban emoción en disparar a sus víctimas. A Klebold le oyeron decir: “Tal vez deberíamos empezar a acuchillar a la gente” (AP/David Zalubowski)
Los estudiantes encerrados en la biblioteca dijeron haber escuchado a los asesinos admitir que ya no hallaban emoción en disparar a sus víctimas. A Klebold le oyeron decir: “Tal vez deberíamos empezar a acuchillar a la gente” (AP/David Zalubowski)

A cinco minutos del primer disparo y dos minutos después de la primera llamada de radio policial, Harris y Klebold enfrentaban a un policía, que pidió refuerzos; tendidos en el suelo había dos muertos y al menos diez heridos. El tiroteo con Gardner distrajo la atención de los asesinos hacia el chico Brian Anderson, que acompañaba a la profesora Nielson, que escapó de la biblioteca y se refugió en una de las llamadas aulas de descanso.

Harris y Klebold empezaron a recorrer los pasillos de la escuela y a disparar a todo lo que veían hasta que desembocaron en un pasillo que daba a la biblioteca. En la cafetería, el profesor Sanders había ayudado a escapar a muchos de los aterrados estudiantes. Algunos, sin saber en dónde se metían, huyeron hacia la biblioteca, entre ellos Sanders que, junto a otro de los alumnos, se dio de cara con los dos asesinos. Harris le acertó dos balazos en el pecho y falló el disparo contra el estudiante que acompañaba a Sanders, que logró refugiarse en un aula de Ciencias.

Otro profesor logró arrastrar a Sanders hacia un aula donde se refugiaban treinta estudiantes. Aaron Hancey, un muchacho con experiencia en primeros auxilios y uno de sus compañeros, Kevin Starkey, intentaron detener la hemorragia en el pecho de Sanders con las camisetas de los estudiantes refugiados. Alguien colocó en la ventana que daba al exterior un cartel que decía: “Uno desangrándose”, con la intención de alertar a los policías y a los médicos por llegar. De esa aula fueron evacuados todos sanos y salvos, excepto Sanders, que murió a las tres de la tarde antes de llegar al hospital.

Vista exterior de la Escuela Secundaria Columbine, con un cartel, ambulancia y numerosos oficiales de policía y personal de emergencia frente al edificio
El atentado fue planeado en coincidencia con el aniversario del nacimiento de Adolf Hitler y buscó superar el número de muertes del atentado de Oklahoma de 1995

A lo largo de casi tres décadas, la pregunta que intenta explicar por qué lo hicieron no tiene respuesta. Harris y Klebold se llevaron el secreto, si es que hubo un secreto, a la tumba. Abundaron las hipótesis; teorías de todo tipo que no sirvieron antes para mirar en el interior de esos dos chicos desquiciados que pudieron ser otra cosa de no haber hecho lo que hicieron. La cultura violenta de Estados Unidos y la facilidad para comprar armas y explosivos, o para hacerse de ellos, fueron las principales causas señaladas como culpables del desastre. Después cayeron los videos juegos y hasta cierta música que ensalza la crueldad, la fuerza, la violencia, la sangre.

La realidad es que los padres de los chicos, el de Klebold era un antibelicista declarado, no vieron, no supieron ver, no imaginaron por lo que pasaban sus hijos, ni tuvieron indicios de sus planes de destrucción. Nadie vio, y si alguien las vio no las valoró, las señales, grandes o pequeñas, que los dos adolescentes dejaron en el corto camino de sus vidas y antes de convertirse en asesinos. Ni siquiera las autoridades que alguna vez los habían juzgado previeron la matanza o sospecharon una amenaza. No lo vieron tampoco sus maestros, sus compañeros que convivían con ellos largas horas en Columbine donde, en más de una oportunidad, Harris lanzó sus ráfagas de odio frente al acoso que recibían, o que creían padecer. Uno de esos mensajes lo rumió Harris en voz alta unas semanas antes de la matanza: “Ya verán cómo se van a reír cuando los hagamos volar por los aires”.

Otra idea enarbolada con el partido jugado, fue la que emparentaba a Harris y a Klebold con el nazismo o con el neonazismo, tan en boga entonces como hoy. Harris usaba símbolos nazis en sus cuadernos, la fecha del ataque fue elegida por el nacimiento de Hitler un 20 de abril y, mientras disparaban sus armas en Columbine, los dos asesinos hicieron comentarios racistas. Pero Klebold tenía ascendencia judía. En su casa mantenían las tradiciones y los rituales judíos heredados del abuelo materno. Incluso hasta la teoría más cercana a la realidad, una venganza por el acoso del que eran víctimas, quedó desleída porque la matanza cayó sobre alumnos que no tenían que ver con el acoso y los asesinos no se ensañaron siquiera con los atletas del colegio, aunque hayan tenido la intención, que los hacían víctimas de sus bromas porque eran raros, “nerds”, extravagantes. Mataron a tres de los atletas del colegio, pero tuvieron la oportunidad de matar a otro y lo dejaron con vida.

Cuando sucedió, Columbine fue la matanza más letal provocada en una escuela secundaria en Estados Unidos. Luego fue superada, pero penetró en la sociedad como ninguna otra (AP Photo/Kevin Higley)
Cuando sucedió, Columbine fue la matanza más letal provocada en una escuela secundaria en Estados Unidos. Luego fue superada, pero penetró en la sociedad como ninguna otra (AP Photo/Kevin Higley)

El desastre mayor se dio en la biblioteca de Columbine, donde muchos chicos habían buscado refugio. Harris y Klebold entraron allí a las 11.29, diez minutos después del primer disparo que mató a Rachel Scott en el césped vecino a la cafetería. Cincuenta y dos estudiantes se hacinaban desesperados y aterrados en la biblioteca junto a dos profesores y a dos bibliotecarios. Todos ocultos. Todos escondidos detrás de escritorios, pupitres y armarios. Klebold gritó al entrar: “¡Levántense! ¡Todos los atletas de pie! ¡Vamos a matar a todos los que tengan gorra blanca!”, en alusión a la prenda que identificaba a los deportistas del resto del estudiantado. Nadie se movió. Harris dijo entonces: “Bueno, voy a disparar de todos modos”. Y lo hizo dos veces contra un escritorio sin saber que detrás estaba escondido el estudiante Evan Todd que sufrió heridas leves por las astillas que había provocado el disparo.

Los asesinos caminaron entonces hasta el fondo del local, donde funcionaban dos hileras de computadoras. Frente a una de ellas se sentaba Kyle Velázquez, de dieciséis años. No se había escondido, apenas si se había inclinado un poco bajo una de las mesas. Klebold le disparó en la espalda y en la cabeza y la mató en el acto. Cuando vieron por las ventanas del segundo piso que la policía evacuaba al resto de los estudiantes, Harris dijo: “Vamos a matar a algunos policías”. Hubo un pequeño tiroteo, sin heridos. Klebold disparó luego su escopeta e hirió a tres estudiantes: Patrick Ireland, Daniel Stapleton y Makai Hall. Harris volvió a dirigirse hacia el sector de las computadoras, disparó un solo tiro, sin mirar, y mató de un balazo en el cuello a Steve Curnow, de catorce años. Volvió a disparar por debajo de las mesas donde presumía, y presumía bien, que había más chicos escondidos, e hirió a Kacey Ruegsegger, de diecisiete años; cuando la muchacha se dolió porque tenía el hombro destrozado y un roce de bala en el cuello, Harris le dijo: “Dejá de quejarte”.

Después, el mismo Harris se acercó a otra hilera de escritorios con computadoras y, como en un diabólico juego de niños, golpeó la tapa de madera del mueble, se arrodilló y dijo “Peel-a-boo”, algo así como “Te encontré”, y mató de un balazo en la cabeza a Cassie Bernall, de diecisiete años. Como mantenía la escopeta recortada con una sola mano y cerca de su cabeza, el retroceso del arma hizo que el doble caño le pegara en la cara y le quebrara la nariz: el asesino empezó a sangrar y su sangre manchó su remera blanca. Debajo de otra mesa dio con otra estudiante, Bree Pasquale a quien le preguntó si quería morir; la muchacha suplicó por su vida. Harris no disparó: parecía, dijeron luego los testigos, un poco desorientado por el golpe de su arma en la cabeza.

Una postal del 25 de abril de 1999, en un servicio conmemorativo por las víctimas del tiroteo en la escuela secundaria Columbine, en Littleton, Colorado (AP/Eric Gay)
Una postal del 25 de abril de 1999, en un servicio conmemorativo por las víctimas del tiroteo en la escuela secundaria Columbine, en Littleton, Colorado (AP/Eric Gay)

Cerca de él, Klebold vio al chico Ireland que intentaba ayudar a otro herido, Makai Hall: los dos habían sido heridos segundos antes. Klebold le disparó a Ireland por segunda vez y lo dio por muerto. Pero el chico sobrevivió. Con la vida de tantos estudiantes en sus manos, Klebold caminó hacia otro grupo de chicos apiñados detrás de un escritorio. Eran Isaiah Shoels, de dieciocho años, Matthew Kechter, de dieciséis y Craig Scott, también de dieciséis. Los tres eran del grupo de atletas a quienes los asesinos odiaban. El chico Scott era hermano menor de Rachel Scott, que había sido la primera víctima mortal de la matanza. Klebold llamó de un grito a Harris por el nombre que usaba en su página web: “¡Reb! ¡Hay un negro aquí!”. Los dos se burlaron unos segundos de Shoels con unos comentarios raciales y después, Harris se arrodilló y mató al muchacho de un balazo en el pecho hecho a muy corta distancia. Klebold mató a Ketcher mientras Harris gritaba: “¡A ver quién está listo para morir ahora!”. Debió ser Scott, pero lo dejaron con vida mientras el muchacho intentaba hacerse pasar por muerto, empapado en la sangre de sus dos amigos muertos.

Los dos asesinos deambularon por la biblioteca y dispararon al azar contra paredes, puertas y ventanas y contra las mesas y escritorios volcados donde sospechaban que se escondían más estudiantes. Una ráfaga de disparos hirió en la cabeza y el hombro a Mark Kingten, de diecisiete años, a Lisa Kreutz, de dieciocho y a Valeen Schnurr. Un escopetazo mató a Laureen Townsend, de dieciocho años. Klebold se acercó a Schnurr que decía entre gemidos “¡Oh, Dios…! ¡Oh, Dios…!” y le preguntó si creía en Dios. La muchacha dijo que sí entre sollozos, y Klebold: “¿Por qué?”.

Había más sorpresas todavía. Los sobrevivientes dirían después que los dos asesinos parecían embriagados, sin demasiada lucidez después de tanta sangre y tantos disparos. Harris disparó e hirió a dos chicos de dieciséis años, Nicole Nowlen y John Tomlin que había intentado alejarse de la mesa que ya no lo protegía de nada: Klebold lo alcanzó, le dio una patada y lo mató de varios balazos. Harris mató también con su escopeta a Kelly Fleming, de dieciséis años e hirió a Jeanna Park, de dieciocho.

Los dos asesinos se pararon en el centro de la biblioteca y recargaron sus armas. A Harris le pareció ver una cara conocida y le pidió que dijera su nombre. Era John Savage, un conocido de Klebold. Savage preguntó qué era lo que estaban haciendo, tal vez en un sentido no retórico sino más existencial. Le contestó Klebold: “Oh, nada… Sólo matando gente…”, Aterrado, Savage, que no era un atleta y pensó que la furia de sus dos conocidos estaba dirigida a los deportistas, preguntó entonces si a él también lo iban a matar. Klebold lo pensó. Vaciló un momento parecido a una eternidad y por fin le dijo que se fuera: Savage huyó de aquel infierno por la puerta principal.

Una cuadrícula de trece fotografías de retratos, mostrando a doce jóvenes y un hombre mayor, algunos a color y otros en blanco y negro
Esta imagen presenta una colección de retratos de las víctimas de la trágica Masacre de Columbine en abril de 1999, que dejó un doloroso legado

Después, quién sabe si sorprendido por el gesto de piedad de Klebold, Harris baleó a Daniel Mauser, de quince años. Lo hirió en la oreja. El chico, un gesto instintivo, empujó, movió o desplazó una silla contra Harris que entonces lo mató de un balazo a quemarropa en la cara. Los dos asesinos dispararon luego, al azar, bajo otra de las mesas volcadas de la biblioteca e hirieron de gravedad a tres jóvenes de diecisiete años: Jennifer Doyle, Austin Eubanks y a Corey DePooter, de diecisiete años recién cumplidos; el muchacho, había tratado de mantener el ánimo del pequeño grupo de estudiantes entre quienes estaba su mejor amigo, Eubanks, también herido. De Pooter fue la última víctima de los asesinos de Columbine. Eran las 11.35 de la mañana.

Días más tarde, cuando hablaron los sobrevivientes y la policía, se conocieron algunos detalles más de la gran tragedia. Los investigadores aseguraron que Harris y Klebold tenían municiones para matar a todos los alumnos y profesores de Columbine. Los estudiantes encerrados en la biblioteca dijeron haber escuchado a los asesinos admitir que ya no hallaban emoción en disparar a sus víctimas. A Klebold le oyeron decir: “Tal vez deberíamos empezar a acuchillar a la gente”. Los dos levaban cuchillos entre sus ropas. Los dos salieron de la biblioteca a las 11.36. El sitio fue evacuado por una de las puertas laterales de acceso. El chico Craig Scott ayudó a salir a Kacey Ruegsegger que hubiera muerto desangrada de no ser rescatada a tiempo.

Los asesinos deambularon por la escuela, balearon al azar puertas y ventanas, pero no encontraron ya blancos humanos. A las 11.44, la hora y los minutos se conocen porque muchas de las acciones fueron filmadas por las cámaras de seguridad de la escuela, regresaron a la cafetería, que era su obsesión. Volvieron a salir y recorrieron los desiertos pasillos que ya habían transitado. A las 12.02 entraron otra vez a la biblioteca donde yacían sin conocimiento el chico Ireland y Lisa Kreutz, que se graduaría un mes después de la matanza, en silla de ruedas.

Los asesinos gastaron cinco minutos en balear desde las ventanas de la biblioteca a la policía que rodeaba en edificio. A las 12.08 se mataron.

Lo hicieron juntos, como habían hecho todo y quedaron tendidos casi juntos, la cabeza de Harris cerca de la cintura de Klebold.

Harris se disparó con su escopeta en el paladar. Klebold se pegó un balazo en la sien.

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El joven de 18 años se consagró en lucha libre escolar en Nueva York tras una infancia marcada por graves heridas y múltiples cirugías. Hoy, con una beca en la University of North Carolina at Chapel Hill, se proyecta como estudiante y atleta mientras impulsa un mensaje de resiliencia y superación

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El día que Mae West fue a la cárcel por su obra “Sex” y transformó el escándalo en su mejor campaña de marketing

Durante 1927, la actriz desafió la censura puritana con “Sex”, una obra que escandalizó a la sociedad neoyorquina. Entre allanamientos policiales y sábanas de seda, convirtió una condena tras las rejas en el trampolín publicitario más brillante de la historia de Hollywood

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