
El hábito de posponer la alarma al despertar se encuentra más extendido y menos perjudicial de lo que indican las creencias populares, según un reciente análisis difundido por The New York Times.
Un estudio internacional realizado con la colaboración de más de 21.000 adultos, que monitorizó rutinas de sueño durante seis meses, detectó que la mayoría de las personas utiliza la función “posponer” del despertador en más de la mitad de las noches analizadas.
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De acuerdo con los datos recogidos por la investigación, el promedio de repeticiones del botón de alarma alcanzó 2,4 veces por jornada, lo que sugiere que la conducta forma parte de las estrategias cotidianas para gestionar el sueño.
Especialistas en medicina del sueño advierten que, pese a la popularidad del hábito, los efectos fisiológicos y cognitivos de posponer la alarma aún presentan áreas desconocidas. Cathy Goldstein, profesora clínica de neurología en la Universidad de Míchigan, señaló en diálogo con The New York Times que existen pocas pruebas robustas que vinculen este comportamiento con consecuencias negativas graves para la salud cerebral o el bienestar inmediato.
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La advertencia fue acompañada por la opinión de Shelby Harris, experta en neurología y psiquiatría de la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, quien subrayó la importancia de distinguir entre un uso ocasional del “snooze” y la repetición sistemática, que podría encubrir trastornos de sueño no diagnosticados.

El informe de The New York Times destaca que quienes suelen postergar el momento de levantarse corresponden a individuos con un cronotipo nocturno, aquellos que reportan somnolencia al despertar o experimentan interrupciones frecuentes en el sueño.
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Desde la perspectiva biológica, existe inquietud sobre el posible impacto de esta práctica en la fase REM, etapa crítica para la consolidación de la memoria, la gestión emocional y otros procesos cerebrales.
Rebecca Robbins, científica especializada en sueño en el Hospital Brigham and Women’s de Boston, explicó que cuando se anticipa el final del sueño puede interrumpirse el ciclo REM, lo que facilita una transición hacia un descanso más superficial y menos restaurador.
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A pesar de estas advertencias, Goldstein puntualizó que hasta ahora no se ha documentado una relación directa entre la pérdida de minutos de sueño REM por la mañana y un deterioro significativo en el desempeño cognitivo o el bienestar diario.
Esta matización introduce un margen de tolerancia para el uso moderado del botón “posponer”, siempre que no existan síntomas de fatiga durante el día ni alteraciones en la rutina de descanso. El hábito de posponer la alarma puede reflejar problemas de fondo vinculados a la calidad del sueño. Según Harris, recurrir con frecuencia al “snooze” podría indicar la presencia de alteraciones como insomnio, síndrome de piernas inquietas, apnea del sueño o narcolepsia.
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Además, el uso de ciertos medicamentos —entre ellos trazodona, difenhidramina, gabapentina y quetiapina— puede aumentar la tendencia a prolongar el descanso matutino. De acuerdo con The New York Times y medios como la BBC, los especialistas resaltan la importancia de revisar la higiene del sueño antes de buscar soluciones farmacológicas.
Las recomendaciones incluyen limitar el consumo de cafeína y alcohol en la noche, mantener horarios regulares y crear un ambiente propicio para dormir. Si las dificultades persisten pese a estas medidas, se aconseja consultar a un profesional de la salud.
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El análisis de The New York Times cita estudios preliminares que sugieren posibles beneficios del “snooze” bajo ciertas condiciones. Robbins afirmó que, en personas con patrones de sueño estables y buena salud, la posibilidad de extender algunos minutos el reposo podría facilitar la adaptación al estado de vigilia.
En una investigación citada por la revista Science, un grupo de 31 participantes habituados a posponer la alarma mostró un mejor rendimiento cognitivo inmediatamente después de levantarse, en comparación con quienes no utilizaron la función de repetición.
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Este fenómeno se asoció a que la última etapa del sueño suele ser más ligera, ayudando a reducir la sensación de aturdimiento al despertar. No obstante, los expertos consultados por The New York Times y la BBC coinciden en que la práctica solo adquiere relevancia negativa si conduce a una irregularidad en los horarios de levantarse, lo que podría alterar los ritmos circadianos y dificultar la conciliación del sueño en las noches posteriores.
A la fecha, la evidencia científica sobre los efectos a largo plazo del hábito de posponer la alarma aún resulta limitada, lo que refuerza la necesidad de nuevas investigaciones.
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Ante la sospecha de un trastorno de sueño, lo prioritario es abordar el problema subyacente con acompañamiento profesional, en lugar de depender del uso repetido de la función “posponer”.
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