
Los médicos nos enteramos a la vuelta de las vacaciones de este guion repetido, respecto a la medicación: “Me sentía mejor, estaba de vacaciones y pensé en bajar la dosis (o dejar por un tiempo)”. En algunos casos, es por esa distensión típica. No es una decisión, sino olvidarse de tomarla.
Es comprensible, si las vacaciones simbolizan descanso, muchos trasladan esa lógica al tratamiento médico y en particular al psiquiátrico. Sin embargo, esa “pausa por cuenta propia” suele no ser un descanso, sino una entrada en la desregulación de un sistema que se había regulado eficazmente. El tema de las pausas, “micro pausas” o drug holidays no es extraño. En la depresión, por ejemplo, algunos trabajos señalan hasta un 30% de quienes lo hacen, así como tasas altas de discontinuación.
Hay varios aspectos a considerar para ayudar e informar a los pacientes sin entrar en posturas catastróficas sino considerarlos consumidores éticamente y responsablemente informados.
Una confusión es entender que esa pausa es una especie de ayuno o desintoxicación. Los ayunos alimentarios por cuenta propia se han popularizado en redes, pero pocos advierten que en estos casos las consecuencias son más graves.

Los síntomas de retirada (withdrawal) o el síndrome de discontinuación pueden aparecer en pocos días tras la suspensión o incluso de una reducción, a veces se trata de solo unas pocas tomas omitidas, como los “olvidos”.
Los síntomas pueden tardar algunos días y eso da una falsa seguridad que contribuye a continuar en esa “desintoxicación”. Sin embargo, a los cuatro o cinco días estos se establecen y pueden durar semanas. Síndrome de discontinuación.
A su vez, un cuadro frecuente es la recaída o la recurrencia del trastorno de base. Eso genera en algunos casos la sensación de que el fármaco solo estaba encubriendo un cuadro mucho más profundo y grave, con lo que se incrementa la desconfianza hacia el mismo. En caso de que el paciente elabore realmente una resistencia a la toma, una dificultad en adherencia al fármaco, lo importante es informar y acompañarlo en la modalidad de retirada, para no confundir los síntomas con recaída.
Es clave que el paciente sepa que de todas formas, no todos los psicofármacos se “pausan” igual. El riesgo depende de la clase.

- Con los antidepresivos la interrupción brusca o modificaciones en la toma frecuentes, generan un síndrome de discontinuación, compuesto por mareos, insomnio, irritabilidad, náuseas, ansiedad, etc. En estos casos la reducción (tapering) debe ser gradual, individualizada y con apoyo y observando los síntomas. En relación a esto es importante informar y acordar con el paciente que lleva un tratamiento de varios meses o más, que la idea de reducir ‘un par de semanas antes del viaje’ puede dar malos resultados.
- En el caso de los antipsicóticos es necesario ser claro con el paciente de los riesgos inmediatos, en particular las recaídas. Allí el cuadro puede ser de singular importancia incluso con elementos que pongan en riesgo la vida del paciente, hasta con consecuencias médico-legales. A su vez esta discontinuación en muchos casos se asocia con el consumo de sustancias, entre otros peligros.
- En los estabilizadores de ánimo, se suman la falsa sensación de bienestar y la remergencia de aspectos maníacos, que incrementan esa situación de riesgo en la autoconfirmación de bienestar. Esto es de cierta frecuencia en estos casos y no solo en vacaciones.
- El caso de las benzodiacepinas, los “tranquilizantes” que por su extensa difusión suelen considerarse banales y de escaso riesgo, muestra que los pacientes en tratamiento para discontinuar su uso pueden experimentar efectos por la suspensión o el uso aleatorio que obligan, en algunos casos, a la internación para controlar parámetros clínicos. Se llega a casos de delirios o estados confusionales.

Al mismo tiempo, la frecuente asociación con el alcohol, que muchas veces parece inofensiva, puede generar complicaciones graves sin relación directa con la dosis. Los casos que vemos en la crónica diaria de accidentes viales en los cuales los conductores dan niveles de alcoholemia importantes, no toman en cuenta el extenso uso de benzodiacepinas frecuentemente asociado.
Las pausas supervisadas y planificadas son, sin embargo, muy usadas en neuropsiquiatría en pacientes con Parkinson o TDAH, por ejemplo. Son casos de éxito. De todas maneras, estos ejemplos no se pueden extrapolar a todos los psicofármacos y menos a todos los casos.
Por qué se rompen los hábitos que han funcionado bien durante el año
Algunos factores comunes son:

- El sesgo de bienestar, “me siento bien” y eso no es racionalizado como consecuencia de la regulación/estabilización debida al tratamiento sino que “ya estoy bien, no lo necesito, me siento mejor”.
- Por otro lado la medicación, en particular la psiquiátrica, sugiere para muchas personas una sensación de desvalorización, vulnerabilidad, y la toma es un recordatorio de esas ideas.
- También los aspectos externos que sostienen esta conducta, como son el cambio de horarios, la no previsión de pedir receta, en viajes al exterior el famoso (e injustificado ya que es solucionado con una nota de su médico tratante) temor a las aduanas y, por otro lado, el cambio en el entorno social, con mayores oportunidades de distensión y que esta se asocia con pérdidas de horarios, rutinas y en muchos casos incremento de consumos tóxicos, ante los cuales se prefiere considerar que lo mejor es dejar la medicación.
Quizá el problema es que respecto a la salud mental y sus tratamientos, no se toma conciencia que implican cambios químicos y fisiológicos en el organismo. Es decir, una persona tiene más en claro que no debe dejar la insulina o el tratamiento tiroideo, pero no entiende lo mismo con la medicación psicofarmacológica. El resultado es que se convierten en "cobayos" involuntarios de un experimento clínico sin monitoreo.
Recomendaciones

Lo que se recomienda por contrapartida es:
- Proveerse de medicación por el periodo de ausencia de las vacaciones e incluso en la falta de certidumbre si el desplazamiento es a zonas que se ignora la disponibilidad del fármaco.
- No ajustar la dosis bajo ningún pretexto. Tomar medicación no implica que uno no puede divertirse, sino por el contrario, es lo que debería permitir hacerlo.
- En caso de querer discontinuar o modificar, buscar un periodo de estabilidad para conversarlo con su médico tratante. Allí aplicar un protocolo en acuerdo de los riesgos, y los inconvenientes que pueden surgir.
- En caso de olvidar una dosis retomar el horario habitual y no recuperar o reacomodar la toma.
- Si hay señales de alerta como agitación marcada, insomnio severo persistente, ideas suicidas, síntomas psicóticos, confusión, temblor intenso o síntomas neurológicos nuevos, buscar asistencia de manera urgente y en caso de no poder contactar al médico tratante (que quizás también esté de vacaciones), buscar un asesoramiento médico de urgencia sin retraso.

Un último aspecto, pero no por ello el menor, es que estas conductas deben ser reevaluadas por el médico a cargo junto al paciente. El motivo de la resistencia o no adherencia al tratamiento puede implicar una serie de cuestiones muy importantes a abordar y así no tomar estos aspectos como errores o inconductas del paciente, sino signos de algo a evaluar en profundidad.
En conclusión, cambiar la dosis o incluso la medicación o dejarla no es imposible solo que debe ser planeado adecuadamente y en el contexto específico a cada situación y persona, nunca de manera impulsiva y guiado por emociones momentáneas, por mejor sensación inmediata y certeza que nos generen.
* El doctor Enrique De Rosa Alabaster se especializa en temas de salud mental. Es médico psiquiatra, neurólogo, sexólogo y médico legista
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