
Cada 24 de julio se celebra el Día Internacional del Autocuidado, una fecha que busca concientizar sobre la importancia de que cada persona lleve adelante acciones que puedan fortalecer su bienestar integral y prevenir enfermedades, tanto físicas como mentales. Parafraseando el famoso dicho popular, la salud empieza por casa: cada individuo es sujeto activo en los cuidados de su propia salud, una responsabilidad y un compromiso cotidianos que redunda en una mejor calidad de vida.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el autocuidado como “la capacidad de las personas de promover la salud, prevenir enfermedades y hacerles frente con o sin el apoyo de profesionales médicos”. En este sentido, el papel de la medicina en la promoción de este tipo de capacidades y destrezas personales es crucial, tanto para informar, enseñar, como dar referencias claras.
El rol del médico como guía, educador y estimulador de buenas prácticas es fundamental para el cuidado personal, especialmente en la actualidad, cuando circula tanta información que no siempre es seria o adecuada. Pero este elemento no es el único peligro que pone en jaque el autocuidado. La ansiedad por la respuesta fácil, la inmediatez, la urgencia por los resultados, la falta de proyección de cara al futuro y la velocidad con la que vivimos nuestro cotidiano, relativizan la importancia de tomar medidas para estar física y mentalmente saludables.

Por eso, las rutinas de autocuidado ayudan a fortalecer la salud integral. Entre las principales prácticas que promueven el bienestar son hacer ejercicio en forma regular ―unos 30 o 40 minutos, al menos tres veces por semana―, comer de forma balanceada, controlar el consumo de grasas, alcohol, sal y azúcar, tener buenos hábitos de higiene y dormir bien, que no solo implica la cantidad de horas, sino también a la calidad del descanso.
Otros hábitos importantes para la buena salud son llevar una vida social rica y evitar hábitos tóxicos, como el tabaquismo.
En el contexto actual, también resulta cada vez más indispensable contar con herramientas para controlar el estrés. Y, por supuesto, realizarse chequeos regulares. Al menos una visita médica anual para revisar conductas y salir de dudas, además de controlar la presión, el peso, hacerse un laboratorio simple, son conductas que ayudan al bienestar integral.
Los controles odontológicos y oftalmológicos periódicos también son necesarios.

Dado que muchas de estas acciones involucran hábitos, es muy bueno incorporarlas desde la infancia. Al principio será la guía y el ejemplo de los padres; luego, la responsabilidad personal que tenemos de cuidarnos a nosotros mismos.
Por fortuna, cada vez hay más conciencia de cuán valioso resulta que los niños y niñas entiendan qué beneficios les reportan los hábitos saludables. Hay que insistir en la transmisión de estos valores, comprender que el desconocimiento marca desigualdades importantes. Entonces, arbitrar los medios para que se generalicen y puedan llevarse a cabo es responsabilidad de todos.
Algunos adultos plantean que es demasiado difícil romper malos hábitos adquiridos, sin embargo, se pueden revertir. Buscar ayuda, pensar en qué los motiva y apoyarse ahí es una manera de empezar. Hay miles de ejemplos propios y ajenos que muestran cómo uno es capaz de lograr lo que se propone.
Y, quizá, lo más importante, es que aun cuando uno falle, seguir intentado es el camino al éxito.

El autocuidado de ningún modo es un acto egoísta. Uno no puede dar lo que no tiene, ni enseñar lo que no vive y cree. Ejercitar cotidianamente estos cuidados es la mejor manera de transmitirlos a otras personas.
Los cuidados personales esenciales no dependen de los recursos materiales y se puede practicar con lo que se tiene. Por ejemplo, se puede hacer ejercicio sin ir al gimnasio, o comer mejor gastando lo mismo. Aún más: es más barato no fumar ni tomar alcohol o bebidas gaseosas.
Por último, vale separar la paja del trigo y diferenciar la automedicación del autocuidado. Uno puede entrenarse en manejar situaciones médicas crónicas –asma, diabetes, insuficiencia cardíaca, etcétera– y esto es parte del autocuidado de pacientes, pero muy distinto es automedicarse, “apagar” los síntomas y seguir adelante sin considerar la importancia de estos avisos que da el cuerpo.
En esta distinción, resulta clave la educación y la charla periódica con el médico de cabecera.
*El doctor Matías Tisi Baña es jefe del Servicio de Clínica Médica del Hospital Universitario Austral.
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