
El Comité Internacional de Taxonomía de Virus (ICTV, por sus siglas en inglés) llamó SARS-CoV-2 a un miembro de la familia de otros virus que fueron detectados antes, los SARS-CoV, dejando en evidencia que este era un virus totalmente nuevo. Asimismo fue incluido dentro de la categoría taxonómica de los CoV o Coronavirus, llamado así por las extensiones que lleva encima de su núcleo y que se asemejan a la corona solar.
Para el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, “tener un nombre es importante para evitar el uso de otros nombres que pueden ser inexactos o estigmatizantes. También nos da un formato estándar para usar en futuros brotes de otras y nuevas versiones del coronavirus”. Es por este motivo que la OMS, en el 2015 estableció un instructivo al momento de tener que designar enfermedades. A saber, dichos nombres no deben contener ni sitios geográficos, nombres de de personas, animales o tipos de comida, ni referencia alguna a una cultura o industria en particular.
Para la epidemióloga molecular de la Universidad de Berna, en Suiza, Emma Hodcroft, “lo difícil es encontrar nombres que sean distintos, que sean informativos, que no impliquen referencias geográficas y que sean pronunciables y memorables”, y agregó: “Parece algo sencillo, pero en realidad es una gran exigencia tratar de transmitir toda esta información”.

Los científicos dan nombre a las variantes cuando los cambios en el genoma coinciden con nuevos brotes, pero solo llaman la atención sobre ellas si hay un cambio en su comportamiento: si se transmiten más fácilmente, por ejemplo (B.1.1.7, la variante observada por primera vez en Gran Bretaña), o si eluden, al menos en parte, la respuesta inmune (B.1.351, la variante detectada en Sudáfrica).
Los virus cambian constantemente a través de la mutación, y se espera que aparezcan nuevas variantes del virus con el paso del tiempo. A veces, emergen nuevas variantes y luego desaparecen. En otras ocasiones, aparecen nuevas variantes y persisten.
Trevor Bedford, biólogo evolutivo del Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson de Seattle dijo:”existen miles y miles de variantes y necesitamos alguna forma de etiquetarlas”. Y en la misma sintonía, Oliver Pybus, biólogo evolutivo de Oxford manifestó que “no se puede rastrear algo que no se puede nombrar”.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “este nuevo sistema asignará a las variantes preocupantes un nombre que sea fácil de pronunciar y recordar y también minimizará los efectos negativos innecesarios en las naciones, las economías y las personas”.

“A menos que uno de ellos se convierta realmente en una especie de lengua franca, eso hará que las cosas sean más confusas”, señaló la epidemióloga molecular de la Universidad de Berna. Si no se consigue algo que la gente pueda decir y teclear con facilidad, y recordar con facilidad, volverán a utilizar el nombre geográfico, agregó.
Pero, según el genetista de la Escuela de Medicina Nelson Mandela de Durban y miembro del grupo de trabajo de la OMS, Tulio de Oliveira, “tenemos que idear un sistema que no solo los biólogos evolutivos puedan entender”. Al mismo tiempo pidió no alimentar la xenofobia y la agresión contra las personas de origen asiático en todo el mundo, a partir del momento en que se lo nombra como el “virus de China” o el “virus de Wuhan”.
Algunas sugerencias para inspirarse en nombres, podrían ser aquellas que se basan en huracanes, letras griegas, pájaros o nombres de otros animales y monstruos autóctonos. Otros aconsejan colores para indicar cómo se relacionaban las diferentes constelaciones de mutaciones. A veces, identificar una nueva variante por su mutación característica puede ser suficiente, especialmente cuando las mutaciones adquieren nombres caprichosos, enfatiza Áine O’Toole, un estudiante de doctorado de la Universidad de Edimburgo.

El sistema de numeración que la OMS considera es sencillo. Cualquier nuevo nombre tendrá que superar la facilidad y simplicidad de las etiquetas geográficas para el público en general. Y los científicos tendrán que encontrar un equilibrio entre etiquetar una variante con la suficiente rapidez para evitar los nombres geográficos y con la suficiente cautela para no acabar dando nombres a variantes insignificantes. “Lo que no quiero es un sistema en el que tengamos una larga lista de variantes, todas con nombres de la OMS, pero en realidad solo tres son importantes y las otras 17 no lo son”, enfatizó el biólogo evolutivo del Centro de Investigación del Cáncer Fred Hutchinson de Seattle. Cualquiera que sea el sistema, deberá ser aceptado por diferentes grupos de científicos y el público en general.
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