Hay lugares donde el verde no llega “de golpe”: aparece cuando el clima concede. En el norte de San Luis, la ganadería se juega muchas veces en esa espera. Por eso, cada recurso que ayude a sostener la oferta de pasto y a recuperar áreas castigadas vale más que una promesa: vale una recomendación con datos.
Con ese objetivo, un equipo del INTA Quines evaluó el comportamiento del buffel grass (Cenchrus ciliaris L.), una gramínea perenne de origen africano conocida por su resistencia a la sequía, su capacidad de rebrote y su aporte forrajero en zonas áridas y semiáridas. La pregunta fue directa: ¿puede ser una herramienta concreta para mejorar el funcionamiento del sistema sin desplazar lo que todavía está sano?
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“El buffel grass puede convertirse en una herramienta clave para los productores de la región, siempre y cuando se implante y maneje de manera responsable”, señaló Héctor Andrada, investigador de la Agencia de Extensión Rural del INTA Quines, San Luis.
Antes del pastoreo, el primer cuidado: que arraigue
Una de las lecciones del trabajo tiene algo de obvio… pero en el campo no siempre se puede esperar: si la pastura no se afirma, después no se recupera. Por eso, los ensayos remarcaron la importancia de dejar arraigar un período de crecimiento antes de pensar en el aprovechamiento.
También definieron densidades de siembra a recomendar (7–8 kilos) y pusieron el foco donde suele definirse el éxito o el fracaso: la lluvia. La implantación depende del momento y del agua disponible; no es un detalle de calendario, es el punto de partida.
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Para seguirle el rastro a la implantación, se planteó un criterio simple y medible: evaluar según el número de plantas por metro cuadrado y, en función de eso, decidir el manejo. En esa instancia aparece una bifurcación clave: aprovechar como forraje o dejar semillar para afirmar la implantación y pensar el uso posterior.
Esa metodología permitió, además, comparar el rendimiento obtenido bajo manejo con la producción acumulada del ciclo y mostrar diferencias en la eficiencia del aprovechamiento.
Un “sí”, pero con condiciones: cómo sembrar y dónde
El buffel grass no llega para ocupar cualquier lugar. De hecho, el trabajo insiste en una condición: implantarlo solamente en áreas degradadas, sin desplazar pastizales naturales en buen estado. La lógica es clara: recuperar lo que se perdió, no reemplazar lo que funciona.
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En cuanto a la práctica, la recomendación apunta a implantarlo al inicio de la temporada de lluvias, con desmonte selectivo, rolo y cajón sembrador. Y un detalle que parece menor pero define emergencias: la semilla debe quedar cubierta con una capa fina de suelo, evitando profundidades que limiten la salida de las plántulas.
Cargar “a medida”: la receptividad como brújula
En estos sistemas, el problema no suele ser “si hay pasto”, sino cuánto hay y cómo se lo usa. Por eso, el trabajo aplicó un modelo de parcelamiento que ajusta la carga animal según la disponibilidad forrajera. “Este sistema permite optimizar el uso del recurso, evitando el sobrepastoreo y asegurando el equilibrio entre oferta y demanda”, explicó Andrada.
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Así, la pastura deja de ser una apuesta fija y pasa a ser una herramienta que se regula. La idea no es exprimirla: es sostenerla.
Los datos del ensayo indican que una implantación exitosa se alcanza con entre 8 y 10 plantas por metro cuadrado, verificadas al año siguiente de la siembra. En esas condiciones, y con descansos adecuados, carga moderada y pastoreo rotativo, la pastura puede producir hasta 3.000 kilos de materia seca por hectárea.
Integrado con el pastizal natural, este recurso puede ayudar a recuperar áreas degradadas y a fortalecer la resiliencia productiva en los sistemas ganaderos del semiárido puntano.
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Fuente: Inta
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