
Reuters describió la situación en estos términos: “Agricultores argentinos frenan ventas de soja ante un dudoso panorama cambiario”. De acuerdo con la agencia, los productores locales han estado negociando su cosecha de soja al ritmo más lento en 10 años, ya que sospechan modificaciones inminentes en el manejo de la paridad cambiaria oficial y anhelan un posible alivio fiscal por parte del gobierno de Javier Milei. Es una simplificación, pero parte de fundamentos ligados a la coyuntura.
Los datos que ofrece Reuters muestran que los agroempresarios del mayor exportador mundial de aceite y harina de soja, habían vendido 8,4 millones de toneladas de soja de la temporada 2024/25 al 19 de marzo pasado, lo que equivale al 18% de la cosecha prevista. Hasta ahí el ritmo más modesto desde la temporada 2014/15, cuando se vendió el 15,7% de la cosecha de esta oleaginosa para la misma época del año.
Para la semana del 27 de marzo la comercialización de la campaña 2023/24 se encuentra 13 puntos porcentuales atrasada respecto del promedio y 17,8 puntos porcentuales detrás de la campaña anterior en el mismo momento. En cuanto a la campaña nueva el avance es 7 puntos porcentuales inferior respecto del promedio.

Es muy probable que los productores estén vendiendo solo lo necesario para cubrir sus gastos. Pisan la pelota hasta tener mayores certezas respecto de lo que sucederá con las variables que hacen a su negocio, ya que las cuentas cierran con enormes dificultades. Es también una demostración de que la quita de retenciones ha sido bienvenida pero no despierta un atractivo decisivo.
Desde luego los últimos acontecimientos han aumentado la confusión reinante entre quienes deben tomar decisiones empresariales. Resultaría hipócrita no reconocer que hay una inquietud creciente en torno de la paridad cambiaria. El dólar parece demasiado barato a los ojos de muchos actores de la economía. Y las palabras de Luis Caputo no alcanzaron a tranquilizar del todo al mercado, quizás porque hizo referencia al monto que iría a autorizar el Fondo Monetario Internacional pero no a las condiciones del préstamo. Paralelamente las reservas del Banco Central vienen cayendo, en parte porque se está pagando deuda pero también porque se están utilizando para contener la divisa dentro de ciertos parámetros.
No falta quien puntualice que ha desaparecido el diferencial positivo de la tasa en moneda nacional sobre el ritmo de devaluación. Hay menos incentivos para quedarse en pesos, que es lo que le entregan al productor cuando vende sus granos. Ni siquiera tiene suficiente atractivo volcarse al carry trade que algún encumbrado funcionario recomendó a los hombres de campo.

Reuters habla de operadores argentinos apostando a una devaluación más rápida del peso ante la esperada firma de un préstamo que sumaría 20.000 millones de dólares de la mano del Fondo Monetario Internacional, pero aparentemente no más de 8.000 millones en concepto de dólares frescos. El Banco Central va cerrando un marzo complicado, durante el cual ha perdido reservas por algo más de 2700 millones de dólares en medio de rumores de todo tipo. El número está casi 17% abajo en lo que va del año.
La reacción no es positiva. El futuro julio para el dólar cerró el viernes en $1230, bien por arriba de la paridad oficial. El Merval y los ADR perdieron terreno, el riesgo país se arrimó a los 800 puntos, y las reservas netas han vuelto a ser fuertemente negativas, un rojo de más de 11000 millones de dólares. La incertidumbre es una limitante para el desarrollo de cualquier negocio, aquí y en el resto del planeta.
Hay que entender que los ingresos de quienes arriesgan su capital cultivando a cielo abierto soja y maíz reconocen parámetros que mayormente no pueden modificar según su voluntad y/o capacidad de gerenciamiento: precio internacional, tipo de cambio e impuestos directos (retenciones), en principio. Atravesamos un momento en el cual el negocio del agro se ha complicado en todo el mundo, cualquier sospecha de cambio en alguno de estos tres elementos que pueda levantar los márgenes debe ser evaluada.

A pesar de las indefiniciones reinantes, el sector liquida de todos modos, pero los dólares que entran al Central parecerían estar saliendo a una velocidad superior a la que ingresan. Los números indican que marzo terminaría unas 700 mil toneladas por debajo del mes previo en materia de Declaraciones Juradas de Venta al Exterior. También es cierto que el productor está en plena tarea de recolectar soja y maíz, por lo cual es poco el tiempo que le queda para tomar otras decisiones.
Más no se le puede pedir al campo. El agroempresario invierte todos los años cerca de 20.000 millones de dólares, en general sin incentivos y como sucede en este momento con una montaña de dudas sobre la suerte de su inversión. Para colmo paga derechos de exportación sobre los ingresos, no importa si devienen en renta o no. Cálculos realizados por un productor agropecuario, exfuncionario de la gestión de Mauricio Macri, indican que por los mayores costos y la presión impositiva, cultivar soja tiene un resultado negativo, mientras que en 2001-2002, cuando comenzó la aplicación de retenciones, se obtenía un rédito del 37% respecto del capital invertido.
Como ha ocurrido en otras oportunidades con gobiernos que deben salir a rescatar la economía tras años de destructivo intervencionismo, el temor es que la administración de Milei queda atrapada en un esquema de ancla cambiaria del que cada vez se torne más difícil salir. Hacemos votos para que no suceda.
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