
El dato oficial sobre el nivel de pobreza en el país, difundido hace apenas 48 horas, ya desapareció de la agenda política. En rigor, ocupó sólo por un rato el primer renglón de ese temario y lo hizo con exculpaciones variadas y cruces menores. Nada cercano siquiera a un debate. El contraste con el día a día y con el archivo es muy fuerte: la cifra publicada ahora es dramática -una escalada impresionante- y la tendencia es una noticia aún peor, porque se agudiza gestión tras gestión.
Los números son aplastantes. El informe del INDEC registra que la pobreza alcanzó en el primer semestre de este año al 52,9% de la población en los principales aglomerados urbanos del país. Traducido al total nacional: unos 24 millones de personas. Dentro de esa cifra, se registra un 18,1% de indigentes. Y todo, con un agregado expuesto por otros estudios: los porcentajes aumentan especialmente entre chicos y adolescentes.
El trabajo en cuestión ocupa 28 páginas, con desagregados por áreas geográficas, edades, evolución de las canastas básicas y otros datos que exponen el estado de la mitad de la población, aún con las limitaciones de este tipo de estadística, en base exclusivamente a ingresos para establecer las líneas de indigencia y de pobreza. La información de sucesivos trabajos -salvo la etapa oscura del organismo oficial en la segunda etapa de CFK- añade la posibilidad de analizar la caída como secuencia y sus efectos, algo que no descarga la responsabilidad presente.
El juego de estas horas resultó previsible y a la vez impactante frente a la gravedad de una situación que el informe muestra con detallados números. El Gobierno, ya en la previa, salió a destacar la herencia recibida y, sobre todo, a explicar la situación como consecuencia de un ajuste inevitable, sin medir la velocidad con que se agudiza el cuadro frente a las políticas de coyuntura y, hacia adelante, la dificultad de mejora en el caso de un proceso de recuperación económica.
En medios del oficialismo señalan que después del primer semestre -el período medido por el INDEC en el informe de pobreza- y sobre todo en agosto y septiembre, aparecen números sobre cierta recuperación económica, desparejos según la actividad. También, una mejora de los salarios respecto de la inflación acumulada desde enero, aunque no en la interanual y de modo diferente en la actividad privada registrada, en el sector público y en el ámbito de la informalidad.
Por supuesto, la batalla central para el oficialismo sigue siendo contener y bajar la inflación. Es, más allá de consideraciones de diferentes consultores, el punto gravitante en una línea económica de fuerte trazo fiscalista.
La línea argumental sobre el costo social de la última gestión peronista/kirchnerista y sus estribaciones fue sostenida en lugar destacado por Mauricio Macri, que apuntó contra las “consecuencias del populismo” y el “desquicio económico” del kirchnerismo. Por debajo, se anotaron cruces en redes sociales. El mayor ejemplo del intento de despegar de cualquier responsabilidad quizá haya sido el de Victoria Tolosa Paz: “Todo tuyo, Milei”, fue su frase. Y el intercambio de chicanas exhibió a Juan Grabois y Patricia Bullrich.

El crecimiento de la pobreza en el primer semestre de este año marcó más de 11 puntos porcentuales respecto de lo ocurrido en el 2023. En esta primera etapa de Milei, expuso un registro similar a los años de salida de la crisis del 2001. Fue un salto alarmante, que a la vez confirmó la constante de los últimos gobiernos, de diferente color político: el aumento respecto de las gestiones anteriores y la consolidación de la pobreza estructural en escalones cada vez más altos.
El recorrido estadístico no es lineal. Existen momentos a la baja y picos posteriores. Valen algunos ejemplos. Ocurrió con Cristina Fernández de Kirchner, que en el segundo mandato desanduvo las mejoras del primero y, a pesar de la manipulación y el freno de los relevamientos, terminó escalando en 2015. Macri logró un respiro inicial, pero la segunda mitad de su gestión le hizo desaprobar lo que él mismo consideró su prueba central. Y Alberto Fernández, después de una promocionada mejora respecto de los números marcados por la enorme cuarentena, terminó también mal en este terreno.
Puesto en cifras y en línea de tiempo, los datos son expresivos. CFK marcó una mejora en su primera etapa, que terminó con un 25,9%, y en su segunda entrega empeoró las cifras. En medio del apagón impuesto al INDEC, otros estudios indican que terminó con algo más de 30 puntos. Macri arrancó en ese escalón y -luego ya de normalizar las mediciones oficiales- traspasó el gobierno con 35,5%.
Volvió a empeorar en el ciclo de Alberto Fernández y CFK: concluyó con 41,7%. Es cierto que según la norma deben ser comparados iguales semestres, pero en cualquier caso no cambia el panorama con lo que acaba de ser informado sobre los primeros seis meses de Milei, una escalada que llega al 52,9%. Es posible que, si resulta positiva y sostenida la ecuación entre ingresos e inflación -en rigor, las canastas básicas-, mejoren los índices.
De todos modos, aún en ese escenario, vale tener en cuenta un aspecto mayor: la relación entre la pobreza y las etapas de mejora o caída económica. La pobreza se profundiza rápidamente en los momentos de graves crisis pero no retrocede a la misma velocidad en los ciclos de mejora y crecimiento de la economía.
Eso, con un añadido que expone la gravedad del deterioro: el nivel cada vez más alto del piso que marcan los relevamientos. Desde hace veinte años, la pobreza se anota por encima del 25%. Y desde 2018, no baja de los 30 puntos.
Como se ve, nadie puede declararse ajeno, dentro y fuera de lo que se denomina como “la” política.
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